Nada hacía sospechar la tarde del 7 agosto de 1996 a los más de seiscientos veraneantes que pasaban unos días en el camping Las Nieves de Biescas (Huesca) que el oscuro cielo que se cernía amenazante sobre ellos deviniera en una tragedia que, 25 años después, todavía impregna de barro y dolor el alma de los supervivientes.

La mayor parte de las familias corrieron a refugiarse en sus tiendas de lo que creían iba a ser una fuerte tormenta, sin saber que muchas de ellas estaban ubicadas en el cono de deyección del barranco del Arás, un torrente ubicado en el monte bajo el que se localizaba el camping y que ya había demostrado un comportamiento violento unas décadas antes.

En la gigantesca caldera del barranco se produjo entonces una tormenta con registros entre 200 y 250 litros por metro cuadrado que llegaron hasta los 500 durante algo más de 8 minutos, lo que generó un tsunami de proporciones colosales que se dirigió hacia la zona de acampada arrastrando piedras, troncos y barro y desbordando la canalización construida.

Una gran ola, recuerda aún Sergio Murillo, que golpeó la tienda de campaña en la que se encontraba junto a sus padres y a dos hermanos, ninguno de los cuales consiguió sobrevivir a la familia. Un cuarto de siglo después, Sergio, que tenía entonces 16 años, recuerda aún, en declaraciones a Efe y de forma vívida, que el tsunami «vino de golpe y no nos dio opción», llevándose 87 vidas y dejando más de 180 heridos.

Después, en su mente se mezclan un torbellino de imágenes y sonidos a gran velocidad de agua, piedras y troncos, y una mano salvadora que le desenganchó de la rama en la que estaba atrapado. Pero lo peor estaba por llegar, porque alguien le comunicó horas más tarde que había perdido a padres y hermanos, sin saber aún que tendría que irse a vivir con unos tíos que, afirma, le acogieron como a un hijo más.

La mañana siguiente reveló con crudeza la intensidad de la tragedia y la devastación de una zona casi de guerra por la que aún deambulaban, cubiertos de barro y aturdidos, algunos de los clientes del camping en busca de sus familiares.

Los días posteriores

Mientras tanto, voluntarios, bomberos, Guardia Civil y agentes de protección civil se afanaban en buscar bajo el barro a más víctimas, sobre un escenario de coches volcados y de objetos personales caídos, entre otros, como las imágenes de los reporteros gráficos recogieron, un ejemplar con marcapáginas de la novela de Javier Marías Mañana en la batalla piensa en mí.

En la memoria de las víctimas y de los integrantes de los equipos de rescate queda, sobre todo, la generosa y cálida solidaridad de los vecinos de Biescas y de otros habitantes de valle, volcados en acoger y dar calor y afecto a los campistas y en alimentar a los rescatadores.

Y después empezó un largo proceso judicial que se prolongó por espacio de una década y que dejó fuera a algunas de las familias de las indemnizaciones finalmente impuestas por vía civil a las administraciones responsables, Confederación Hidrográfica del Ebro y Gobierno aragonés, por un importe global de algo más de 11 millones de euros.

Proceso judicial

Sergio Murillo, casado ahora y con tres hijos, asegura tener un «sabor agridulce», ya que aunque finalmente la Audiencia Nacional, en la causa civil abierta, concluyó que la tragedia era previsible, considera que

Las instituciones no cometen delitos, lo hacen las personas, y los verdaderos culpables de esto se han ido de rositas»

En julio de 2000, la Audiencia de Huesca archivó la causa penal y descartó la imputación de responsables de ambas instituciones tras considerar que la tragedia era «imprevisible», y sin dar valor a un informe emitido unos años antes del suceso, en abril de 1987, por un técnico del Gobierno aragonés, Emilio Pérez Bujarrabal, quien advertía del riesgo para las personas derivado de la ubicación del campamento.

«Una opinión más», argumentaron los magistrados del tribunal oscense al cerrar el caso, en una decisión que llevó a algunos de los afectados a «bajarse del carro» de la batalla legal.

La sentencia civil de la Audiencia Nacional aún tardó 5 años más, y el pago de las indemnizaciones otros dos, mientras continuaba la «sensación fría del barro en nuestras almas, recordaba un tiempo después la médico barcelonesa Magda Ballcels, víctima también de la tragedia.

Uno de los abogados que intervino en la causa, el letrado oscense Ricardo Orús, reconoce, en declaraciones a Efe, que el «macroproceso» de Biescas fue un «verdadero calvario judicial» desde sus comienzos, con el inicio de una tramitación penal que «no fue ejemplar» ni en la que tampoco percibió «la colaboración de la fiscalía de Huesca».

«Fue un procedimiento especialmente duro para mí en lo personal por el sufrimiento que arrastraron las familias», asegura este letrado, para quien todo el proceso judicial, tanto el penal como el civil, enfrentó a «David (las víctimas) contra Goliath (el Estado)», y que finalmente se saldó con condenas a las administraciones debido a la «honradez» del funcionario que advirtió de la posible tragedia.

Ahora, 25 años después, Sergio Murillo, que asegura haber hablado «sin tapujos» de la tragedia para dar respuesta a la curiosidad de sus hijos, afirma que los aniversarios vuelven a mover los sentimientos por lo ocurrido, pero reconoce que sólo volvió a revivir la intensidad de la tragedia al ver las imágenes de las recientes inundaciones registradas en Alemania.

Hace cinco años, con motivo del vigésimo aniversario, la localidad de Biescas rindió un sentido homenaje con la inauguración, en el lugar de la tragedia, del Parque Memorial del Camping Las Nieves, presidido por una escultura de piedra ante la cual se ubican tres monolitos con los nombres de los 87 fallecidos, un espacio de recogimiento en el que siempre hay flores.

La alcaldesa de Biescas, Nuria Pargada, asegura, en declaraciones a Efe, que este año se decidió no convocar ningún acto, en parte por los riesgos de la pandemia y en parte por el intento de los vecinos de «pasar página», aunque se han colocado dos centros de flores en el monumento.

La regidora admite que el recuerdo de la tragedia está en la memoria de los vecinos, aunque ahora miran al futuro «con esperanza» debido a la progresiva recuperación de la afluencia de turistas y de segundos residentes. «A todas las familias de las víctimas que nos han llamado estos días les hemos dicho lo mismo, que este año no se iba a celebrar un homenaje público, y todas lo han entendido y lo han agradecido», subraya.

Sin embargo, el monumento continúa recibiendo visitas de afectados o de simples ciudadanos que se detienen unos minutos en silencio y, en ocasiones, depositan flores.

A poca distancia, una valla metálica sobre la que cuelga desde hace años un osito de peluche en recuerdo de los niños que perdieron la vida mantiene cerrado el paso al lugar donde se encontraban las instalaciones del camping.