Cada minuto 23 niñas en el mundo no pueden decir: ¡No quiero! No quiero casarme con quien no quiero. No quiero que comercien conmigo. No quiero que me maltraten. No quiero que me exploten sexualmente. Kadiatou Massaquoi, víctima de matrimonio infantil en Sierra Leona, y Hadiqa Bashir, activista por los derechos de las niñas en Pakistán, aprendieron a decir no quiero y ahora enseñan a otras niñas a luchar por su vida.

En el Día Mundial de la Niña cuatro ONG (Amnistía Internacional, Entreculturas, Mundo Cooperante y Save the Children se han unido para pedir a los Estados que pongan fin al matrimonio forzado, una violación de los derechos humanos que afecta a 12 millones de niñas cada año. El lema de su campaña es: «¡No quiero! Contra el matrimonio infantil, temprano y forzado.

«Perdí a mi padre y tuve que dejar la escuela con 14 años. Al año siguiente me obligaron a casarme tras quedarme embarazada. No entraba en mis planes. Me sentí disgustada. Me sentí muy mal. Quería seguir en el colegio para tener un futuro mejor». Kadiatu Massaquoi tiene ahora 17 años y dos hijos, un niño y una niña. Aún se emociona cuando recuerda cómo fue forzada a contraer matrimonio y dejar el colegio. Sigue casada, aunque vive con su madre.

Yo no tuve opción. No pude decir: ‘¡No quiero!’ Espero que mi hija vaya al colegio y a la universidad. Ella sí podrá», dice Kadiatu, forzada a casarse a los 15 años

«No tuve opción. No pude decir ‘no quiero’. En mi comunidad era lo que se debía hacer. Mi madre me dijo que tenía que hacerlo para seguir en la comunidad», añade Kadiatu, que procede de Pujehun, al sur del país. Conoció los programas de ayuda a niñas y adolescentes en Sierra Leona y pidió ayuda para recibir formación como costurera.

«Me gustaría que mi hija vaya al colegio y luego a la universidad. Me encantaría que fuera científica. Ella ahora tiene solo tres años. Ella sí podrá», cuenta la joven, quien a sus 17 años confiesa que no tiene tiempo para nada más que para su formación. «Sin educación no puedes ser útil a la sociedad».

Junto a ella, Ramatu Jalloh, directora de Comunicación de Save the Children en Sierra Leona, explica cómo en África ya no solo se trata de la ley sino también de la tradición. El gobierno en Sierra Leona está haciendo avances y ha redactado una ley contra el matrimonio forzado, pero luego en las comunidades es aceptado.

«Usan a las niñas para promocionar a la familia. Son una transacción. Acaban siendo esclavas. Sufren violencia sexual. En Sierra Leona hay un elevado índice de mortalidad infantil y de mortalidad en los partos», comenta Jalloh.

«Mantenemos reuniones con las comunidades y les explicamos sobre los efectos negativos del matrimonio forzado. Y también les contamos lo importante que es la educación de las niñas. En la comunidad de Kadiatu ahora castigan el matrimonio forzado», señala Ramatu Jalloh.

Usan a las niñas para promocionar a la familia. Son una transacción. Acaban siendo esclavas. Sufren violencia sexual», explica Ramatu Jalloh, de Save the Children en Sierra Leona

Explica Ramatu el caso de una niña de la comunidad de Kadiatu que está casada con un imam, un hombre muy influyente en su comunidad. «No quiere ni oír hablar de nuestra condena al matrimonio forzado. La niña está deprimida. No tiene libertad. Estamos tratando de que poco a poco sepa que ha de respetar a la niña, que tiene que escuchar».

En los oscuros ojos de Kadiatu hay una tristeza insondable. Hace un gran esfuerzo por exponer su historia porque sabe que da fuerza a otras niñas que pasen por lo mismo que ella vivió. «Necesitamos apoyo en esta lucha. Si fuerzas a las niñas a casarse y a quedarse embarazadas tan jóvenes, las expones físicamente a un riesgo enorme. Muchas no están preparadas para el parto y muchas mueren», dice la joven.

Es en el África subsahariana donde se registran las tasas más altas de matrimonio infantil. Cuatro de cada diez mujeres se han casado antes de los 18 años en esta zona del mundo. Tres de cada diez en Asia. En América Latina y Caribe un 23%. También hay casos en Estados Unidos y en Europa, aunque muchísimos menos. Y en España, sobre todo en la comunidad gitana.

«El matrimonio infantil abre la puerta a la tortura y los malos tratos, y se vulneran muchos de sus derechos: la salud, sus derechos sexuales y reproductivos, la dignidad, el derecho a la información o la no discriminación», afirma Daniel Villanueva, vicepresidente ejecutivo de Entreculturas, ONG que ha impulsado el programa La Luz de las Niñas, en el que han participado 32.000 niñas en 15 países de África y América Latina en cinco años.

Cada día 34.500 niñas contraen matrimonio antes de los 18 años en países como Burkina Faso, Sudán del Sur, República Centroafricana, Yemen o Bangladesh. En total 650 millones de mujeres de todo el mundo fueron obligadas a casarse cuando eran niñas, según Unicef.

«Es una violencia que, desgraciadamente no conoce fronteras geográficas, sociales, económicas, ni culturales y adquiere múltiples formas. A pesar de los avances, es una práctica muy extendida y los Estados han de tomar medidas para erradicarlo», señala Eva Suárez-Llanos, directora adjunta de Amnistía Internacional España.

Yo dije ‘no quiero’

Hadiqa Bashir, de 17 años, procede del valle de Swat, en Pakistán. Cuando tenía siete años vivió una experiencia que le marcó profundamente. Lo que creía que era un juego acabó siendo un drama. «Cuando tenía siete años, una amiga de mi edad celebró su boda. Primero solo vimos que había una gran fiesta. Pero luego dejó de ir a la escuela. Fuimos a buscarla y su suegra nos dijo que no volvería porque era una mujer casada. Hicimos una fiesta para ella en el colegio y estaba cohibida, asustada, ya no jugaba con nosotras. Nos confesó que su marido le había pegado con una cuerda de hierro».

Mi tío Irfan me apoyó cuando dije ‘no quiero’. Recordaba cómo habían obligado a casarse a sus hermanas y no quería que a mí me ocurriera lo mismo», cuenta la activista Hadiqa Bashir

A los 11 años un hombre pidió a la familia de Hadiqa permiso para casarse con ella. Tenía 35 años y era taxista. «Casarse con alguien a quien no conoces, a quien no has visto nunca, me parecía inconcebible. Yo no quería casarme con él. Mi padre, aunque tenía formación, lo aprobaba. Fue mi tío Irfan, su hermano, quien me apoyó cuando dije ‘no quiero’. Irfan recordaba cómo habían obligado a casarse a sus hermanas, mis tías, y no quería que a mí me ocurriera lo mismo», recuerda Hadiqa Bashir, quien ahora compagina sus estudios con su activismo en Girls United for Human Rights.

El tío enseñó a Hadiq Bashir que había leyes que la protegían. La joven paquistaní logró liberarse y decidió ayudar a otras niñas a decir ‘no quiero’. Empezó una campaña puerta a puerta. Había padres que entregaban a sus hijas para resarcir a una familia a la que habían ofendido. «Hemos conseguido que 50 niñas vuelvan al colegio», comenta con orgullo.

«En la última década se han evitado 25 millones de matrimonios infantiles. Sin embargo, si la comunidad internacional no reacciona a tiempo, el número de mujeres casadas durante su infancia aumentará de los 650 millones actuales a los 800 millones en 2030», denuncia Albán del Pino, director técnico de Mundo Cooperante.

Mi inspiración son las niñas marginadas que sufren porque son obligadas a casarse contra su voluntad. Son quienes hacen que siga en la lucha», dice Hadiqa

La historia de la paquistaní Hadiqa tiene final feliz. Confiesa que siente que ahora es la voz de muchas niñas que están en silencio. «Cuando ves algo equivocado, has de levantar la voz y así te haces más fuerte tú y haces más fuerte a los demás».

Y añade: «Mi inspiración son las niñas marginadas que sufren porque son obligadas a casarse contra su voluntad. Dejan de estudiar y padecen violencia. Son quienes hacen que siga en la lucha».

Quiere ser abogada y así luchar para que las leyes defiendan los derechos de las mujeres en Pakistán. Su madre está orgullosa de ella y apoya lo que está haciendo. «Todo ha cambiado ahora. Es mi gran apoyo», comenta con una gran sonrisa. A Hadiqa le gustaría casarse y tener una familia con un hombre que fuera un buen padre, «un padre vocacional».

Ramatu Jalloh, de Sierra Leona, cuenta cómo fue su padre quien, tras conocer cómo su madre había sido obligada a casarse de niña, no quiso que su hija sufriera esa experiencia.

Cada mujer que aprende a decir no quiero enseña a cientos más a defender sus derechos. Es una ola imparable.