Ha pasado 80 años oculto. No lo escondían, simplemente no consideraban que tuviese valor. Se trataba de los diarios de una niña de 14 años, de las sensaciones de Pilar cuando en Barcelona estalló la Guerra Civil y su día a día se vio condicionado por una lucha que ni entendía y con la persistencia de un bando que le era contrario.

Estos documentos llegaron a Tània Balló y Gonzalo Berger, escritora e historiador, cuando ambos se encontraban en mitad de su investigación, quieren ponerle nombre a las mujeres milicianas de la guerra, y se toparon con Teresa, con sus sobrinos y gracias a ellos con Pilar, la protagonista de esta historia.

Fueron aquellos sobrinos de la miliciana los que mencionaron unos diarios escritos por su madre durante la Guerra Civil. Comenzaban el 28 de enero de 1936 y, tras llenar 10 cuadernos, acababan casi a la vez que la contienda, en 1940. Balló y Berger vieron enseguida que lo que tenían entre las manos debía salir a luz. Se trataba de una chica de 14 años, Pilar Duaygües, que durante meses inmortalizó lo que ocurría en la ciudad de Barcelona y, sobre todo, cómo le afectaba a ella y a su familia, que eran del bando republicano. Un testimonio único que refleja cómo los jóvenes vivieron aquellos años 30 en España y que se publica el próximo 17 de octubre.

Pilar y su familia, los Duaygües, eran propietarios de una pequeña fábrica de harina y pasta en Lleida. Tras cambiar de hogar varias veces, el negocio crecía y pasaron por Valencia y Melilla, acabaron en Barcelona en 1935, un año antes de que estallara el conflicto que dividió a España en dos. El bando nacional no tardó demasiado en quitarles su sustento, se quedó con su empresa y aumentó, aún más, su posición republicana.

Creo que había una huelga grande por toda España, por lo tanto, nos acostamos”

Eran 4 niñas, Pilar era la menor, y las tres primeras se posicionaron rápidamente. Teresa, la primogénita, se convirtió en miliciana, Mary en periodista para un periódico de izquierdas de Barcelona y Ruby cogió el botiquín y se fue de enfermera al frente. Mientras, Pilar, en plena adolescencia, se veía influenciada por las decisiones de sus hermanas, por la pérdida del negocio familiar y por la posición de su padre.

Sus diarios muestran cómo vive ciertos días históricos sin poder darles la importancia que les otorgaría el tiempo. Para Balló, una de las anotaciones más importantes es la del 18 de julio de 1936, día del alzamiento nacional. Fue un sábado y Pilar se fue con una amiga a bailar sardanas, cuando se metió en la cama era ajena a lo que acababa de ocurrir. “Sólo bailamos una, pues las suspendieron. Creo que había una huelga grande por toda España, por lo tanto, nos acostamos”, relata.

Es al día siguiente cuando se da cuenta de que el país estaba cada vez más enfermo. De que comenzaban a abrirse heridas que tardarían décadas en dejar de sangrar. “El 19 de julio quedará grabado en la historia. Las ametralladoras iban, bombas por aquí, tiros por allá. Se oía muy bien cómo se derrumbaban las casas. Esta guerra ha sido a causa de que no quieren al Gobierno, quieren otra vez la Monarquía”, reflexiona encerrada en su casa en lo que iba a ser un día de playa con su familia.

Hace tres días que no probamos el pan. Hace nueve meses que comenzó la guerra”

Así, día tras día va relatando como Barcelona cambia radicalmente, cómo deja de poder hacer su vida normal y cómo la madurez le llega a base de miedo. “Hace tres días que no probamos el pan”, “hoy tampoco ha habido pan”, “hoy hace nueves meses que estamos en guerra en España”, escribe el 17, 18 y 19 de abril de 1937; casi un mes antes de que comenzaron los conocidos enfrentamiento de mayo de ese año.

Es a principios de aquel mes cuando escribe: “Hoy no he ido al colegio debido a la situación que estamos pasando. No han parado de oírse tiros, a causa de la lucha con los de la FAI, que quieren apoderarse del gobierno y demás, quieren hacerse ellos los dueños de todo. Han matado a muchos guardias, policías, generalmente los muchachos que van con un arma no pasan de los dieciocho”.

Su visión de la contienda se junta con los sentimientos de una adolescente. De ese chico que le gusta y no le hace ni caso, de las discusiones con sus hermanas, de cómo busca su identidad, de sus deberes o sus ejercicios. De cómo hay días que se pensaron divertidos y en los que acababa sin poder salir de su casa y sin más comida que una triste masa que les preparaba su padre.

Acaba normalizando situaciones de violencia”

“Estos diarios tienen su importancia en este tipo de anécdotas, en cómo una niña de 14 años nos muestra como vivió la Guerra desde una posición de inocencia y contando cada uno de sus sentimientos”, asegura Balló. Lo mismo que su compañero en este libro, Berger, que acentúa que es esa primera persona la que nos da otra visión hasta ahora no encontrada sobre la Guerra Civil, la de una chica adolescente que la vive entre la rabia, la incomprensión y una tremenda frustración.

A medida que el conflicto suma días, crece en meses, lo hacen también los bombardeos, el racionamiento y el hambre. Lo hace el miedo que acaba por convertirse en el sentimiento habitual. “A lo largo de sus diarios ve cómo normaliza situaciones de violencia extrema”, asegura Balló.

Final de la Guerra Civil

La violencia y la falta de sustento. Es en marzo del 1939, cuando ya todo estaba perdido para los republicanos, cuando anota en su diario: “Me da rabia ir al cine porque obligan a saludar con el brazo tendido. En la pantalla aparece el rostro del ‘idiota’ de Franco. Si no lo haces, el saludo, los soldados te pegan”. A lo que a continuación añade que “la gente está muy en contra de Franco. No hay trabajo, no se tiene dinero y en realidad es horrible. Pasaremos todavía hambre y sufrimiento hasta que vuelva a venir otra revolución y se implante la República”. Pilar ya tenía 18 años y las ideas totalmente asentadas, solamente suyas.

Al terminar la Guerra sus hermanas tuvieron que exiliarse, acabarían en Francia y Venezuela y aunque dos de ellas consiguieron volver lo hicieron por poco tiempo. Pilar, en cambio, se quedó en España. Pilar conoció a Emili Prats y viviría como muchas de las mujeres en la dictadura, con una felicidad a medias, sabiéndose presa de la situación. Su última entrada en el diario, al que deja de hacer caso unos meses por miedo a que se lo incauten, se la dedica a Emili, al que sería su marido. “Sigo cada día más feliz que nunca”, asegura ese domingo sin bombas en el que pasea con él, un domingo de marzo de 1940.