Cuando Manolete llegó a México para desarrollar su arte se encontró con un grupo de exiliados españoles, entre ellos Pedro Garfias y el historiador cordobés Jaén Morente, declarado hijo maldito en su ciudad al acabar la Guerra Civil. Muchos esperaban la llegada de Manolete con reserva, pues quien llegaba de la España de Franco, por fuerza, despertaba suspicacias entre aquellos a los que la guerra llevó a cruzar el charco.

Tras el encuentro, Jaén Morante declaró que «Manolete nos dignificó a todos». Precisamente ése es el término exacto para definir lo que Manolete representó en la posguerra: la dignidad, la propia y la ajena. Porque ocurre que de las tragedias emergen figuras históricas que ayudan a sobrellevar las hecatombes (permítase esta expresión que significa en griego sacrificio de bueyes, toros). Manolete fue esa figura a la que la sociedad se asió para olvidar el hambre y la pena. Como él toreaba no se había toreado nunca («unidad óptica del espectáculo», a decir de Néstor Luján) pero, además, su estoicismo ante el peligro y sobre todo el compromiso con su tarea -la tarea del héroe-, le granjearon las simpatías de toda España, de todo México, de todo Perú…

¿Por qué querían todos aparecer junto a un torero?

Las fotos de Manolete acompañado de Cantinflas, de Cary Grant, del campeón del mundo de boxeo Joe Louis, nos ofrecen la medida cabal de su atracción; la película que en 1944 el director francés Abel Gance intentó rodar en 1944 con él de protagonista nos desvelan el magnetismo de su mirada. ¿Por qué querían todos aparecer junto a un torero? No cabe duda de que eran otros tiempos, donde los futbolistas tatuados no existían y había interés por compartir momentos con los que se juegan la vida bajo el sol.

Pero, más allá de ello, la emoción que despertaba en los tendidos el toreo de Manolete, la manera en que con su arte dejó pequeños a los Lalanda, Bienvenida y resto de grandes maestros de la época, le llevó a ser el centro de todas las miradas.

Tampoco debemos olvidar que su vida íntima parecía sacada de una novela. Esa historia de amor con una actriz sin grandes papeles a quien conoce en el Perico Chicote podría haber pasado como algo normal en nuestros tiempos. Lástima que aquellos años de una supuesta España decente creasen el caldo de cultivo para un conflicto de mujeres imposibles de reunir: por un lado, la madre, representante en esencia de la ciudad de Córdoba, de la vida conservadora; por otro, Lupe Sino (Antonia Bronchalo), viva imagen del pecado para los pazguatos y adláteres que la veían como una amenaza a la integridad del héroe. Entre ellas, un Manolete que quiere jugar a ambas cartas y que vive en un sinvivir al ser incapaz de mezclar el agua y el aceite.

El omphalos de la tragedia contemporánea, lo encumbró como la persona más admirada del país»

El 4 de julio de 1917 doña Angustias Sánchez dio a luz en su casa de la calle Conde de Torres Cabrera de Córdoba a un niño al que llamaron Manuel Laureano. Ese niño, con cinco años ya huérfano de un padre que también fue torero, transitó por la historia de puntillas hasta que el círculo de la plaza de toros, el omphalos de la tragedia contemporánea, lo encumbró como la persona más admirada del país.

Un siglo después, Manolete parece seguir vivo, como si el toro Islero no hubiese segado su vida en Linares en 1947, hace 70 años. No solamente en su ciudad, Córdoba, el ayuntamiento ha programado casi medio centenar de actos, desde exposiciones hasta cine, rock o conferencias, también en otros lugares de España, México y Francia se le recuerda. Su nombre sigue siendo un imán, por eso, como reza el lema del centenario en la ciudad de los califas, hoy Manolete lleva 100 años vivo.


Fernando González Viñas es historiador y autor de Manolete. Biografía de un sinvivir