La cuestión es que un día piensas qué interesante poder conocer a esos señores tan famosos antes de que esos señores fueran tan famosos. Machado no siempre fue Machado. O sí, ya entienden. No nació con un sombrero y las manos apoyadas en un bastón, ni con los versos de Soledades bajo del brazo.

Fue una clara tarde, triste y soñolienta…
tarde de verano. La hiedra asomaba
al muro del parque, negra y polvorienta…

Que un día, seguro, le dirían Antoñito -o niño o algo por el estilo- ven para aquí, no hagas esto y no toques lo otro. Como a todos, aunque de Machado y cientos más ni se nos ocurra pensarlo y creamos que siempre fueron, digamos, señores.

AULA 20. Mira el documental en tu TV. Enlace smartTV o Chromecast:  https://youtu.be/u2Y0VA-agJA

 

Hace un par de décadas dos profesoras hoy ya jubiladas rescataron por amor y devoción los papeles abandonados y mugrientos -¡qué locura!- que cuentan esta historia.

Entre el desorden encontraron la satisfacción. Sacas y ordenas y lees y ahí está, delante de ti, el examen de ingreso de Camilo José Cela al Instituto y te quedas mirando la fecha: 17 de junio de 1926. Buscas y anotas que nació el 11 de mayo de 1916. Esos tres renglones que escribieron con letra apretada un dictado de El Quijote, esa división y esa firma que pone Camilo José Cela son de cuando Cela no era todavía Cela. Lo escribió cuando tenía 10 años y nunca más se supo del papel en cuestión. No escribía José en su nombre y sí el segundo apellido (Trulock). Pero no te detienes, claro. Revuelves y aparece otro con el nombre de Enrique Tierno Galván: 17 de junio de 1930. Tenía 12 años. Había nacido en el ’18. Un dictado largo sobre El Quijote con dos “olleron”, así, con esa elle que descompone la vista. Y la división. Admitido.

Entonces piensas, decimos, en que esos señores no siempre fueron señores. Esto, pero a su manera, que es rotunda, académica y precisa, cuenta Begoña Talavera.

La profesora Talavera y su compañera Gloria González montaron en 1995 una exposición sobre los 150 años del Instituto Cardenal Cisneros de Madrid. El argumento: la creación en 1845 de los Institutos de Secundaria.

Colecciones minerales sin parangón; reptiles traídos de la isla de Mindanao”

“Algo se decía, pero fuimos descubriendo poco a poco. Buscando, desempolvando; sin perder una sola clase”, dicen. Bucearon en los viejos legajos de la Secretaría, húmedos, bajo cascotes, incluso; leyeron las memorias de todos los cursos y empezaron a ordenar, a hacer fichas, a clasificar.

Se acabó la exposición y todo aquello quedó en el olvido general y en su memoria particular. Un día, más por quitárselas de encima que por admiración, les dijeron: ¡ea, escribid la historia del Instituto! Y tanto. A finales de 2014, casi 20 años después de aquella muestra ya en la nada, presentaron un libro fruto de cinco años de trabajo que viaja desde 1845 hasta 1975: 447 páginas donde, con método de historiadoras, que eso son ambas, cuentan los secretos ocultos entre las paredes del centro, que nadie parece poner en valor.

En el siglo XIX se puso en marcha la Educación Secundaria en España. El Plan Pidal. En Madrid se erigieron dos centros: San Isidro y Noviciado, que antes de que acabar el siglo ya se llamó Instituto del Cardenal Cisneros.

Un museo. Eso es. Con sus próceres y sus colecciones y esos rincones donde el tiempo parece detenido en el XIX o, como mucho, en las primeras décadas del XX. Unas escalinatas de mármol que reparten el flujo de alumnos por plantas y pasillos largos, siempre fríos en invierno, de ventanales altos y una luz de media tarde que en primavera secuestra la atención de los estudiantes. Un museo, sí, pero abandonado.

En el Cardenal Cisneros, en la calle Reyes de Madrid, hay un gabinete de Historia Natural donde se conserva una colección única de minerales -265 ejemplares que llegaron, por orden del Gobierno, desde el Museo de Ciencias Naturales- y donde víboras y culebras y otros bichos procedentes de la isla filipina de Mindanao se mantienen en frascos de cristal color caramelo llenos de formol. Los reptiles se los trajo el capitán de navío Casto Méndez Núñez para donarlos al Instituto en el curso 1862-63 y contribuir a la formación de los alumnos. Así eran las cosas entonces: los profesores fabricaban el material didáctico, escribían los libros y repartían su sabiduría.

En el Cardenal Cisneros hay, al fin, un laboratorio de Física. Y el de Química, que se pone a funcionar en 1878 “con una instalación de gas, importante elemento científico”. Huele aún a como olían las consultas de los médicos hace mucho.

En el Cardenal Cisneros hay un aula escalonada, ejemplo de cómo eran, por ley, los centros de Secundaria cuando se crearon. Un aula con tres puertas: por una accedían los alumnos, por otra el profesor. Otra daba acceso al laboratorio de ciencias. La zona del docente, su mesa y el pizarrón, más elevada. La autoridad.

El Aula 20, hoy mancillada por la tecnología, mantiene sus bancos corridos, la tarima que da porte al catedrático y, en las paredes, algunos títulos de bachiller. El de Santiago Bernabéu Yeste, por ejemplo. Alumno sobresaliente y presidente del Real Madrid. El club, cuentan, ha querido que le cedieran el diploma del padre.

Azaña, Lerroux, Tierno Galván, Julián Marías, Fernán Gómez, Clara Campoamor… Todos pasaron por allí”

Y ésta es la cuestión, al final. Que por el Cisneros pasó mucha de la Historia de España. Los Primo de Rivera, sin ir más lejos. Miguel, el dictador, y su hijo José Antonio, el fundador de la Falange. Que, de aquí por allá, recorriendo el país, siempre llevaban colgando la asignatura de Historia de España. Ironías de la vida.

El político conservador Eduardo Dato, presidente del Gobierno, asesinado en 1921, que tiene un suspenso en Fisiología e Higiene. O Alejandro Lerroux, fundador del Partido Radical y presidente en la Segunda República. O Manuel Azaña.

Azaña, que fue presidente del Gobierno y de la Segunda República, fue alumno “de enseñanza privada del Cisneros” en los cursos 1888-89 y 1892-93 -estudiaba en el colegio Complutense de Alcalá de Henares-, donde se examinaba. Además del examen de ingreso, rindió 14 asignaturas: 12 sobresalientes, un notable en Agricultura y un aprobado en Historia Universal en convocatoria extraordinaria. No se presentó a la ordinaria.

Si uno tira de lista, lee que, de una u otra manera, por el Cisneros pasaron antes de acabar el siglo XIX el Conde de Romanones, Manuel Becerra, Alberto Aguilera, Jacinto Benavente -premio Nobel en 1922, sólo figura un documento en el que, con la edad de 9 años, pide el ingreso-, el escritor Carlos Fernández-Saw o el filólogo e historiador Ramón Menéndez Pidal. Y no se sabe si esto se sabe, los papeles desperdigados hoy por este o aquel archivo.

Menéndez Pidal cursó los dos últimos de bachillerato en el Cisneros, de 1883 a 1885. Sobresaliente. En Física y Química, Agricultura, Historia Natural y Fisiología e Higiene. Siempre sobresaliente y premios extraordinarios, excepto en Latín y Geografía, con sus notables.

Y ahí aparece el nombre de Antonio Machado, del que esta semana, el 22 de febrero, se cumplieron 78 años de su muerte en el exilio francés. Escriben Begoña Talavera y Gloria González que viendo la historia académica del poeta nada hacía prever al literato y al intelectual que fue, porque más bien los legajos recuperados “parecen corresponder al prototipo del mal alumno, discontinuo y con notas mediocres”. Así son las cosas.

Machado entra en 1889 a cursar enseñanza secundaria y acaba en 1900. Y pasan otros 16 años hasta que obtiene el título de bachillerato. ¿Y? Eso es. Machado antes de ser Machado. Suspenso en latín y castellano en el curso 1889-90. Machado antes de ser Machado. Suspenso en Física y Química en la primera convocatoria de 1899-1900; notable en septiembre. Y ahí están, claro, sus sobresalientes en francés. Machado antes de ser Machado.

Como Salvador de Madariaga, Ramón Gómez de la Serna, Juan Ignacio Luca de Tena y, desordenadas las épocas, por dar pinceladas, Julián Marías, Fernando Fernán Gómez, Luis Ciges, Enrique Jardiel Poncela, Rafael Alberti, Gerardo Vera, Jorge Oteiza, José Luis Aranguren, Manuel Gutiérrez Mellado, Blas de Otero, Alfonso Sastre… Toda esa historia en una manzana del centro de Madrid por la que no pasamos ni la vista.

Las primeras mujeres

Cuenta Begoña Talavera que aquél era un mundo de hombres. Que encontraron, cuando ya estaban a punto de terminar su libro, la ficha de la primera estudiante matriculada en el Cardenal Cisneros. Antonia García Zavala, que aprobó su examen de ingreso el 11 de octubre de 1876. En la ficha, en el rubro observaciones, se lee: “Esta señorita es la que verifica el primer examen en este Instituto”. No hay expediente. Pareciera como que intentó estudiar, pero desistió por el camino.

Surgió entre los documentos el que les reveló la historia de Pilar Martínez Gil, la primera bachillera que salió del centro. Era de Calatayud, vivía en la calle de Claudio Coello y era maestra de enseñanza elemental. Sí, maestra, “lo que da cuenta de qué se exigiría entonces para enseñar”. Estudia cinco años en el Cisneros. Todo el bachillerato. Casi todo sobresaliente. Lleno de premios y menciones el expediente. Fue la mejor de la promoción en el examen de grado. “Entonces, premios y menciones se conseguían por oposición en ejercicios públicos. Demuestra el interés que tenían por estudiar”, dice Talavera. Su éxito quedó negro sobre blanco en la La Ilustración Española y Americana, que la inmortalizó con un retrato a plumilla.

En el curso 1890-91 había, entre 2.669 matriculados, cuatro mujeres. En 1891-92 hay cinco entre 2.565, entre ellas como alumna oficial la hija de la escritora Emilia Pardo Bazán. “Testimonios indirectos hablan de que las chicas se sentaban en primera fila”, dice Talavera. Incluso acompañadas por un bedel o un profesor y sin mezclarse con los alumnos.

La eclosión de la presencia femenina se produce en los años 20. En 1900 hay 10 alumnas; 100 en el curso 1911-1912; 100 en el año académico 1922-1923. Cuando se echa un vistazo a la historia de estas profesoras, surgen los nombres de Clara Campoamor -impulsora, como diputada durante la Segunda República, del sufragio femenino-, Victoria Kent -Ken o Quen en los documentos del Cisneros-, María Goyri, María Moliner, Josefina Carabias, Nieves Quiroga y Pardo Bazán, hija de Emilia Pardo Bazán, Hildegart Rodríguez Carballeira.

Hildegart y su historia, que llevó al cine Fernando Fernán Gómez (Mi hija Hildegart, 1977), también alumno del Cisneros. Hildegart fue un experimento. Su madre, Aurora, planificó la vida de Hildegart desde antes que ésta fuera concebida. Planeó un embarazo independiente (sin padre reconocido a sabiendas), planificó su formación, su educación y se cuenta que acudía junto a la niña al Instituto, para vigilarla. Antes de que su hija cumpliera los 19 años, Aurora la mató, celosa de que Hildegart quisiera tener vida propia. Se cuenta en Cisneros que su madre la acompañaba a clase.

La Guerra Civil y el cambio de régimen

Ahí, en el centro de Madrid. En una calle corta y angosta, tras unos muros de ladrillo que descansan sobre zócalos de granito, se guardan estas historias. Llegó la II República y la Guerra Civil y el Instituto cerró las puertas. Demasiado cerca del frente de Ciudad Universitaria. Un obús destrozó el tejado. Fin de la Guerra. Vuelta a la actividad en la penuria. Todo diferente.

Para entrar al Instituto ya no había que hacer un dictado de El Quijote, sino del Nuevo Testamento. En 1943 hizo su examen de ingreso Rocío Espinosa López Cepero. “El ángel le respondió así: yo soy Gabriel…”. Bien el dictado, bien la división, bien la multiplicación de Rocío, a la que todos conocen como Laura Valenzuela.

En la entrada, bajo las escaleras, una cantina benéfica donde algunos recibían los únicos alimentos, tal vez, del día. El 6 de noviembre de 1940, el entones director, Vicente García de Diego, envía una carta a la Junta de Abastos de Madrid y reclama “aceite, huevos, patatas, arroz, jamón, longaniza, jabón, panecillos”. Quince años después se registraban aún casos de desnutrición. La España de posguerra. Se acaba la enseñanza mixta, se impone el nacionalcatolicismo, con la religión otra vez como asignatura oficial.

Ahí está, en el olvido, esta y muchas historias más. En la calle Reyes, a la vuelta con San Bernardo. Todos estos, más, anduvieron esas aceras cuando no eran quienes fueron.


El vídeo que acompaña este reportaje es el primero de los documentales que realiza El Independiente dentro de la serie “Plano Largo”. Sus autores son Mario Viciosa y Giulio M. Piantadosi.