Llevaba años pensándolo. En realidad, desde que su padre murió cuando él apenas tenía siete años. La vida en Dakar (Senegal) siempre fue complicada, más aún sin el sustento paterno. El trabajo de su madre como cocinera en el Ministerio del Interior de Senegal no daba para mucho, apenas 150 euros al mes. Mbaye no tardó en descubrir que sacar adelante a cinco hijos en esas condiciones se había convertido en un reto casi imposible. En casa los recursos escaseaban y cada día había que elegir entre cuál de las tres comidas diarias ahorrar.

En su cabeza adolescente rondaban las imágenes e historias de los que regresaban de la vieja Europa, los que habían triunfado en sueño por una vida mejor. Su ropa, su coche, la mejoría de sus familias les delataban. Eran las historias de éxito que entre los jóvenes del colegio afloraban con frecuencia. Aquella cara de la moneda era la única que se escuchaba. La cruz, la que el mar muestra por miles y en silencio a quienes no lo lograron, no se contempla.

Esa mañana de agosto decidió que lo mejor era no hacer sufrir más a su madre. Mentirle sería el dolor menor. “Cogí una pequeña mochila con tres pantalones y unas chanclas, 15 euros, que era todo lo que tenía ahorrado, y me fui. Le dije que iba a jugar un torneo de fútbol en otra ciudad”, recuerda Mbaye Bbacar Diouf. No la volvería a ver hasta 15 años después, cuando en su carnet figuraba ya una nueva identidad, Mbaye Gil Sánchez, tenía un ‘aita’ adoptivo, dominaba el castellano, avanzaba con soltura en el aprendizaje del euskera y su sueldo como enfermero en Euskadi multiplicaba casi trece la nómina de su madre.

Para llegar hasta ese presente fue necesario un pasado de penurias. El joven Mbaye comprobó que la patera era la única alternativa para salir de Senegal. Llegar a España en avión requería 400 euros de pasaje y 10.000 euros en papeleos para un visado, un muro infranqueable. Sólo un amigo conocía su secreto, el mismo que le acogió en su casa. Desde ella comenzó una ruta en autocar de casi un día hasta la costa en el sur del país desde donde salían las pateras.

«Nos amenazaron con tirarnos al mar»

En el puerto los pescadores le indicaron a qué puerta llamar, a qué agentes de la mafia que trafica con esperanzas y personas dirigirse: “Me aseguraron que viajaríamos en buenas condiciones y que el precio era de 1.500 euros. Como no los tenía, la tarifa se duplicaba y la debía pagar con mi trabajo en el destino”. Aquella embarcación de madera, frágil y vieja, fue llenándose de personas; 138 en total. Una noche de finales de septiembre fue el primer intento, a medianoche. Todo marchó relativamente bien hasta llegar a Mauritania: “Un temporal golpeó la patera y comenzó a romperse. Tuvimos que regresar”.

Mbaye sabía que no había vuelta atrás ni tiempo para arrepentirse: “En esto, o llegas o mueres”. Aquel joven de 15 años tenía más boletos para lo segundo que para lo primero: “No sé nadar y el chaleco salvavidas no me lo podía permitir, sólo había para los que lo pagaron”. El segundo intento fue mejor, hasta que las pésimas condiciones del mar y de aquella embarcación de pescadores lo complicaron: “Fueron diez días en el mar. Recuerdo las noches interminables. Estábamos deshidratados y hambrientos. Sólo nos dieron un poco de comida cinco días, un cazo con un poco de arroz y un vaso de agua que sabía a agua de mar y gasolina”. Los mareos, los vómitos y el miedo a morir elevaron de día en día la tensión: “Los que llevaban la patera nos amenazaron con tirarnos al mar si alguien se alteraba mucho. El momento más duro ocurrió el octavo día, con olas de ocho metros. En un punto de la travesía entre Marruecos y España vimos cadáveres flotando de una patera que se había hundido. Fue lo más duro”.   

El 4 de octubre por fin la costa asomó en el horizonte: era Tenerife. La felicidad inmensa, como jamás antes la había sentido, curó la herida de la dura travesía casi de inmediato. Todos estaban vivos, algunos malheridos, pero habían logrado sobrevivir. A partir de ahí, otra herida se comenzó a abrir, la de la decepción. “La Europa que creía que me encontraría no se parecía en nada a lo que vi. Nos habían vendido la idea de que estarían esperándonos para darnos un trabajo, alojamiento y comida y nada de eso ocurrió”.

Tras 40 días en un centro de internamiento, Mbaye tuvo la opción de ingresar en un centro de menores de Sevilla para recibir formación: “Duré diez días. No era lo que buscaba, quería trabajar para enviar dinero a mi familia”. Acababa de comenzar la etapa más dura de su nueva vida, “lo que viví fue más duro que la patera”. Con 15 años, solo, sin dinero y sin hablar el idioma, viajó hasta Valencia para buscar trabajo como temporero. Fueron quince días durmiendo a la intemperie –luego vendrían muchos más- de los que sólo cobró la mitad: “La primera semana me dijeron que estaba de prueba y que no me pagarían. No tenía ni para comer, sobreviví a base de naranjas. La segunda me pagaron 160 euros”. Era su primer jornal en la Europa que debía abrirle sus puertas. La mitad, 80 euros, los envió a Senegal. Fue la señal de vida para su madre: “Cuando se enteró que cogí la patera me dio por muerto”.

Juan, el ‘aita’ que lo adoptó

Después viajó a Murcia también como temporero. Más tarde regresó a Valencia para trabajar para la ‘mafia’ con la que tenía una deuda que saldar y que ya le había localizado. Lo hizo con la venta ambulante. De cada CD vendido a cinco euros, cuatro irían para ellos y uno para él. La mercancía requisada por la policía corría por su cuenta y engordaba el saldo a pagar. La factura a devolver llegó a dispararse hasta los 4.000 euros. “Tardé cinco años en pagarla. Cuando lo hice recuerdo me quedaron apenas diez euros en el bolsillo”. Viajó a Bilbao en busca de trabajo. De nuevo la venta en las calles y dormir bajo un puente fue lo único que encontró. Con la deuda saldada la situación cambió. La calle quedó atrás y un ‘piso patera’ compartido con 15 personas palió levemente la situación, no la explotación: 200 euros por alquiler y comida casi inexistente.

Jamás imaginó que su ruta de bares intentando vender le salvaría la vida. En uno encontró trabajo como friegaplatos, en otro conoció a Juan, un habitual del local con el que labró amistad. “Un día me dijo que tenía trabajo para mí como pintor en las reformas que estaba haciendo en su casa. Más tarde me acogió, me dio una habitación y comida. Fue un golpe de suerte, aquello era otra galaxia para mí, no tener que preocuparme por la comida, por el alquiler”.

Juan Gil es hoy su ‘aita’, su padre adoptivo en Euskadi. En común acuerdo con su hija y previa consulta a la madre de Mbaye, accedió a hacer realidad el sueño de una vida mejor a aquel joven con la espalda llena de rasguños en forma noches al raso, hambre, miedos y valentías impostadas. “Me propuse estudiar y él me lo facilitó. Me matriculé en el instituto, convalidé mis estudios. Eso era un lujo. Me costó, pero en dos años lo logré”. Después llegó la Escuela de Enfermería de Vitoria donde hizo realidad otra de sus aspiraciones, la que le nació en el centro de acogida de Tenerife poco después de bajar de la patera: “Los cuidados que recibí al poco de llegar por parte de aquella gente de la Cruz Roja me hicieron ver que era lo que quería”.

Hoy Mbaye es enfermero en Osakidetza, el Servicio Vasco de Salud. Fue uno de los trabajadores de la sanidad pública que luchó contra la pandemia en uno de los pabellones del Hospital de Basurto habilitado para ello. Además de un buen sueldo y una vida nueva, ha decidido adaptarse a la sociedad vasca, “tengo el perfil lingüístico 1 de euskera”, asegura orgulloso. Una lengua más a sumar al inglés, francés y castellano, además de su lengua materna, el wolof, conforman el perfil políglota de este adolescente que llegó en patera, “soy un privilegiado”.

‘Sunu Gaal’, la ‘patera de la esperanza’

Hace tres años regresó a Dakar. Esta vez fue en avión. Fue el primer abrazo con su madre en quince años. Le acompañaron su nueva hermana, la hija de Juan Gil, y su cuñado. Ahora la deuda que le pesaba era con su país, con los suyos. Con ese espíritu impulsó ‘Sunu Gaal’, “significa nuestra patera en wolof, la lengua principal de Senegal”, asegura. Pero su patera en forma de ONG no surca mares ni océanos, es una patera de tierra firme, local y con redes para pescar oportunidades: “Siento que tengo una deuda con mi pueblo. No quiero que los niños tengan que salir como lo hice yo, que tengan que pasar por lo que he pasado yo. Deben tener más oportunidades que tener que verse forzados a abandonar su país”. ‘Sunu Gaal’ trabaja ya para construir una escuela, reformar un pequeño hospital abandonado y poder cubrir necesidades básicas a niños y jóvenes.

Esta tarde Mbaye tiene turno en el hospital, como todos los días. En su pabellón ahora no hay enfermos Cóvid. Sus rizos alocados, sus gafas, su buen aspecto no delatan su pasado. Menos aún su sonrisa permanente. Hoy aporta a la sociedad que lo acogió sanando enfermos y trabajando para brindar una vida mejor a niños como él. En su bolsillo hay algo más de aquellos 15 euros y en su mirada aún se vislumbra la fortuna esquiva que por fin encontró: “He visto de todo, quien me ha humillado, quien me ha maltratado y quien me ha abierto los brazos. La gente no sabe qué historia hay detrás de las personas que están en la venta ambulante o viven en la calle. Muchas se asemejan a la mía. Yo he tenido la fortuna de haber encontrado buenas personas y poder ser la persona que hoy soy”.