“No he visto ninguna de las películas finalistas, pero tampoco este año me voy a perder la gala de los Goya”. ¿Cuántas veces hemos pronunciado (u oído) una afirmación como esta? Los españoles, a menudo desinteresados por el cine nacional, son en cambio muy fieles a la entrega de los premios Goya. En 2016 Dani Rovira consiguió un público de casi 4 millones de telespectadores, el 26% de la audiencia. Esa fidelidad ha convertido la gran noche del cine español en un megáfono de reivindicaciones políticas, protestas y momentos polémicos.

El boicot de Mediaset a la gala de 2017

La edición de 2017 cuenta ya con un desplante: el de Telecinco. A pesar de tener 19 candidaturas con su productora T5 Cinema – 12 de ellas para ‘Un monstruo viene a verme’ de Juan Antonio Bayona- la cadena de Mediaset ha decretado un apagón informativo sobre la Gala de 2017. La razón es que entre los patrocinadores aparece el grupo de cosméticos Saphir, condenado por el Supremo por comercializar fragancias que imitan los perfumes de la marca catalana Puig. Telecinco no entiende como la Academia de Cine admite un patrocinador sentenciado por plagio cuando “el sector está en permanente denuncia por los derechos de autor”. La Academia ha respondido que está obligada a cumplir el contrato firmado con Saphir.

El ‘Pacto de los Goyas’

El año pasado la alfombra roja vio la irrupción de los nuevos partidos. Sentados butaca con butaca Pablo Iglesias (por primera vez en smoking y pajarita) y Albert Rivera. Un poco más allá Pedro Sánchez con su mujer. Faltaba el presidente en funciones, Mariano Rajoy, aunque sí estaba Alberto Garzón de Izquierda Unida. “Estaría muy bien que a partir de esta noche pudiéramos hablar del pacto de los Goya” dijo el presentador Dani Rovira proponiendo a los líderes presentes  que se reunieran en una sala preparada por la Academia de Cine e intentaran llegar a un acuerdo de investidura. Por aquel entonces España llevaba sin gobierno casi cincuenta días.

Las constantes protestas

Manifestaciones y piquetes forman parte de la ceremonia de los Goya tanto como la entrega de las estatuillas. El 2015 fue el año de las reivindicaciones de la Plataforma de Afectados por la Hepatitis C. Sovaldi, el fármaco que permite una curación cercana al 100%. Se había introducido pocos meses antes en el sistema sanitario español, pero su suministro no estaba garantizado a todos los enfermos por su alto coste. El color dominante de la edición de 2014 fue el rojo de los trabajadores de Coca Cola que protestaban contra el ERE que afectó a 1.200 empleados. En 2011 fue la “Ley Sinde” sobre la piratería audiovisual el blanco de cientos de manifestante disfrazados con la máscara de Anonymous. La misma noche, unos piratas informáticos atacaron la web de la Academia de Cine.

El desamor con el ministro Wert

La Academia del Cine ha tenido una relación muy poco cariñosa con José Ignacio Wert, ministro de Cultura del primer gobierno de Mariano Rajoy. En 2013, el entonces presidente de la Academia González Macho saludó el recién nombrado ministro con durísimas críticas por la subida de IVA para el sector cultural al 21%. En 2014 Wert desertó de la gala de los Goya. En 2015, a pesar de las bromas del presentador Dani Rovira para relajar el ambiente, Pedro Almodóvar le acusó abiertamente de “no estar incluido entre los amigos de la cultura y del cine español”.

La guerra de Irak

Sin duda es uno de los momentos de los premios Goya más grabados en la memoria colectiva de los españoles. El mundo del cine abanderó el “No a la guerra” y la indignación por el desastre del Prestige. La ceremonia de 2003  se transformó en un mitin protesta contra el gobierno de José María Aznar, dispuesto a acompañar a Estados Unidos en el conflicto en Irak. Desde Javier Bardem a Fernando León, todos los que subieron al escenario llevaban una chapa del «No a la Guerra».

Las manos blancas de Borau en 1998

José Luis Borau conmocionó el público de los Goya con su discurso en apoyo a las víctimas de ETA. La banda se había cobrado hace poco tiempo la vida de Miguel Ángel Blanco, Alberto Jiménez Becerril y de su mujer.  “Nadie, nunca, jamás, en ninguna circunstancia, bajo ninguna creencia o ideología, puede matar a un hombre”, dijo el anciano director de cine que por aquel entonces estaba al cargo de la Academia. Sus manos levantadas pintadas de blanco, se volvieron en un símbolo de justicia e indignación contra el terrorismo.