La historia de la cadena de hamburguesas más grande del mundo es la historia de una traición. Por eso Ray Kroc, el fundador de McDonalds, no lleva el nombre de su imperio. Ni siquiera fue él quien se inventó el sistema de comida rápida que revolucionó el mundo de los restaurantes del mismo modo que Henry Ford hizo con la producción de automóviles.

La idea que permitía cocinar hamburguesas con patatas en 30 segundos en vez de en 30 minutos fue de los hermanos McDonald, que tenían un pequeño restaurante familiar en San Bernardino (California). Luego se arrepentirían toda la vida de haberse fiado de ese tal Kroc que un día se acercó a preguntarles su secreto para vender más que nadie.

McDonalds hizo con las hamburguesas lo que Henry Ford con la producción de automóviles

El protagonista de El Fundador, personaje al que interpreta un soberbio Michael Keaton en la película que narra los orígenes de la cadena, no es más que un ególatra infeliz de 52 años que se gana la vida como vendedor ambulante de batidoras.

No fue ninguna escuela de negocios la que le dio la clave del negocio que lo convertiría en uno de los hombres más ricos del mundo. Fue pasarse la vida comiendo de mala manera hamburguesas frías en los aparcamientos de los restaurantes de carretera lo que le hizo percatarse de que aquel pequeño sitio llamado McDonalds era diferente. Era 1954. Y el concepto de comida rápida no existía todavía. Hasta que Kroc viajó a San Bernardino y conoció a los ingenuos hermanos McDonald.

El Fundador cuenta la historia más truculenta y desconocida del mayor símbolo del sueño americano. No cae en la mitificación del hombre hecho a sí mismo ni en su demonización.

El retrato de Kroc es el de un vendedor ambulante que escucha vinilos de autoayuda (sí, había tal cosa ya en los años 50) en moteles de carretera. Encarna el lado más crudo de la ambición sin escrúpulos, pero tiene más de retrato psicológico que de crónica empresarial.

Nada es más común que gente con talento fracasada”, le dice un vinilo de autoayuda

“Nada es más común que gente con talento fracasada”, le susurra el tocadiscos a Kroc a la hora de dormir. Y él se lo repite frente al espejo. Se identifica con el triunfador, por más que hasta entonces siempre haya fracasado, como le recuerda su esposa cada vez que vuelve a casa. “La clave del éxito es la perseverancia”, insiste el gurú. Y al día siguiente vuelve a buscar un destino en el mapa desplegado sobre el capó del coche en una gasolinera de mala muerte.

Y para pasar de concertar ventas por catálogo en una cabina a crear el imperio de los arcos dorados con una idea de negocio que ni siquiera es tuya hay que tener algo más que talento. Y Kroc lo tiene.

La historia de McDonalds es también la del siglo XX. La de la invención del take away:  “una sinfonía de eficacia”, la define Kroc, al que hay que reconocerle el olfato. A nadie se le había ocurrido que en vez de servir las hamburguesas en platos las podían envolver en un papel de usar y tirar. Y una vez que convence a los hermanos Richard y Maurice McDonald de que les deje franquiciar su idea por todo el país, empieza a creerse el pez gordo que siempre soñó con ser.

Los arcos dorados empiezan a multiplicarse por todos los estados, pero todavía no gana tanto como cree merecer. La carne con patatas no deja los márgenes que él necesita (él sólo recibía el 1,9 por ciento de las ventas de cada franquicia que se abría en Estados Unidos y la mitad de sus ingresos debía entregarla a los hermanos).

Y entonces es cuando un abogado judío que solía ganarse la vida vendiendo biblias le da la clave de lo que aún hoy constituye el lucrativo negocio de McDonalds: convertirlo en un imperio inmobiliario. McDonalds es en realidad un negocio millonario porque le alquila a sus más de 30.000 franquiciados el terreno sobre el que se edifica cada uno de los restaurantes. Y eso es lo que realmente da dinero. Bueno, eso y la marca. Kroc entendió su valor, que inspira un sentimiento familiar y cálido “que suena a América”.

Así es como nace un negocio global capaz de extender cheques más altos que cualquier voluntad. Incluida la de los hermanos McDonalds, que cuando comprendieron que nunca se librarían de Kroc si no le daban lo que les pedía le tuvieron que vender su parte del negocio. “Dejamos entrar al zorro en el gallinero”, dice. Al final su pequeño restaurante de San Bernardino tiene que cerrar, mientras el imperio de los arcos dorados en manos de Kroc llega a todo el planeta.  Ya lo decía el vinilo de autoayuda: perseverancia.

Cuando 30 años después de haberse parado en aquella hamburguesería de San Bernardino cuyo modelo copió, Kroc tiene que ir a dar un discurso a la Casa Blanca de Ronald Reagan, octogenario ya, ensaya frente al espejo: “Nada es más común que gente con talento fracasada. La clave del éxito es la perseverancia”. Es la vieja frase del vinilo que escuchaba en el motel cuando no era más que un vendedor de batidoras ambulante de 52 años. Ni siquiera las palabras eran idea suya.