Era un cura descomunal, como si esta vez fuera la catedral la que estuviera dentro y no al revés, y su cabeza la misma cúpula de San Pedro. Alargada, era del tamaño de una calabaza, afeitada desde la nuca hasta la coronilla, donde el pelo se espesaba hasta acabar en un flequillo rubio e infantil. Toda ella reposaba en la ventanilla, a su izquierda, ajena al traquetreo.

El traje gris con alzacuellos, su cuerpo todo, apenas le cabían en el asiento, escurridos como un caudaloso río, hasta dos barcazas: los zapatos, negros, ni brillantes ni sucios. Dormía y entre sus manazas sujetaba, como agarrado por la inercia, por la fe, uno de los diarios polacos.

El tren que llevaba de Varsovia a Cracovia tardaba algo menos de cuatro horas en completar el recorrido. Frente a él, en el mismo compartimento, el joven del cuaderno permanecía en silencio y solo se escuchaba el tachar y el trazar de nuevo de su lápiz. Había tomado su periplo por el país como una oportunidad para reencontrarse con el dibujo. Menos oficina y obligaciones, más arte.

Durante la primera hora había tratado de hacer un retrato realista del gran cura aprovechando su quietud. Pero se sentía oxidado. Eso y que no sabía si abordar un retrato así desde la caricatura o desde el trazo más clásico y académico.

Salió al pasillo y levantó la ventanilla. Sacó un cigarrillo y lo encendió haciendo una cuevecita con sus manos mientras el viento revolvía su melena y sus barbas castañas. Se apoyó sobre los antebrazos como un crío aburrido sacando media cabeza del tren y echó el humo fuera. Los trenes ya no echan humo ni hacen chup chup, pensó.

Le parecía que aquello, que el tren no fuera de esos antiguos, no cuadraba en un país como Polonia. Su estancia en Varsovia había sido extraña. La ciudad, reconstruida desde sus cimientos tras la ocupación alemana en la Segunda Guerra Mundial, era bella, pero parecía un intento fallido de imitar lo que un día fue, una forma de resistencia. Nostalgia, raíces… le parecieron de pronto lastres en un globo.

Un paseo por un cementerio en las afueras, con lápidas de muertos judíos, amontonadas y casi comidas por la maleza, era lo único que parecía ser un vestigio de lo que Varsovia fue o de lo que esperaba ver. De lo auténtico. El resto, calles frías, grandes retratos religiosos en los muros de las iglesias, personas con cierto complejo de inferioridad en la mirada.

Por la noche, Varsovia se maquillaba para salir a cenar guisos y beber cerveza, con mujeres inalcanzables cerca del Atlántico que allí parecían meras opositoras a ser la siguiente esposa.

Sabía perfectamente que hubiera necesitado mucho más tiempo para acertar a vivir la ciudad de otra forma. Que su mirada bien podría ser injusta. Pero esa era su impresión y quería probar suerte en Cracovia.

Varsovia se maquillaba para salir por la noche a comer guisos y beber cerveza

Entre una ciudad y la otra, al otro lado de las ventanas, un paisaje de llanuras y pequeñas colinas a lo lejos. Arbustos en diferentes tonalidades de verde…túneles…cosas así. Un paisaje monótono que compartir con un cura de más de dos metros.

El tren paró en Zcestochowa en tiempo y hora. Una ciudad nada despreciable. Pero a esas horas de la tarde, apenas había pasajeros que subieran al tren. Quizás fuera un trayecto más de mañana. El joven calculó entonces que quedaría por delante más de la mitad del trayecto.

Volvió al interior del compartimento. En la parada habían subido dos mujeres que no había advertido. Una mayor y otra más joven que parecía su hija. El cura seguía durmiendo y ambas hicieron un gesto silencioso con la cabeza al verle entrar, como dando la bienvenida.

La madre con una sonrisa en los labios, la hija con una sonrisa en la boca.

Algo se disparó en su dormido instinto. El joven dibujante sacó su cuaderno y se propuso captar ese matiz.

Empezó por la madre, que al ver su gesto, aunque sin saber que en ese momento era una suerte de modelo o de diva, empezó a chapurrear en inglés:

-Disculpa, ¿eres por aquí?- dijo algo insegura con cierto brillo en los ojos, donde se entrecruzaban unas arrugas ásperas.

-No, no. Solo estoy haciendo turismo. Voy a Cracovia.

-Ah, disculpa- dijo bajando el tono.

-No pasa nada, no se preocupe.

Una pausa y una decena de traquetreos.

-Y, ¿cómo es que viajar tú a Cracovia?

-Quería conocer la ciudad, nada más. Varsovia me ha gustado, aunque menos de lo que esperaba. Sin embargo, me han hablado muy bien de Cracovia.

-¡A mí me encanta su plaza y sus iglesias! ¿Tenías pensado visitar?

-Sí, claro, entre otras cosas.

Su dibujo, otra vez, no era muy brillante, pese a que la mujer no se movía demasiado. Era tan frío como la propia conversación.

-Y, ¿cómo es que viajas solo?

-Déjelo madre -pareció decir la mujercita en polaco, movida más por la vergüenza ajena que por la educación.

-Disculpe -se revolvió la madre.

La irrupción de la joven polaca había cambiado el ritmo de todo. Empezando porque el agitar de sus collares sobre la camiseta de tirantes ajustada y su pelo suelto, rompía con diagonales el penduleo regular y procesional que el tren imponía a los cuerpos, las cortinas y el resto de las cosas.

-No se preocupe. Me gusta viajar solo, es otra forma de viajar- contestó él tras una pequeña pausa.

La frase sonó vacía. Y lo estaba. Se le escapó una sonrisa al pensarlo. Uno a veces no acierta a encontrar las palabras que aprendió en los años de escuela y acaba diciendo más lo que puede decir que otra cosa. Pero no dio más que otro pie a la mujer.

-¿Te gusta más viajar solo que pareja? – dijo entre la sorpresa y el juicio.

-Bueno, si la tuviera supongo que viajaría con ella.

-Ah, no tiene pareja…

-Mamá…- dijo la hija alterada.

-Perdona -replicó la madre, pero insistió- ella se llama Pauline, tiene 24 años. Está estudiando farmacia.

-¿Ah sí? Encantado.

El joven no sabía si levantarse y darle dos besos a la chica, o la mano o no hacer nada…Optó por la naturalidad, así que dejó el cuaderno a un lado y le lanzó la mano para estrecharla. Ella casi la dejó caer dentro de la suya y al retirarla estiró el contacto hasta la yema de los dedos. Le miró a los ojos casi disfrutando de su propio rubor, porque esta vez no brotaba tanto de la vergüenza como de la intimidad.

El cura desproporcionado lanzó un ronquido y se retorció en su asiento a punto de despertarse. Todos se miraron. Pero solo fue como el quejido de un gran árbol atado a sus raíces.

-Debe estar agotado –dijo la madre señalando al cura.

El tren frenó bruscamente. El parón incrustó aún más al cura en su asiento. También al dibujante. La madre se agarró al visillo de la ventana y su hija casi salió despedida. Sin embargo, en el último momento puso a tiempo las manos en las rodillas del joven. La acción sucedió muy rápido. Le gustó que ella se apoyara en sus rodillas y a ella también que el tren frenara. Ya no había marcha atrás. Ellos y el resto del tren iban ahora a dos velocidades muy distintas.

Tan pronto como ella se despegaba, la madre soltó la cortinilla y apareció un revisor en la puerta del compartimento.

-Wystarczy kilka minut.

Al parecer la parada solo duraría unos minutos. Pero la madre se interesó por la incidencia. ¿Qué ocurre? Parecía que preguntaba en polaco.

Tras su cara de asombro el dibujante le pidió que le dijera qué pasaba. Al parecer, unos operarios que trabajaban en el mantenimiento de la vía han encontrado un obús bajo las vías. Llevaba allí dormido desde algún momento de la Segunda Guerra Mundial, allí donde fue a parar tras ser arrojado para hacer volar por los aires a otras personas, a otro país.

Ellos y el resto del tren iban ahora a dos velocidades muy distintas.

No sería cosa de unos minutos, era evidente. La tarde empezaba a oscurecer el paisaje insípido al otro lado de las ventanillas.

Antes de que la luz se fuera por completo, el joven tomó el cuaderno y se dispuso a retratar a la chica. Su boca. Sus trazos eran rápidos, pero exactos. Ella posaba discreta mientras hablaba con su madre. A retazos esta le contaba al dibujante que Polonia es un país ideal para vivir, que se alegraba mucho de que lo hubiera elegido para hacer turismo, que había tantas oportunidades de empleo, de ocio…que las familias polacas eran muy acogedoras…que su hija tenía todo un futuro prometedor por delante.

El cura de dimensiones bíblicas seguía durmiendo mientras la madre se extendía en sus explicaciones y su hija miraba de reojo y pensaba cómo sería esa mirada en su retrato.

Todo en ese vagón eran cosas efímeras. La belleza de la joven, seguramente su dibujo, los deseos que se lanzaban de un lado a otro del compartimento, la esperanza de una madre. Otras, más dormidas, pesaban como el metal de un obús dormido. El sueño de un cura gigante, su fe, la de una madre falsamente esperanzada. Y, entre tanto, la situación tenía algo de preludio.

Cuando el tren se puso de nuevo en marcha algo se movió en las entrañas del país.

El revisor pasó corriendo por el pasillo en el instante en el que él está acabando su dibujo. Una hora después pensó que había perdido la oportunidad de retratar a un cura único, que nunca volvería a ver uno así. A cambio, antes de llegar a Cracovia tuvo en sus manos el teléfono móvil de la chica, se lo pasó en un papel furtivo. Una cena por un retrato, unos días después.

El joven no pensaba quedarse en Polonia ni la chica quería que lo hiciera.

Antes de llegar a la estación el cura despertó como desde otro siglo. Se reincorporó, gigante, lentamente, empequeñeciendo todo cuanto tenía alrededor y miró afuera. Solo había noche y parecía sentirse en el vagón equivocado, en un tren diferente.

Preguntó al fin si el viaje había acabado. La madre le respondió que hacía un rato lo habían anunciado. Fueron siete horas trayecto.

Una llamada a cambio de un dibujo, cosas efímeras. El obús fue finalmente desactivado mientras otras tantas cosas saltaban por los aires.