Esperó a la tercera ronda con la convicción de salir ganador. Lo hacía con grandes respaldos y como única candidatura, lo hacía después de dos negativas. José Manuel Caballero Bonald contaba con el apoyo de Carlos Bousoño, Francisco Ayala y Alonso Zamora Vicente para poder entrar en la Real Academia Española. Le faltó un voto. Necesitaba 14 y sólo 13 académicos se mostraron a su favor. Se trataba del único rechazo que se producía en esta institución con un sólo candidato y Bonald, más triste que humillado, decidió no volver a presentarse.

Fue hace casi veinte años, en 1999, y ahora, y tras varias historias similares a lo largo de casi dos décadas, otros dos candidatos han sido rechazados para ocupar la silla M. Han sido la escritora Rosa Montero y el helenista y filólogo Carlos García Gual, que se disputaban el lugar que había quedado libre tras la muerte de Bousoño, el gran avalista de Bonald.

Pero los rechazos, aunque muy sonoros, no son una anomalía en esta institución y estos no implican falta de destrezas. La lista de no aptos de toda la historia de la Academia se engrosa con grandes nombres, con grandes escritores, poetas, filólogos… cuyo trabajo y servicio a las letras españolas es, a día de hoy, innegable, pero que no pasaron el filtro de los académicos.

Un error de la naturaleza, que había metido por distracción un alma de hombre en aquella envoltura de carne femenina», defendió Azorín a Gertrudis Gómez de Avellaneda

De María Moliner a Emilia Pardo Bazán o Francisco Umbral, dejando grandes odios por el camino y artículos para enmarcar. El primer gran rechazo, o el rechazo más injusto, lo sufrió Gertrudis Goméz de Avellaneda. Los académicos no llegaron ni a votar, sino que en el pleno donde debían hacerlo discutieron sobre si era correcto dejar entrar a una mujer o si la Academia era una institución exclusivamente para hombres. Se quedó fuera. Hasta Azorín intentó defender su candidatura asegurando que se trataba de «un error de la naturaleza, que había metido por distracción un alma de hombre en aquella envoltura de carne femenina».

No hubo manera, y ella reflejó una educada y contundente ira en una carta que le mandó al director de la época. Como asegura Víctor García de la Concha, ex director de la misma, en su libro La Real Academia española, vida e historia, no hubo otra razón que su sexo para no permitirle la entrada y darle un lugar secundario dentro de la institución. «Tanto Pardo Bazán -que lo intentó en tres ocasiones- como Avellaneda fueron rechazadas por ser mujeres», asegura. Asumiendo ese episodio negro de su historia que hace unos años parece que empezó a revertir.

¡Pero y ese hombre, cómo no está en la Academia!», aseguró María Moliner tras conocer la negativa de la institución

Otro caso de discriminación por sexo fue el de María Moliner. La autora de El diccionario del uso del español es conocida como La académica sin sillón desde que su candidatura fuera rechazada. «Desde luego es una cosa indicada que un filósofo -por Emilio Alarcos- entre en la Academia y yo ya me echo fuera, pero si ese diccionario lo hubiera escrito un hombre, diría: ‘¡Pero y ese hombre, cómo no está en la Academia!'», aseguró tras conocer la negativa de la institución.

Pero no sólo por mujeres está formada esta lista de agraviados. Hace tan sólo dos años, en 2015, Josep Borrell y Eduardo Arroyo, que se disputaban la silla que había ocupado Ana María Matute, fueron rechazados al no conseguir ninguno los votos necesarios para ingresar en la Academia. En su lugar fue María Paz Battaner, filóloga, que contaba con el apoyo de Ignacio Bosque, Margarita Salas y Miguel Sáenz, la que se alzó con la letra K.

De la misma manera que, en 2011, el economista José Terceiro, el filólogo y crítico Andrés Amorós y el abogado Santiago Muñoz se quedaron a las puertas de poder sentarse en la silla X, que había sido de Francisco Ayala, ya que ninguno consiguió los votos necesarios. A finales de ese año, fue el actor José Luis Gómez, quien consiguió una amplia mayoría en la segunda votación.

Segundas oportunidades

Existen algunos casos en los que hubo que intentarlo dos veces. Benito Pérez Galdós fue uno de ellos. Se presentó como candidato en 1888 y perdió a principios de 1889 contra Francisco Comelerán. Como recoge García de la Concha en su libro, «la reacción negativa de la opinión pública no se hizo esperar». Una de las más críticas, y la que más le mostró su apoyo al novelista, fue Emilia Pardo Bazán. Aunque Galdós consiguió hacerse con una silla el 13 de julio de 1889, no leyó su discurso hasta 1897. La Academia lo dejó pasar para compensar el desaire de su primer intento.

Una situación similar vivió Azorín. «Contaba treinta y cinco años cuando en 1908 pretendió ser admitido como académico de la Española, pero su edad y la reciente acta de diputado maurista jugaron en su contra», escribe De la Concha. Lo volvió a intentar cinco años más tarde, pero no consiguió los apoyos suficientes para convertirse en candidato.

Era apreciado por los periodistas y el público y la prensa hizo de esa falta de avales una crítica contra la institución. Le habían dado la silla a un ministro, Juan Navarro Reverter. No fue hasta finales de 1924, cuando el ensayista y dramaturgo consiguió cumplir con uno de sus sueños. Por fin ocupaba una de las silla de la Academia, la P.

También le ocurrió algo parecido a Zorrilla, aunque su historia es más enrevesada que la de los dos anteriores. El poeta y dramaturgo fue candidato y elegido miembro de la Academia en 1848. Una de las normas de los estatus obliga a todos los nuevos integrantes a leer un discurso en un plazo determinado. Zorrilla no cumplió con lo establecido y fue expulsado de la nómina de la institución. No sería hasta 1882 cuando consiguió volver a ser avalado y entró por fin, tras leer su discurso, en la Academia.

Procedimiento para ocupar una silla en la Academia

Los estatutos de la Academia son claros respecto al procedimiento. Es necesario que el candidato esté avalado por tres de los miembros; una vez cumplimentada esta primera parte, se pueden llegar a producir hasta tres votaciones. En la primera, donde se contabilizan los votos por correo, éste necesitará dos tercios para poder acceder como miembro.

Si no los consigue, se pasa a una segunda votación de forma inmediata donde ya no tienen validez los votos por correo y donde el número de votos necesarios es el mismo que en la primera ronda. Normalmente, la mayoría llega hasta una tercera fase para poder ser nombrado académico. En ésta, sólo necesitaría la aprobación de la mitad más uno de los miembros presentes.

Una vez pasada la votación, se convierte en académico electo y no tiene derecho a voto ni es reconocido al mismo nivel que el resto de los miembros hasta que ha leído su discurso. Hay algunos casos, sobre todo tras la Guerra Civil, en la que algunos académicos electos se exiliaron sin haber pronunciado esas palabras, pero la Academia esperó a su vuelta sin sancionarlos.