Sociedad

La patera de regreso de Mbaye, el 'lehendakari' senegalés

Un inmigrante que llegó en patera a España con 15 años, logró pagar su deuda a las mafias, estudió y se graduó en Enfermería regresa a Senegal para reconstruir un dispensario médico, una escuela y una guardería y un plan de microcréditos para mujeres.

Mbaye, identificado como el 'lehendakari', asiste a un niño en el consultorio que promueve su ONG.

Él hubiera estado en la cola desde la noche anterior, durmiendo al raso, en la calle, con la esperanza de ser atendido por aquellos blancos que habían llegado al pueblo. No tiene duda. La sanidad es demasiado cara en Jaxaay, a las afueras de Dakar, como en el resto de Senegal, como para permitírsela. Hubiera ocurrido si hace casi veinte años no hubiera escapado de allí arriesgando su vida por un futuro mejor. Si en 2003, siendo apenas un adolescente de 15 años, no hubiera engañado a su madre asegurando que iba a jugar un partido de fútbol cuando en realidad se dirigía a embarcarse en una de las pateras que partían de la costa camino a España. La fortuna le acompañó en aquella travesía. Lo hizo, sí, pero obligándole primero a sufrir y conocer la miseria.

Desde entonces han pasado 19 años. Ahora Mbaye Bbacar Diouf ha regresado como Mbaye Gil Sánchez. Es el apellido de la fortuna que le arropó en Euskadi, la que le ofreció Juan, su ‘aita’ vasco para darle una vida mejor. En su retorno a Senegal lo hace para ponerse en el lado bueno de la desgracia de la que un día escapó. Se ha propuesto contribuir a paliarla. Marchó con una mochila y 15 euros y regresa con un contenedor y decena de maletas repletas de ayuda para su pueblo.

Mbaye es quien lidera la reconstrucción del dispensario médico que estaba abandonado en esta región de 85.000 habitantes. Algunos le recordaban, otros no. Era apenas un adolescente cuando se fue. Algo mayor cuando regresó por primera vez a Senegal. Entonces su madre casi ni lo reconoció, perdió un niño -que llegó a dar por muerto- y se encontraba ante un hombre. Habían pasado 15 años sin verse. Ahora Mbaye ha podido reencontrarse con su familia, su madre y sus cuatro hermanas. Lo ha hecho como enfermero y acompañado de un equipo de médicos y enfermeras a los que se ha traído desde Euskadi a Senegal para devolver una parte de su suerte.

Mbaye sabe lo que es ser víctima de las mafias. Conoce el riesgo de subirse a una patera inestable, repleta de hombres y mujeres desesperados. Vio en primera persona la muerte a bordo, en mitad de alta mar y de noche. También la desesperación tras la alegría por llegar España. Dormir en la calle, vivir de la venta ambulante, sufrir la vejación… En su historia se cruzó Juan, un hombre bueno que decidió ayudarle, darle cobijo, educación y un futuro. Estudió, se graduó e incluso se sacó títulos de euskera. Hoy es enfermero en el área de Hematología del Hospital de Basurto de Bilbao.

Edificio en el que se ubica el dispensario.

Con algunos de sus compañeros viajó hace apenas dos semanas a Senegal. Entre el equipo, ocho enfermeras, dos médicos de familia, una traumatóloga, una fisioterapeuta y una cirujana. Hacía tiempo que se había propuesto dar vida a aquel viejo dispensario que el Gobierno senegalés comenzó a construir y dejó abandonado. En su país quien no tiene capacidad para pagar el bono que da acceso a la sanidad pública, alrededor de 5 euros, no puede ser visto por un médico. Y en Senegal son demasiados los que con sueldos de apenas 100 euros al mes no se pueden permitir ese gasto.

El regreso de Mbaye vino precedido de la llegada al lugar de un contenedor repleto de material: camas, material de quirófano, ecógrafos… todos donados por hospitales vascos. Pocos días después llegó el resto, 28 maletas de 23 kilos, dos por persona, que la delegación facturó repletas de medicamentos y más material.  “Sentí mucha satisfacción al volver para poder ayudar. Era un sueño hecho realidad”, asegura.

Les digo que no lo intenten, que no soy ningún héroe, sólo una persona que tuvo suerte. Yo también lo he pasado muy mal»

800 pacientes en 15 días

Primero tocó limpiar el establecimiento, después distribuir y organizar. Cuando llegaron ya había gente esperándoles. “Algunos llevaban hasta tres días allí, durmiendo en la calle, esperándonos”. La mayoría mujeres. La llegada de personas de toda la región ha sido imparable, “ha sido muy cansado pero muy gratificante”. Artrosis tempranas, diabetes, hipertensión, cataratas, úlceras, presbicia, problemas ginecológicos, ictus… la lista de patologías que han visto es muy larga.

En apenas dos semanas el equipo ha asistido a cerca de 800 personas a las que en muchos casos hacia demasiado tiempo que ningún médico había diagnosticado. Dos semanas en las que se han realizado 74 intervenciones quirúrgicas, cientos de test de paludismo, sesiones de formación sanitaria y de higiene, formación de personal sanitario… y todo de forma gratuita.

Es la forma en la que el ‘lehendakari’ Mbaye, como había escrito en su bata de enfermero de Osakidetza -la sanidad vasca- quiere devolver parte de su fortuna y facilitar un futuro mejor a otros niños y niñas de su país. Un peldaño más para impedir que arriesguen sus vidas y se planteen el incierto viaje hacia Europa. Lo hace a través de su ONG Sunu Gaal, que significa ‘Nuestra patera’ en lengua wofol, la principal de Senegal. Mbaye se ha propuesto que la ‘patera’ en la que viajen las nuevas generaciones no abandone su país sino que navegue en un mar de educación, preparación y medios para emprender caminos nuevos.

Además del proyecto sanitario, en Sunu Gaal lleva a cabo otra labor primordial: la reconstrucción de una escuela y una guardería. Como la sanidad, también la educación pública requiere el pago de pequeñas cuotas y matrículas inasumibles por los más pobres. En la Ecole 21 que su ONG impulsa estudian ya casi 600 niños y niñas. La pretensión es ampliar el centro y lograr escolarizar a más de un millar: “Es necesario ampliar el colegio, sólo tenemos seis aulas con casi cien alumnos por clase, nuestro objetivo es poder hacer más aulas”. Un centro en el que el profesorado local apenas recibe un salario mísero que se intenta compensar con apoyo de los padres.  

Cuando me marché los niños iban al colegio, ahora muchos ya dejaron de ir

Escuela y microcréditos

En este viaje también se ha avanzado en la construcción de un muro perimetral que protege la escuela. Una infraestructura que ha podido ser financiada gracias al Ayuntamiento de Vitoria. De la Ikastola Ander Deuna de Sopelana se logró recaudar gracias a un mercadillo de los escolares que obtuvieron fondos para recuperar la guardería. Unas tareas que están siendo muy agradecidas por muchas familias senegalesas. “Muchos no sabían cómo darnos las gracias, ha sido fantástico”. Ahora el reto es que esa labor continúe en su ausencia, hasta su próximo viaje: “Queremos volver cada seis meses. En Semana Santa regresaremos. Hemos formado a personal sanitario para que el dispensario pueda seguir funcionando”.

Mbaye afirma que la Senegal que se ha encontrado estos años es peor que la que él dejó en 2003. «Cuando me marché los niños iban al colegio, ahora muchos ya dejaron de ir». Algo parecido ocurrió con la sanidad. Por eso decidió poner en marcha ‘Sunu Gaal’, la ONG, para ayudar dentro de lo posible a mejorar la situación. Defiende que el reto es lograr que los jóvenes no se vean obligados a abandonar Senegal y que apuesten por poner en marcha proyecto.  “Por eso también estamos impulsando la concesión de microcréditos, en especial a mujeres, para que puedan iniciar proyectos”. Una de ellas es su propia hermana Fatou, que han puesto en marcha un taller textil: “Es quien nos ha facilitado parte del material que hemos empleado en el consultorio”.  

Mbaye y el resto del equipo médico posa frente al dispensario en Senegal. El INDEPENDIENTE

He encontrado el país peor de lo que lo recuerdo cuando me marché»

No oculta que, pese a que la situación apenas ha mejorado, el deseo de los jóvenes por embarcarse en una patera parece haber descendido: “Ahora intentan otras vías, ahorrar o conseguir un visado”. Su propio ejemplo podría ser un impulso para intentarlo y a Mbaye eso le inquieta. “Es un temor que siempre he tenido. Que cuando les digo que no merece la pena intentarlo, que es mucho riesgo, vean que si yo no he regresado es porque no es así. No se dan cuenta que yo me fui siendo un niño, que pude empezar de cero y que tuve suerte. No soy ningún héroe sino una persona que tuvo suerte. Es muy duro y lo pasé mal”. Recuerda que muchas de las personas que llegaron el mismo año que él a Europa, “ahora siguen igual o peor que cuando llegaron”: “El camino es muy largo, difícil y duro”.

En abril confía en poder regresar con más material y recursos. Entre sus compañeros la lista de voluntarios para acompañarle en el viaje es cada vez mayor. Hasta entonces el dispensario y la escuela tendrán que seguir funcionando y arreglándoselas con los recursos que han dejado. Su familia, la adoptiva de Euskadi y la biológica de Jaxaay, seguirán apoyándole en esa ruta de regreso en patera de Mbaye.

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