Salieron en fila y con las manos esposadas a la espalda. Sonrieron, como si su futuro más cercano no les hiciera temblar las piernas. Varios hombres les colocaron frente al público y, antes de que al verdugo le diera tiempo a tirar de la palanca, uno de los presos gritó, con calma: «La voz que vais a sofocar será más poderosa en el futuro que cuantas palabras pudiera yo decir ahora». Cayeron todos y sus rostros empezaron a mostrar síntomas de asfixia. 11 de noviembre de 1887: acababan de ser ahorcados los Mártires de Chicago.

Fueron ejecutados por luchar por una jornada laboral de 8 horas en la revuelta de Haymarket. Murieron por anarquistas. En cuanto dejaron de moverse, sus ideas empezaron a flotar sobre el público y cayeron, todas, con fuerza, sobre una joven Emma Goldman que por aquel entonces tan solo era espectadora a través de los periódicos. Se alojaron en la mujer que por su lucha sería, años más tarde, la más odiada de todo Estados Unidos. Fue la gran anarquista, la primera en tomar el control de este movimiento.

Tenía la clara sensación de que algo nuevo y maravilloso había nacido en mi alma»

Goldman era una lituana de origen judío. A los 16 años desembarcó en EEUU de la mano de su hermana. Dejaba atrás a una familia pobre y convencional, a un padre hosco, agrio y machista que pensaba que sus hijas eran los meros recipientes de sus futuros nietos varones. Nada más bajarse del barco se hizo con un puesto en una fábrica textil de Rochester y abandonó una dependencia que le ahogaba. Se convirtió en una obrera de finales del XIX casi el mismo día en que se unió al movimiento libertario.

Fue esa revuelta y la ejecución de estos cuatro anarquistas (el quinto se había suicidado para no morir ahorcado) lo que sembró en ellas las ansias de un mundo distinto, más libre, menos opresor. Fueron estos mártires los que la sedujeron para meterse de lleno en la Causa. Abandonó a su marido, con quien sólo llevaba 10 meses casada, y se trasladó a Nueva York para estar en el centro del movimiento. «Tenía la clara sensación de que algo nuevo y maravilloso había nacido en mi alma. Un gran ideal, una fe ardiente, la decisión de dedicar mi vida a la memoria de mis camaradas mártires», escribió entonces.

Sólo tenía 20 años pero no tardó en juntarse con los grandes del anarquismo. Sus ideas sobre la mujer, el amor libre, las jornadas laborales, los derechos de los obreros y su poderosa oratoria la encumbraron rápidamente e hicieron que se relacionase con los líderes de un movimiento que ella compartía a medias. Fue amiga y amante de Johann Most, director de la revista anarquista Die Freiheit, compañera absoluta de Alexander Berkman y la más ferviente agitadora.

Emma Golman en 1878.

Emma Golman en 1878.

Vivió con ambos y con ninguno. «Most me fascinaba. Sus excepcionales dotes, su avidez de vida, de amistad me conmovían profundamente. Y también Berkman me atraía. Pero tenía la sensación de que, de los dos, Most era más de este mundo», escribió en su biografía, Viviendo mi vida, que hace unos años editó la Editorial Capitán Swing. Y fue Most quien la involucró con unas ideas más racionales a las de Berkman. «Necesitamos gente urgentemente joven y dispuesta en nuestras filas, gente apasionada, como tú pareces ser. Y yo necesito una amistad entusiasta», le aseguró Johann. Una amistad tan entusiasta que acabó con él y con la adoración de ella. Most le pidió demasiado compromiso y Goldman había aprendido que una anarquista no era de nadie.

Creía en el derecho a ser madre sin la obligación de serlo

Quizá aquí empezó a construir su concepto de la mujer, su visión de una ciudadanía sin protagonistas y sin actores secundarios. Comenzó a pensar que debían actuar de forma independiente, que no debían vivir en la sombra de otros y que era necesario que su palabra alcanzase el mismo tono que la de los hombres. Creía en la anticoncepción, en el amor libre, en el antimilitarismo, en el derecho a ser madre sin la obligación de serlo. «¿Acaso el amor puede ser otra cosa más que libre?», alegó. Empezó durante esta época su mayor lucha: la emancipación. Ella era libre, incluso por encima de la Causa, a la que no veía sentido si tenía que alejarla de la alegría.

«Me han llamado la atención por bailar porque no es propio de una mujer anarquista. Si no puedo bailar no quiero estar en esta revolución. Estoy harta de que me arrojen la Causa a la cara. Yo no creía que una Causa que defendía un hermoso ideal, el anarquismo (la liberación y la libertad frente a las convenciones y los prejuicios), negara la vida y la alegría», sentenció. Puede que fuesen sus fuertes ideales, su ansia de libertad independientemente del movimiento lo que le llevó a encontrar el equilibrio en Berkman y abandonar a Most.

Emma Goldman y Alexander Berkman.

Emma Goldman y Alexander Berkman.

Él se convirtió en su más fiel compañero, en su apoyo, en su sensatez. Ella empezó a destacar por su labor para dar poder a las mujeres, para alejarlas de esa sociedad que pensaba que no podían dedicarse a otra cosa que a tener hijos, que las dejaba ancladas en sus casas sin capacidad de desarrollarse. «Para que la mujer llegue a su verdadera emancipación debe dejar de lado las ridículas nociones de que ser amada, estar comprometida y ser madre, es sinónimo de estar esclavizada o subordinada», dijo con fuerza. Fueron los dos los que sacaron adelante la revista Mother Earth, donde daban rienda suelta a sus pensamientos anarquistas y donde alzaban a la mujer. Se encumbró como uno de los referentes más fuertes dentro del feminismo.

Su visión más idealista del mundo, de que las obligaciones con el movimiento no podían eliminar de ella la vida, se toparon con un muro. Goldman hizo suya la huelga de unos trabajadores que le pedían al empresario Henry Clay Frick mejores condiciones laborales, le pedían poder vivir fuera de la industria. Tras las amenazas de Frick a los huelguistas, tras sus violentas conductas, Emma y Alexander Berkman no dudaron en acabar con el problema de raíz. Intentaron asesinar a Frick, y Berkman acabó en prisión en 1893.

Este es el segundo empujón que el movimiento le dio a Goldman. Desde entonces, mítines, charlas, gritos. Emma congregaba masas, cambiaba actitudes, generaba entusiasmos. Se estaba convirtiendo en un peligro, en la mujer más odiada de América, según los periódicos. Nada la paraba hasta que llegó la deportación. EEUU la envía de vuelta a su país pensando que su misión como feminista y agitadora se congelaría en el invierno ruso.

Pero Goldman no paró. Ni de pensar ni de hablar. Vivió en muchos países y en todos abrió puertas para la reflexión. Cuestionó, incluso, el régimen soviético, siguió pensando que la mujer estaba tan preparada como el hombre para la política y para el desarrollo de la sociedad, se posicionó en la Guerra Civil española viendo en los republicanos algo de esperanza, despertó libertades y el mundo la escuchó sabiendo que oían algo importante.