Naturgemälde, el mapa sobre el ecosistema de Los Andes con el que Humboldt sorprendió a la ciencia en el siglo XIX.

Naturgemälde, el mapa sobre el ecosistema de Los Andes con el que Humboldt sorprendió a la ciencia en el siglo XIX. Wikicommons

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El hombre más grande desde el Diluvio

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El hombre más grande desde el Diluvio

Humboldt, el científico que enamoró a un siglo

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Hubo un tiempo en que los hombres pensaban; en que leer, escribir, explorar, descubrir y conocer eran una necesidad del alma. Un tiempo en que el hombre cultivado, activo y emprendedor era admirado e imitado. Tipos que se mezclaban y entrelazaban sus mentes y se carteaban y compartían su ciencia. Hombres que querían conocerlo todo, sin dejar un solo resquicio en su saber. Sí, fue hace mucho. Uno de esos hombres se sometió a los deseos de su madre y se convirtió en funcionario. Hasta que esa madre a la que, digamos, no quería más allá de lo necesario, murió. El joven recibió una herencia y decidió cumplir su deseo: saber.

La historia viene a cuento porque este 6 de mayo se cumple el aniversario de su muerte. No es una fecha redonda. Es una excusa. En las primeras horas de la tarde del 6 de mayo de 1859 Alexander Von Humboldt abrió los ojos y dijo: «¡Qué gloriosos son esos rayos de sol! ¡Parecen un reclamo del Cielo a la Tierra!». Al poco, murió. Toda su historia la cuenta Andrea Wulf en La invención de la naturaleza. El nuevo mundo de Alexander Von Humboldt. El libro llegó a España en otoño de 2016. Una exquisitez.

El planeta está lleno de humboldts: corrientes marinas, montañas, ríos, especies animales llevan su nombre. En la Luna hay un Mar de Humboldt. «El hombre más grande desde el Diluvio», como lo definió Federico Guillermo IV de Prusia, del que tuvo la obligación -por necesidades económicas- de ser su chambelán, quizá hoy no es nadie en el imaginario colectivo. Sorprende cuando uno se sumerge en la historia que despliega Wulf.

A finales del siglo XIX Humboldt conoció a su querido Aimé Bonpland, un botánico francés con el que trató, por todos los medios, de embarcarse en una expedición francesa -capitaneada por Nicolas Baudin- para recorrer el mundo. ¿Hacia dónde? Hacia el mundo. Lo intentó y lo intentó, pero no le dieron los permisos. En 1798 puso el foco en Madrid y consiguió, al fin, que el rey de España, Carlos IV, le concediera los pertinentes salvoconductos para viajar a América. El precio: enviar plantas y animales para los gabinetes reales. Así se dibuja el destino. Desde La Coruña partió en el Pizarro hacia las costas caribes del Imperio español. Tras 40 días de navegación, el 16 de julio de 1799 llegó a Nueva Andalucía, hoy Venezuela. Ahí empieza a forjarse la vida, el conocimiento y la leyenda del científico más famoso de su época.

Humboldt y Bonpland recorren Los Llanos y tratan de alcanzar -y alcanzan- el punto donde se unen Amazonas y Orinoco. Ese científico se paraba a cada paso, recogía piedras, plantas, semillas, se mezclaba con la población y conformaba los pensamientos que no lo abandonarían nunca: su profundo rechazo a la esclavitud y, sobre todo, la relación de todos y cada uno de los elementos de la naturaleza en un equilibrio que, detectó entonces, el hombre ya estaba rompiendo para provocar así desastres irreversibles en la naturaleza.

De Venezuela viajó a Cuba y desde La Habana esperaba saltar a México. La información entonces viajaba despacio, y la vida de Humboldt era rápida. Se enteró por un periódico que Baudin, aquel capitán con quien no pudo embarcarse en Francia, al final había conseguido dos naves y se dirigía hacia Perú para iniciar una exploración del Pacífico Sur. La noticia cambió el curso del viaje de Humboldt. Y de su vida. Humboldt y Bonpland viajaron otra vez a Venezuela, cruzaron hacia Colombia y llegaron, a través de los Andes, a Ecuador. Entonces no eran esos los nombres de los países, porque todo era el Virreinato de Nueva Granada, o el Virreinato de Perú o el Virreinato de Nueva España. Colonias de la corona española que -efecto dominó de las revoluciones emancipadoras- iban a independizarse en pocos años.

La información del periódico era errónea; Baudin nunca llegaría a las costas de Perú. Pero ya no importaba. El científico alemán y su ayudante siguieron su viaje. Conocieron al botánico español Celestino Mutis y, sobre todo, llegaron al Chimborazo. El volcán tejió en la mente de Humboldt las redes de su pensamiento futuro. Ese viaje, esas ascensiones y excursiones por senderos con el ancho de un pie, esas mediciones con sus artilugios y esas notas que tomó de forma minuciosa y compulsiva se convirtieron, años después, en su famoso Naturgemälde: el mapa que todo lo tiene (y que encabeza este texto).

«El Naturgemälde, con una sección del Chimborazo, era una asombrosa imagen de la naturaleza como un entramado en el que todo estaba relacionado» (Wulf: 2016). Los Andes en su plenitud, con los detalles, centímetro a centímetro, de la flora y la fauna, del clima, de las relaciones conformadas en un ecosistema que nunca nadie había descrito antes. Cada planta a la altitud pertinente del volcán: desde la zona tropical con palmeras, hasta los helechos y robles de las zonas templadas.

Alexander von Humboldt, a los pies del volcán Chimborazo.

Alexander von Humboldt, a los pies del volcán Chimborazo.

Humboldt siguió su recorrido, pasó por Estados Unidos, departió de forma apasionada con el presidente Thomas Jefferson y regresó a Europa en el verano de 1804. Su viaje había durado cinco años y su vida se había llenado de conocimiento. Pero el libro no es un tratado sobre ciencia -geología, botánica, zoología, magnetismo…-, es (reflexión subjetiva, claro) una lección de vida. La vida de un hombre que se sentaba en tertulias con Johann Wolfgang von Goethe, que mantenía relación epistolar con presidentes de Estados Unidos, que trabó amistad con Simón Bolívar cuando el libertador vivió en París y al que odió cuando desterró las ideas ilustradas que había absorbido en Europa para convertirse en un tirano. Humboldt no podía acabar su obra sin ir al Himalaya. Lo intentó, pidió permiso al Imperio Británico y no lo obtuvo. No aceptaban los ingleses las ideas del científico en contra de la esclavitud plasmadas en Ensayo político sobre el Reino de la Nueva España (1811) y en Personal Narrative. Los ingleses no estaban dispuestos a abrirle el paso a sus colonias y verse expuestos a que desnudaran sus políticas con los nativos.

Nunca pudo ir Humboldt al Himalaya. Su obsesión era confrontar la información recopilada en el Chimborazo con la que pudiera obtener en Asia. Su idea era clara: demostrar que iba a encontrar lo mismo. El mismo tipo de plantas y de minerales según los climas, altitudes… A cambio, pudo ir a Rusia. Y alimentar en gran medida sus tesis.

La invención de la naturaleza. El nuevo mundo de Alexander Von Humboldt es una historia de hombres y saber. Es la de Humboldt, pero también el retrato de un mundo donde el conocimiento era no sólo valorado, sino elevado. El alemán era el ídolo de una Europa convulsa, rota por las guerras napoleónicas, una Europa sumergida en los procesos de unificación de Italia y Alemania, una Europa que se transformaba día a día por la Revolución Industrial, una Europa donde se lo leía y quienes lo leían trataban de seguir los pasos. Una Europa donde un chico encaminado hacia la medicina lo dejó todo tras leer sus libros y se embarcó, como él, para recorrer el mundo. El chico se llamaba Charles Darwin, se embarcó en el Beagle y escribió El origen de las especies, publicado en noviembre de 1859. Siete meses después de la muerte de Humboldt.

El 9 de mayo de 1859, el periódico británico The Times publicaba un extenso artículo que empezaba: «Alexander Von Humboldt ha muerto».


La invención de la naturaleza. El nuevo mundo de Alexander Von Humboldt, de Andrea Wulf. Edit. Taurus, 2016.