Paisajes desolados, casas a medio terminar, coches que parecen no esperar a nadie o una naturaleza a la que sentimos agonizar. Las fotografías de Lewis Baltz carecen de calor, buscan la soledad de la modernidad, el frío de la transformación. Conocido como un fotógrafo crítico, casi activista, el estadounidense falleció en noviembre de 2014 dejando un legado de series fotográficas que muestran el rostro del Estados Unidos y de la Europa del siglo pasado.

Cientos, miles de fotografías que no se habían podido ver en España en su totalidad hasta hoy. Ahora, la Fundación Mapfre acoge en la Sala Bárbara de Braganza una muestra con la intención de provocar en el visitante una “experiencia de primera importancia”. Comisariada por Urs Stahel, que fue amigo de Baltz durante su estancia en París a partir de los noventa, la exposición se podrá visitar hasta el próximo 4 de junio.

“Cuando murió no sólo perdimos a un referente de la fotografía contemporánea, sino a una personalidad fuerte que es lo que hemos intentado transmitir con este proyecto”, aseguraba Stahel en la presentación de Lewis Baltz. “Fue capaz de crear un lenguaje propio, de hacernos ver el paisaje urbanístico como un lugar ocupado”.

La Europa de Lewis Baltz

Sus primeras series muestran edificios sin terminar, sin embellecer. Fachadas con ventanas cerradas, sin habitar. Aquellas casas que se construyeron sin parón a las afueras de las ciudades. Retratos que muestran el monótono medio ambiente que estaba generando el ser humano. “Muestra como el sueño americano se iba transformando en una pesadilla”, argumenta.

Su trabajo se modifica a partir de 1989. La caída del muro, la entrada del neoliberalismo y su cambio de residencia a París tras romper con su matrimonio le abren la mente ante los medios de comunicación, la tecnología… todo lo que la sociedad empieza a demandar con ansia. “Aparece en él el término espectáculo”, afirma Stahel, y el color.

'Corso dei Lavoro', from Generic Night Cities, 1992.

‘Corso dei Lavoro’, from Generic Night Cities, 1992.

Según revela el comisario en el catálogo de la muestra, “desde finales de los años 80 sus trabajos muestran a un Baltz completamente transformado, que había abandonado su fotografía característica. El tono bullicioso, ligeramente frívolo, pretendía subrayar la gran ruptura que suponía con lo anterior. Los puristas le abandonaron y los amigos le observaron con las cejas alzadas”.

Le empezaron a atraer los neones, las luces y sus estelas. “Todas ellas carecen de las más mínima luz diurna y las artificiales atraen y dirigen nuestra atención. Baltz muestra la ciudades, en este caso italianas, como solares de aparcamiento, como stops and go, al modo de un estridente laboratorio urbano”.

Pero su visión también tenía un toque optimista. Las construcciones, los inventos humanos como forma de expresar una cultura, una tradición. Quizá una forma de entenderse como especie, siempre a lo grande. Su legado inspira a muchos y ya no cierra afinidades ni levanta cejas. Es un maestro y así se le presenta en Lewis Baltz.