En el año 2010, en la Universidad de Stanford, a escasos metros de Palo Alto y Menlo Park, un estudiante presentó como proyecto una plataforma de fotografías que, al poco tiempo de subirlas, se borraban de forma automática. El nombre era Picaboo, y sus compañeros de clase despidieron la presentación entre protestas y quejas, por el hecho de que las instantáneas no fueran permanentes.

Eso no desanimó a su creador, que contó con su amigo Bobby Murphy, que parece un nombre casi genérico, para que construyera el código que convirtiera una idea estudiantil en una aplicación. Y lo hizo. Una vez que Murphy había terminado su trabajo, la aplicación entró en el contenedor de apps de Apple y pasó a llamarse Snapchat. Hoy en día la compañía vale más de 20.400 millones de dólares, casi 18.275 millones de euros, y tanto a Murphy como a su compañero Evan Spiegel, actual CEO, se les atribuye un patrimonio superior a los 4.000 millones de dólares, más de 3.500 millones de euros.

Si eso no es alcanzar el éxito, no sabemos qué lo es. Otro ejemplo: Drew Houston y Arash Ferdowski eran alumnos del MIT de Boston, quizás el centro de educación tecnológica por antonomasia, cuando se dieron cuenta de que la mayoría de sus compañeros usaba el correo electrónico como medio para intercambiar archivos o incluso almacenarlos. Se pusieron manos a la obra y crearon Dropbox, que ahora tiene más de 500 millones de usuarios en todo el mundo, cuenta con una valoración superior a los 10.000 millones de dólares, casi 9.000 millones de euros, y es una de las herramientas más utilizadas en las empresas.

Estos cuatro multimillonarios, que lo son, tienen pocas cosas en común. Pero una de ellas, quizás la más relevante, es que todos pertenecen a la denostada generación millennial, en la que están los nacidos a partir de 1980. Ninguno tenía más de 28 años cuando desarrolló la exitosa idea que les lanzó a la primera fila de la innovación. Para ser miembros de un grupo de jóvenes que, si hacemos caso a opiniones como la de Antonio Navalón en El País, básicamente no han creado “una sola idea que trascienda”… no está nada mal.

Para Navalón, que salió absuelto del caso Banesto tras ser asesor de Mario Conde y que hizo sus pinitos en los Papeles de Panamá, los millennials “viven sumergidos en la realidad virtual” y “no tienen programa, no tienen proyectos y sólo tienen un objetivo: vivir con el simple hecho de existir”. Ya.

¿Sin objetivos?

Habrá quienes todavía tengan en la lengua la crítica a esta generación pese a que los casos como los antes mencionados son incontables. No hemos querido mencionar el nombre de Zuckerberg por no aburrirles. Llegado el caso los habrá que puedan afirmar que estos cambios tecnológicos, casos como el de Snapchat o Dropbox, no han ayudado a mejorar el mundo. Además, podrán argumentar, son estadounidenses y al fin y al cabo allí es más fácil destacar en el mundo tecnológico. Vale.

Arantxa Unda no es tan famosa como Evan Spiegel, seguramente no es ni siquiera igual de famosa que Navalón. Tiene 29 años y un máster en administración de empresas en Harvard, pero abandonó su puesto en banca de inversión para comprar el 41% de Sigesa, una empresa que en los años 90 puso en marcha su padre, y ahora ocupa el sillón destinado al CEO.

Sigesa, seguramente como Unda, sí tiene proyectos y sí tiene objetivos. Es una de las grandes empresas dentro de la industria del software médico y de la salud en España y en Europa, y cuenta con colaboraciones con más de 400 centros médicos.

Hay que tener mucha labia y retorcer el lenguaje para argumentar que la carrera de Arantxa Unda no ha ayudado a mejorar la vida de muchísimas personas. Por si acaso, vamos a reforzarlo con el ejemplo de otra mujer, de nuevo española, que tampoco ocupa muchas portadas.

Raquel Vázquez Llorente, que tiene que convivir con la etiqueta de millennial, estudió derecho y administración y dirección de empresas en la Universidad Carlos III de Madrid, aunque su actividad profesional está lejos de las oficinas y las decisiones ejecutivas. Raquel forma parte del proyecto EyeWitness to Atrocities que ha puesto en marcha la International Bar Association, y se dedica a investigar crímenes de guerra y de lesa humanidad a través de los últimos avances digitales.

Responsables del futuro

Aunque “estos [millenialls] no quieran nada en el mundo real, debemos tener el valor de pedirles que, si quieren pertenecer a la condición humana, empiecen por usar sus ideas y sus herramientas tecnológicas”, remata Navalón. Hecho.

La palabra milleniall, de tan manida, tiene casi una carga denotativa que es tremendamente injusta. La generación de los nacidos tras el año 1980 es la más preparada a nivel académico de la historia, también porque es la que ha podido tirar de más recursos, y va a ser la responsable de cambiar el mundo. Ya lo ha hecho. No se puede negar que Facebook o Spotify han cambiado el mundo y la forma en la que vivimos.

Son (somos) una generación que tiene todo a su alcance, y que sabe aprovecharlo. Por supuesto, no todos los individuos son iguales y los habrá con mayor o menor motivación para afrontar los retos que les plantea la vida, para avanzar y para mejorar el mundo, o al menos la parte que está a su alcance. Pero hay muchos que sí.

Otra confesión: hay dos cosas que molestan a los millenials. La primera es el propio término. La segunda, que gente de experiencia y edad superior critique sin motivos a toda una generación basándose en “que no tienen objetivos”. Antonio Navalón no tardó demasiado en matizar sus palabras. Que el resto de críticos tomen ejemplo.