Randy Barnes acudió a los Juegos Olímpicos de Seúl, en 1988, con tan sólo 22 años. Promesa universitaria, había pasado varias temporadas en el equipo atlético de Texas A&M a las órdenes de Istvan Javorek, uno de los entrenadores más prestigiosos durante la década de los 80 y de los 90. Barnes era un lanzador de peso de élite, pero aún así el 22.39 que se sacó de la manga en su último lanzamiento de la final fue una sorpresa importante.

Aquel obús le colocaba en el primer cajón del podio con sólo un lanzamiento por efectuarse. Fue entonces cuando entró en el círculo el germano Ulf Timmermann para enviar la bola de hierro a unos protocolarios 22 metros y 47 centímetros, más de un metro por encima del anterior récord olímpico, pero lejos de su propia plusmarca mundial por aquel entonces, establecida unos meses antes en Grecia: 23.06.

Que Timmermann se hiciese con el oro olímpico no sólo era normal, sino que cualquier otra cosa habría sido una sorpresa incomensurable. Pero ya entonces la sospecha de que los atletas de la RDA competían dopados estaba lo suficientemente extendida como para repartir frustración a espuertas entre sus rivales. Quizá por ello Randy Barnes decidió competir en igualdad de condiciones. El 20 de mayo de 1990, en la semiclandestinidad de la universidad de UCLA, consiguió establecer el récord del mundo que aún hoy pervive: 23 metros y 12 centímetros.

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El 7 de agosto de aquel mismo año, fue sancionado durante 27 meses por un positivo con methyltestosterona detectado durante un meeting en Suecia. Recurrió, perdió…en fin, el camino habitual.

Randy Barnes no pudo tomarse la revancha en los Juegos Olímpicos de Barcelona’92, en los que sí pudo participar Timmermann pese a que su nombre, un año antes, había aparecido en la lista de los atletas de la RDA que habían sido tratados durante años con esteroides. Timmermann, ya bajo las lupas de los ligeramente perfeccionados controles de la época, pasó sin pena ni gloria por Montjuic: entró en la final con un lanzamiento de menos de 20 metros, y terminó siendo quinto con un discreto 20.49, que en 2017 no habría servido ni como mínima para clasificarse para el Mundial de Atletismo de Londres (20.50).

Barnes volvió a la competición tras su sanción, con Timmermann ya fuera de juego y a tiempo para preparar la cita de Atlanta’96. Allí sí consiguió sacarse la espina de Seúl, y ganó el oro del mismo modo que lo había perdido ocho años antes: en el último lanzamiento, con un tiro de 21.62 metros que desbancó a su compatriota John Godina y sacó del podio al inmortal italiano Paolo dal Soglio.

Lo que no cambió desde Seúl hasta Atlanta fue el tiempo que tardó en tropezar con la misma piedra. Dos años después del oro olímpico, Randy Barnes volvió a dar positivo por androstendiona y esta vez fue sancionado de por vida. Sus récords, sin embargo, se mantienen, porque los positivos nunca se produjeron durante las competiciones en las que los consiguió. Y si borrásemos el suyo, nos encontraríamos con el mismo problema.

Será difícil que la noche de este domingo, en Londres, Ryan Crouser o Joe Kovacs puedan desplazar por fin el legado manchado de su compatriota. Pero ojo: ningún año se ha estado tan cerca de conseguirlo. Entre ambos han lanzado nueve veces en lo que va de 2017 por encima de los 22 metros, y el pasado 25 de junio el jovencísimo Crouser (Portland, 1992) consiguió mandar la bola a 22.65 metros, la séptima mejor marca de toda la historia. Tiene tiempo por delante para conseguirlo sin trampas.


Este artículo forma parte de la serie ‘Los récords que no se batirán en el Mundial de Atletismo de Londres’: