“La nostalgia no deja de ser una cosa perversa que tiene mucho que ver con una enfermedad que consiste en creer que el tiempo anterior es más puro que el actual. Hay que vivir el presente siempre, pero hay que vivirlo con el cargamento que traes. La nostalgia es un poco tétrica, es como museo de cera que quiere que todo permanezca idéntico para poderte reconocer en ello, para estar más seguro”, explica David Trueba a El Independiente, a quien entrevistamos con motivo de su último libro Tierra de campos (Anagrama).

El pasado, ese cuyo recuerdo nostálgico el autor define como enfermedad, es el mismo al que se aferra Trueba como método, un uso utilitarista del pasado sobre el que construir su ficción. El protagonista de su libro es Dani Mosca, un músico famoso que lleva el cuerpo de su padre muerto al cementerio del pueblo de sus antepasados mientras recuerda, en primera persona, su infancia en el barrio de Tetuán de Madrid. Un pasado que comparte con Trueba, colegio de los Salesianos incluido. “Para hacer una ficción necesitas que haya una parte de verdad, igual que para contar una mentira necesitas una parte de verdad, en una ficción es igual, necesitas poner los pies sobre elementos reales para que eso crezca y encontrarle un sitio, una época un contexto y una personalidad, y para eso te nutres de la realidad”, explica Trueba.

Soy una amalgama que ha conseguido que no se me archive en ninguna categoría»

Y la personalidad de su Dani Mosca, es un músico famoso que simplifica su vida de éxitos en que él sólo se dedica a hacer canciones. ¿Y Trueba? Parecido, pese a su prolífica y compleja carrera: “Unas veces hago novelas y otras hago películas. Nunca me he sentido como para decir soy director de cine, porque si dices que eres director de cine de alguna manera lo eres las 24 horas del día, lees un libro y estás pensando en adaptarlo, o vas por ahí mirando cosas para tu próxima película. Soy una amalgama que ha conseguido que no se me archive en ninguna categoría, pero al final la combinación de todas las cosas es lo que soy”, concluye.

Trueba utiliza parte de lo que es para alcanzar al lector. Un objetivo que traza con una línea, que parte de su experiencia personal, pasa por novela y llega al lector: “En esta novela hay algo como de amputación como de que cuentas algo que en ese momento es lo que te preocupa, lo que te obsesiona y es de lo que quieres hablar. Es un ejercicio de indagación personal que tienes que hacer que se convierta en un ejercicio de indagación de quien te lee. Que el lector aplique la sensación de autobiografía, a mi me gusta que todo lo que tiene de mí el personaje se convierta en cuanto de suyo, del lector, tiene el personaje. Parto de mi para llegar a ti”.

Así son las líneas que traza este escritor que otras veces es director. Y llegan al lector. Porque aunque éste no haya crecido en el barrio de Tetuán de Madrid en los ochenta, no haya ido a un colegio de curas, no sea músico, ni escritor, ni tenga un antepasado agricultor, da igual, la línea se traza igualmente. “Aparentemente no hay nada más lejano para una profesión tan moderna como músico que un agricultor de la España de Tierra de Campos y, sin embargo, el viaje que hace el protagonista, emocional y físico, le lleva la conclusión de que él y su padre no son tan distintos, que el músico también hace un surco en el suelo y planta algo, espera a que crezca un producto que luego vender”. Y esta es la parte universal de su historia, porque eso es lo que hacemos todos, “que lo que necesitamos todos en un terreno para plantar nuestras cosas”, explica el escritor cuyos surcos se cuelan en la parcela del lector para que cobren vida sus historias.

Banda sonora


La novela de Trueba está llena de referencias musicales que el escritor utiliza para dotar de veracidad a su personaje y con los que conecta con la experiencia vital del lector.