Que la zarzuela no acaba de conectar con la juventud parece un viejo problema. El desconocimiento sobre el teatro lírico se extiende también a otros legados culturales del pasado de este país. Sin embargo, esa desconexión es solo aparente, ya que el género homólogo, pero de origen americano, ha conseguido penetrar con fuerza y muchos musicales se han convertido en un ‘must’ obligatorio de ver antes de morir. Si no hubiéramos importado también el anglicismo, El Rey León sería una zarzuela en toda regla. La inmensa maquinaria propagandística y comercial consigue atraer al público a unas obras cuyo leitmotiv sobre la integración social no siempre es bien entendido, en detrimento de un teatro propio que sí refleja de forma más próxima las inquietudes de nuestra sociedad.

La Revoltosa para adolescentes

Con el Proyecto Zarza, el Teatro de la Zarzuela se lanza a la búsqueda de ese público adolescente y veinteañero, a través de La Revoltosa de Ruperto Chapí hasta el 5 de marzo. Este nuevo experimento, necesario y esperado, se realiza por primera vez en el propio epicentro del género. La producción, dirigida por José Luis Arellano, reúne a un grupo de jóvenes de hasta 28 años, que durante hora y media permanecen en el escenario construyendo un diálogo-puente entre la obra del siglo XIX (casi XX) y los años que corren. La escenografía de Silvia de Marta y la iluminación de Juanjo Llorens aciertan al transformar el teatro en un espacio más familiar, acogedor y próximo. Un gran manto verde de hierba artificial comienza en el mismo patio de butacas. Sobre él se desarrolla la verbena (o botellón, para ser más exactos) en la cual salen a relucir los personajes, escondidos en los propios actores, a medida que avanza el juego escénico. Todo fluye como una prolongación natural del espacio en el que se encuentran los espectadores, reforzando la cercanía entre los mismos, los músicos, dirigidos por David Rodríguez, y el elenco.

Drogas, sexo y alcohol en La Revoltosa

La obra retrata una  juventud absorbida por los móviles y las redes sociales.

El trabajo global es bueno, aunque excesivamente largo. Convertir una historia de poco más de 50 minutos en una obra de hora y media exige realizar modificaciones importantes. En efecto, la zarzuela como género obliga a versionar y a actualizar la obra. Los autores y libretistas en la época lo hacían permanentemente, por lo que representarla con supuesta fidelidad es la mayor de las traiciones posibles. Sin embargo, es necesario prestarle atención tanto al contenido como a las formas, y la propuesta flaquea en estos dos aspectos clave. Cabe preguntarse si era necesario sustituir las barajas de cartas por móviles y jugar permanentemente con la retrasmisión en directo a través de Instagram Live, los likes de Facebook o los selfies eróticos de Whatsapp. El director dibuja una juventud simple e idiotizada en lo social, que deja la duda de si se trata de una comedia o de una parodia. Asusta escuchar a la protagonista cuando declama que su “amanecer es el círculo naranja con un número en Instagram.” ¿Serán acaso los jóvenes espectadores capaces de reaccionar ante la ridícula y grotesca juventud que representa la obra, o lo asumirán como una intrascendente comedia de situación?

Establecer los nexos entre ese supuesto Madrid castizo de la zarzuela original y el que perciben los jóvenes “modernos” pasa en escena por referencias a las cundas de la droga de Embajadores y Lavapiés, el Orgullo Gay, el alcohol, las “parejas liberales”, los orgasmos y las resacas, entre otros. La diversión se convierte entonces en un absurdo sobre una juventud que ha perdido algunas referencias sobre el respeto y la tolerancia tanto por los demás como consigo mismo. Sin embargo, al fin y al cabo esos son los temas sobre los que reflexiona la zarzuela en general cuando el padre vende a la hija por cocaína en La Tabernera del Puerto, o Susana canta en la famosa habanera que cuanto más le pega su novio más le quiere en La Verbena de la Paloma.

Los móviles no faltan en esta La Revoltosa moderna

Los móviles no faltan en esta zarzuela moderna.

Pero tras este exceso en las formas, el mensaje subyacente que plantea la obra es inexistente. Al revés de lo que ocurría con la puesta en escena, el concepto global queda en exceso desdibujado. No solo se pierde la idea de zarzuela sino también la de teatro musical. Si alguno de los jóvenes que asista por primera vez decide volver en el futuro, se encontrará perdido. La clave no está en la vigencia o no de un texto o de una puesta en escena, sino en que la producción que se puede ver hasta el próximo domingo no invita a acercarse al teatro lírico español. El resultado es un híbrido indefinido y se han confundido los objetivos. La música de Chapí se mantiene intacta y se disfruta, aunque precisamente era la oportunidad para redescubrir la partitura con nuevas sonoridades y una orquestación propia del siglo XXI. Demasiado atrevimiento a tocar el texto mientras nadie aparece con la valentía necesaria para trabajar la música.

En lo que se refiere al propio aspecto didáctico existe una inmensa distancia entre el planteamiento que ofrece el teatro disponible en el material adicional preparado para análisis de la obra en clase y la propia producción. No presenta ninguna relación con la puesta en escena y su concepción paralela demuestra que no ha existido conexión entre el trabajo pedagógico y el escénico. Aun con todo, se cae en los mismos errores de siempre, que alejan a parte del público. La zarzuela no es un género único en el mundo. Pedro Calderón de la Barca describió por primera vez nuestro teatro lírico como una fábula “a imitación de Italia”, mientras que Barbieri en el siglo XIX dejó en su legado, que ahora puede verse en una exposición en la Biblioteca Nacional, como se importa la idea de la ópera cómica desde Francia. Precisamente, la zarzuela es la prueba de que España tuvo un teatro musical a la altura de Italia, Francia, Alemania, Rusia o Inglaterra, y que sabíamos hacer polcas mejores que los polacos o valses mejores que los vieneses. España no es diferente, y hablar de zarzuela es estar orgulloso de una de nuestras más importantes conexiones culturales con el resto de Europa, concepto que sigue siendo inexistente en el planteamiento didáctico del Teatro de la Zarzuela.