La soledad es la mayor fortuna de los canarios. Las malas carreteras, la falta de medios y el silencio, lo más solicitado. Cada año las islas reciben a más de 10 millones de turistas que se agolpan en complejos turísticos, llenan las calles, abarrotan los puertos e inundan las vidas de los autóctonos. Algunos isleños han buscado refugio en pueblos inhóspitos, en lugares a los que llegar resulta tan complicado como irse y el tenerifeño Rubén Acosta se ha dedicado a retratar estos asentamientos a los que ha dado el nombre de «afortunados».

«Poseen una personalidad única y retratan una manera de vivir muy vinculada a lo orgánico y con fuerte sentimiento de comunidad. Se trata de núcleos contraculturales que sobreviven como encapsulados en medio del reinado absoluto de la hiperconexión y la industria masiva del viaje», comenta Acosta sobre estos lugares que ha ido fotografiando y que ahora forman parte de su libro La costa afortunada (Ediciones Remotas), que se presenta este jueves en La Fábrica de Madrid.

Núcleos contraculturales que sobreviven como encapsulados en medio del reinado absoluto de la hiperconexión»

Se trata de los pocos pueblos en los que el turismo aún no ha dejado su huella, lugares vírgenes que para Acosta deben contar con cinco características: falta de urbanismo, reciclado de materiales de construcción, accesos complicados, cercanía al mar y adaptación al entorno. «Era un reto difícil. Lo he hecho afrontando mis debilidades como fotógrafo, sabiendo que al final del proceso no existía glamour ni grandes fiestas», asegura.

Un reto que comenzó en 2005, cuando estas «poblaciones en el límite de la sociedad» empezaron a llamar su atención. «Este viaje lo motiva un interés por lo físico, por los aspectos creados y por la adaptación al terreno», recuerda. Ese fue el comienzo pero no podremos encontrar ninguna de estas fotografías en su libro, todo se perdió a la vez que su disco duro. Quizá por eso, años más tarde, surge en el fotógrafo la necesidad de plasmar lo más humano, lo más natural del camino que ya había recorrido. «Lo que sobrevive frente a la estética globalizada del turismo».

Todos lugares costeros, pequeñas localidades que son desconocidas incluso para muchos canarios y en las que las personas viven ajenas al bullicio que caracteriza al resto de las costas de estas islas. Al final, un retrato del alma pérdida de los afortunados.