Sociedad

Altas por coronavirus: "Me vi muerto, pero los médicos y la suerte me salvaron"

Javier Mantrana (49 años) y María Antonia Doncel (79) llegaron con cuadros graves a hospitales de Madrid, donde estuvieron ingresados, pero ya se recuperan en casa

Javier Mantrana (49 años) y María Antonia Doncel (79), enfermos de coronavirus dados de alta en la Comunidad de Madrid. Imagen: Carmen Vivas

Imagen: Carmen Vivas

El día 13 de marzo de 2020 quedará grabado en su memoria y la de sus seres queridos. Ese viernes, un día antes de que el Gobierno decretara el estado de alarma en España por la epidemia del coronavirus, Javier Mantrana (49 años) y María Antonia Doncel (79) fueron conscientes de que el Covid-19 les había alcanzado.

María Antonia ingresó en el Hospital Universitario Fundación Jiménez Díaz de Madrid muy débil, casi deshidratada y con un corto hilo de oxígeno. Javier llamó por primera vez a un teléfono de urgencias porque comenzó a notar síntomas. Una semana más tarde, también ingresó en el Hospital Clínico San Carlos de Madrid con un pronóstico muy grave, apenas podía caminar por el cansancio, le faltaba el aire para respirar por la neumonía bilateral con la que ingresó. Tras pasar por el trance probablemente más complicado de sus vidas, por fin recibieron el alta hospitalaria.

Engrosan la cifra de 5.000 pacientes que este viernes, 27 de marzo, habían recibido el alta hospitalaria en la Comunidad de Madrid para recuperarse completamente del virus en sus domicilios. Cuentan su experiencia a El Independiente para que otros afectados sepan que de esta pandemia que ha paralizado el mundo también se sale.

«Me vino bien dormir boca abajo»

Javier Mantrana es el fotógrafo de referencia de algunos de los actores y actrices más famosos de nuestro país. Precisamente sospecha que pudo ser en su estudio en Madrid, durante alguna sesión de fotos, donde contrajo el coronavirus. Aunque eso no le ha preocupado en ningún momento, sino a quién ha podido contagiar él. «Afortunadamente, ni el peluquero ni el maquillador que trabajan conmigo en las sesiones se encuentran mal», explica.

El viernes 13 levantó el teléfono de urgencias porque tuvo los primeros síntomas: sudores, dolores musculares y febrícula. Le recomendaron quedarse en casa y pasar con paracetamol el proceso, que le definieron como «normal». Le dijeron que le devolverían la llamada. Nadie lo hizo.

Pensaba que me iba a morir sin ayuda de nadie, por fin un médico descolgó el teléfono. ¡No se creía que tenía coronavirus porque estornudé!

Los días siguientes, la fiebre escaló hasta los 39 grados y no bajó de ahí. «Mi hermano, que es médico en el hospital de Alcázar de San Juan (Ciudad Real) y al que fui informando de la evolución, me dijo que me hiciera con un oxímetro (aparato médico digital que mide la saturación de oxígeno en sangre). Lo conseguí y le informé de que saturaba a 82. Me dijo que probablemente tenía una neumonía, que me fuera al hospital».

Después llegaron las horas más difíciles que recuerda de su vida. «Llamé en distintas ocasiones a urgencias y nadie me lo cogía. A las dos de la madrugada, cuando estaba desesperado porque, de verdad, no podía respirar, estaba agotado, pensaba que me iba a morir sin ayuda de nadie, por fin un médico descolgó el teléfono. ¡No se creía que tenía coronavirus porque estornudé! Finalmente me pasó con una enfermera y eso fue lo que me salvó la vida. Le comenté lo del oxímetro y me dijo que me fuera corriendo a urgencias de un hospital. Me protegí como pude para no contagiar, cogí un Uber y me planté en el Clínico San Carlos».

Los médicos están haciendo todo lo que está en sus manos, pero están desbordados

Una vez allí, Javier fue atendido con rapidez por los médicos. Le hicieron un análisis de sangre y una placa de tórax y le confirmaron que tenía una neumonía bilateral muy grave. El escenario que vio hasta ser atendido fue muy preocupante: «La sala estaba atestada. Allí había gente en sillas, en camas, gente por todas partes y los médicos y enfermeros como locos atendiendo. Están haciendo todo lo que está en sus manos, pero están desbordados. Yo entré en una situación lamentable, es que estaba muerto, pero los médicos, la suerte y los buenos cuidados me salvaron».

«Una vez en una habitación, me administraron antirretrovirales de los que se dan contra el VIH o el ébola. Uno de ellos, Dolquine, fue el que mejor me fue. Los médicos también nos recomendaban que durmiéramos boca abajo porque iba bien contra la insuficiencia respiratoria. A mí me funcionó y a mi compañero de habitación también. Hacíamos las camas y el cuidado de la habitación nosotros mismos, los sanitarios toman muchas medidas de aislamiento para no infectarse, aunque no tienen material suficiente».

El jueves 26 de marzo, Javier recibió el alta hospitalaria para seguir el tratamiento en su casa. «Estaba deseando dejar la cama a otra persona que lo necesitara más que yo. Aquí, gracias a la red de amigos, que es fundamental, puedo alimentarme y tener todo lo que necesito».

Se muestra crítico con la «falta de sentido común de las autoridades políticas y científicas». «Nadie se ha preocupado de adelantarse, de tomar una actitud paternalista y recomendar no meter los dedos en ‘el enchufe’. Estaban viendo lo que pasaba en China, en Italia, y no reaccionaron. Sé que siguen criterios científicos, pero incluso los científicos que están coordinando esto creo que no han tomado la suficiente conciencia de la realidad».

Su hija la animó: «Piensa en los callos que haré»

La situación de María Antonia Doncel no era nada esperanzadora cuando la trasladaron a la Fundación Jiménez Díaz de Madrid. «Había perdido mucho líquido, se encontraba débil y tenía dificultades para respirar», explica su hijo, Diego Ballesteros, en conversación telefónica con este diario.

Es el menor de cinco hermanos que han vigilado muy de cerca la evolución de su madre, comunicándose con ella por Whatsapp cuando estaba ingresada y tenía fuerzas para enviar mensajes.

«La figura de mi madre es el epicentro de la casa, somos una familia (también con 10 nietos) muy matriarcal», explica Diego. El pasado viernes, cuando por fin salió del hospital, la llevaron a casa de su hija mayor, que es amplia y donde puede estar en una habitación con baño algo separada del resto de la casa por un pasillo, para respetar el aislamiento.

Conversación de Whatsapp de la familia Ballesteros Doncel

María Antonia tenía complicaciones médicas previas: cardiopatía severa, tiroides, osteoporosis, obesidad…un cóctel peligroso. Sin embargo, su fortaleza le ha permitido salir adelante gracias, también, a la aplicación de antirretrovirales. Los mensajes de sus hijos, que incluso la animaron a pensar en la buena gastronomía que le esperaba cuando recibiera el alta, fueron un empujón: «Muchos besos. Piensa en los callos que te voy a hacer cuando salgas», le escribía una de sus hijas en el grupo que crearon con ella para mantener el contacto.

«Llegué el 9 de Miami, menos mal…»

Diego Ballesteros viaja con asiduidad al extranjero por trabajo. Próximamente lanzará una startup, el software BEWE.io para para centros de yoga, pilates, spas, etc… en Estados Unidos y volvió de Miami, donde perfilaba los últimos trazos del proyecto, el pasado 9 de marzo. «Menos mal que tenía la vuelta aquel día, unos más y me quedo atrapado», cuenta.

Él también tiene síntomas de coronavirus, dolores musculares y febrícula, de ahí que decidiera no aproximarse a su madre los primeros días que los notó. «Fueron a verla los médicos del centro de salud de El Pardo (el pueblo madrileño donde vive) y la estabilizaron en una primera ocasión. En el segundo aviso ya la recogió el 112 y se la llevaron al hospital», relata.

«Desde que ingresó hasta seis días después no recibimos ningún mensaje del equipo médico, fue desesperante. También lo entiendo porque ellos tienen bastante con atender a todos los enfermos que llegan. Me puse en contacto con amigos médicos y enfermeros, a ver si alguno podía enterarse de manera extraoficial de su estado», recuerda.

Afortunadamente, María Antonia ya evoluciona en casa de su hija y «cada vez está más positiva», asegura su hijo pequeño, pues hubo momentos en el hospital que pegó un bajón porque «nunca le ha gustado dar problemas, estaba preocupada por nosotros». Cuando vuelvan a hacerle el test y de negativo podrá, por fin, disfrutar de un buen rato con sus nietos (incluida Adriana, la hija pequeña de Diego con quien aparece en la foto de portada de esta información).

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