A estas horas, Donald estará en una de las dos mecedoras que hay en su salón, en la costa Oeste, con un café negrísimo con aroma a cacahuete y barruntando qué nuevo arreglo hacer a la casa, a la suya o a esa pequeña reservada a su perrita, un pequeño copo de algodón blanco del que sobresalen una lengua rosada y dos ojillos negros.

O puede que en este instante Donald recoloque la visera de su gorra roja, a juego con la camisa de cuadros, para prestar más atención a la televisión. Estos días se dice que el otro Donald, el presidente de los Estados Unidos, ha dado orden de que ningún transexual entre en el ejército. Parece que va en serio y que, en efecto, está más cerca de recordar al pingüino aquel que gobernaba Gotham que al célebre pato de Walt Disney.

Lo cierto es que, desde que Trump es presidente, Donald ya no es en primer lugar un nombre de pato, del mismo modo que si Micky Rourke hubiera llegado a la Casa Blanca, Mickey ya no sería solo el nombre de un famoso ratón. Aunque ahora la información que rodea a la bandera americana se ha tornado aún más peliculera.

Sin embargo, Donald, nuestro Donald, tiene menos pelo, más canas, más barba, más años y menos ambición. Vive ajeno a todo eso. Solo le importa vivir un día más e introducir cada jornada una nueva mejora en la casa.

Eso suponiendo que no tenga un lado oscuro y que no tenga un sótano desconocido, un doble fondo, una puerta secreta, un pasillo bajo tierra que nunca haya enseñado a nadie, ni a su perrita, y que también necesite algún retoque. Cuando uno pisa (aunque sea desde el recuerdo) suelo estadounidense el cine se despliega ante sus ojos y acaba invadido por el celuloide hasta en las expectativas. Qué cosas.

Cuando uno pisa suelo estadounidense el cine invade hasta las expectativas

No es fácil llegar a su casa. Está en un pequeño pueblo llamado Cambria, pegado a la Big Sur, la autopista que te lleva desde Los Ángeles a San Francisco o viceversa. Si partes de Los Ángeles, desde su Venice Beach y su Santa Mónica, antes de llegar tendrás que pasar por delante de un paraje llamado Piedras Blancas. Lo reconocerás porque unos cuantos turistas estarán apostados en un cercado de madera riendo los movimientos casi humanos de una colonia de elefantes marinos a la orilla del Pacífico.

En los alrededores, podrás visitar también el castillo de Randolph Hearst, el magnate de la comunicación que encarnó Orson Wells en Ciudadano Kane, un Trump de aquellos díasOtros lugares aledaños que aparecen en los mapas parecen saltar, en cambio, de las páginas de alguna novela de Richard Ford, Raymond Carver o Eudora Welty. Hot Springs, San Simenon y cosas así; más de las historias que cuenta el realismo sucio, el de nuestro Donald.

Para llegar a su casa hay que adentrarse aún en un pinar a las afueras de Cambria. Es un enjambre de calles, con sus casas unifamiliares y su buzón en la entrada. Pinos, arbustos y tocones. Cuervos negros y perros que ladran por la mañana, con el frescor del mar cercano. Silencio y olores fugaces a café. Eso viene a ser el vecindario de Donald.

Eso y banderas de los Estados Unidos izadas en los mástiles de los patios o en los tejados de madera, como en las películas.

Donald también tiene una bandera. Sobre un pequeño cobertizo donde ha colocado dos tumbonas de playa, al lado de la casita de su copo de algodón. Todos juntos tienen una foto bonita o amenazadora.

Un primer vistazo basta para saber que Donald es un hombre cuidadoso y metódico. Tiene tiempo suficiente. Está jubilado y completa sus escasas rentas alquilando una de las habitaciones de la casa, lo que le reporta dinero a cambio de poco esfuerzo.

Para llegar a esa habitación, primero hay que atravesar un patio empedrado rodeado de plantas con flores rojas. El cobertizo (y la bandera) queda a la derecha. Al otro extremo del patio está la puerta de entrada, de madera blanca, como toda la fachada, hasta el tejado de teja gris.

Al entrar, Donald insiste en dejar el calzado en el recibidor. La casa está enmoquetada de arriba abajo, salvo la cocina, amplia y acristalada, que se extiende hacia a la izquierda. Las ventanas tienen cortinillas con cuadros rojos y blancos y por todas partes hay cacharros de todos los tipos y edades. Cubiertos, cuchillos de todos los tamaños. Botes de especias. Copo de algodón también tiene una camita allí.

A la derecha, en cambio, hay un gran salón con dos mecedoras y decoración sobre la decoración. Es imposible asimilarla toda. Por fin, de frente, unas empinadas escaleras suben a la planta superior.

La habitación tiene una cama con edredón de flores, y un techo abuhardillado de madera blanca

Donald alquila la habitación que está arriba a la izquierda. Para llegar, los peldaños casi se superponen. Menos mal que Donald, que ha cuidado todos los detalles, ha puesto una barandilla de madera. Una caída desde arriba podría ser mortal.

La habitación tiene una cama king size con un edredón de flores, el techo abuhardillado de madera blanca, un espejo horizontal frente la cama y debajo, una falsa chimenea. O más bien, una chimenea tapiada con ladrillos. Sí, una chimenea tapiada con ladrillos.

Las lámparas, que reposan sobre dos mesillas a los lados de la cama, tienen las pantallas cubiertas por un plástico transparente, como ese que ponen en Snatch: cerdos y diamantes cuando encierran a un tipo en una habitación para alimentar a unos gorrinos. Y en las paredes dos o tres cuadros con imágenes de patos hechos de macramé.

La habitación tiene tres peculiaridades más. Un baño con un ventanuco y estanterías hechas a mano. Pulcro como la auténtica pulcritud. Un pequeño escritorio frente a una ventana con cortinas blancas, una lamparita y vistas a más flores rojas. En ella se acumulan algunos folletos turísticos sobre la Big Sur y un libro de visitas vacío. Finalmente, la habitación tiene una puerta que da acceso una terraza desde la que se observan los pinos y parte del jardín de acceso. James Caan habría estado muy a gusto aquí esposado por Kathy Bates.

James Caan habría estado muy a gusto esposado aquí por Kathy Bates

Salgas a la hora que salgas por esa puerta, desde el tejado siempre se podrá ver al copo de algodón mirando desde la entrada de la casa con la lengua rosada al aire y los ojos negros como dos balazos en la cara. Esa perrita tiene la misma cara de decir quédate para siempre que de corre ahora que puedes. Y desde allí los cuervos también se ven mejor.

Donald te invita al salón en cuanto llegas. Tiene esposa. Pero su ojito derecho, dice, es el copo de algodón. Su mujer no es muy amiga de las fotografías, dice Donald, así que no aparece en ninguna. Todas son suyas, con la perrita al lado.

¿Por qué tiene en el sofá una manta de cuadros como las chaquetas de los cazadores? Donald parece haber encontrado el común denominador de las películas para arreglar su casa a imagen y semejanza. O viceversa. Pero a Donald donde realmente le encanta estar es en la cocina.

Tiene un café con aroma de cacahuete repugnante. Pero peores aún son las galletas que hace su mujer. Son terribles, pero Donald las ofrece con tanto ahínco que no queda más remedio que comerse una, aunque sea a mordisquitos.

El café, pasados veinte minutos se deja beber. Sin embargo, cuando Donald se levanta quejoso a por la cafetera para rellenar la taza, puedes ofrecer una de las galletas al copo de algodón, que saldrá corriendo hasta su camita.

Donald es paciente, como un hombre al que ya no se le mueve el flequillo por nada

Donald es un buen hombre, qué duda cabe. Acaban de llamarle los del seguro médico. Le están dejando sin blanca. Pero Donald habla con ellos pausado, paciente, como un hombre al que ya no se le mueve el flequillo por nada, como a Lee Van Cleef en El Bueno, el feo y el malo.

Pero ni fuma, ni masca, ni escupe…solo se quita la gorra para rascarse la cabeza cuando piensa y recuerda. Una vez estuvo en España. En Valencia. Le encantó, pero no piensa volver. A su mujer no le gusta viajar y es un trayecto muy caro. Ademas, tiene mucho que arreglar en casa.

Le gusta la Big Sur y estar allí, con su gorra roja, su sonrisa de ratón y dando conversación a los que llegan mientras vuelca cafeteras y más cafeteras.

A la hora de dormir, Donald no deja que nadie suba al piso de arriba alzando la voz. Su mujer tiene el sueño ligero. Por lo visto, siempre está en la casa, en su habitación. Pero es él el que lleva todo el tema de los alquileres.

Por la noche se escucha a los cuervos. Chillan a cualquier hora. Con sus graznidos de fondo, la chimenea de mentira da que pensar. Una chimenea de mentira es como un presidente con nombre de pato, uno cree que es inofensivo hasta que se enciende y vete tú a saber. No hay quien deje de pensar cosas así cuando lo que hay delante y detrás de la pantalla de la televisión tiene el mismo aire cinematográfico.

Donald es de verdad y Trump también

Donald sube y se mete en la habitación después de ti. Suele dejar una llave pare que los huéspedes se encierren por dentro, por lo visto hay gente que lo ha pedido alguna vez. Él tiene otra llave por si acaso. Aunque ese por si acaso no se sabe muy bien qué es.

Otra vez bailan la realidad y la ficción. Pero Donald es de verdad y Trump también. Y el cobertizo, el copo de algodón, las fotos, la mujer desconocida, Estados Unidos… Y mientras no haya un punto de giro, Donald es un buen hombre.