En Madrid acabó de rebote. El Gobierno de Chile lo había destinado a Barcelona como nuevo cónsul del país. Pero nada más llegar a la ciudad condal su jefe, el cónsul general de Chile en España, le dijo “usted debe vivir en Madrid. Allá está la poesía. Aquí en Barcelona están esas terribles multiplicaciones y divisiones que no lo quieren a usted”. Y unos meses después, el diplomático Ricardo Eliecer Neftalí Reyes Basoalto y el poeta Pablo Neruda, huyendo de multiplicaciones y divisiones, cogieron un tren rumbo a Madrid, donde les esperaban la poesía y muchos amigos poetas. Era 1934.

A la estación de Atocha lo fue a recoger, ramo de flores en mano, Federico García Lorca, del que se había hecho amigo un par de años antes cuando era cónsul en Buenos Aires y el granadino fue allí a representar Bodas de sangre (“García Lorca no dejaba de reír y de hablar. Estaba feliz. Esa era su costumbre. La felicidad era su piel”, lo describe en sus memorias). Y desde la estación se encaminaron al barrio de Argüelles, donde se encontraba la que sería su nueva casa en Madrid.

Neruda vivió en Madrid en una casa con nombre de poema, la Casa de las Flores, en pleno barrio de Argüelles

La casa la había buscado, encontrado y alquilado para él Rafael Alberti, que vivía apenas a unas manzanas de distancia. Era un piso de la última planta, la quinta, de un edificio con nombre de poema: la Casa de las Flores. “Mi casa era llamada la casa de las flores / porque por todas partes / estallaban geranios; era /una bella casa / con perros y chiquillos / Raúl, Te acuerdas? / Te acuerdas, Rafael? / Federico, te acuerdas / debajo de la tierra?, / te acuerdas de mi casa con balcones en donde / la luz de junio ahogaba flores en tu boca?”

El edificio, en el número 2 de la calle Hilarión Eslava, fue diseñado por Secundino Zuazo, uno de los arquitectos españoles de moda en esa época, puro vanguardismo para esos años. Su construcción terminó casi recién proclamada la Segunda República. Casi trescientas viviendas repartidas en una manzana completa con tres patios, con fachadas de ladrillo, con grandes terrazas y éstas con flores, con arcos en los bajos que dan a la calle.

A Neruda le esperaba Lorca en la estación de Atocha a su llegada a Madrid.

A Neruda le esperaba Lorca en la estación de Atocha a su llegada a Madrid.

Neruda convirtió ese piso en epicentro de tertulia cultural, y también en un centro habitual en el que tantos pasaban a comer, cantar y beber. Beber mucho y bien acompañado. A los amigos primigenios Alberti y Lorca les siguieron hasta la Casa de las Flores otros recién estrenados como Luis Cernuda, Vicente Aleixandre, el arquitecto Manuel Lacasa, Manuel Altolaguirre, Pepe Bergamín, Maruja Mallo… En aquel piso Neruda alojó a un jovencísimo Miguel Hernández, que llegó a Madrid con las alpargatas de campesino aún puestas (“Miguel era tan campesino que llevaba un aura de tierra en torno a él (…) Vivía y escribía en mi casa”).

Pero llegó la guerra en mal verano. Y la Casa de las Flores pronto estuvo demasiado cerca del punto de mira de las baterías franquistas que bombardeaban Madrid desde la Casa de Campo, y pronto avanzó hasta allí el maldito frente de batalla. Neruda desalojó la casa dejando todos sus enseres, dejándola intacta, abandonando los recuerdos. Y se fue de una España en guerra rumbo a París.

En 1937, el poeta regresó a Madrid para organizar un congreso mundial de escritores antifascistas. Y volvió a la Casa de las Flores sólo para poder verla. Hasta ella había llegado la guerra de lleno. El edificio había cambiado varias veces de mano, y entre invasores y defensores lo habían casi derruido. Un Miguel Hernández miliciano, con fusil al hombro, consiguió una vagoneta para recuperar todos los enseres que había dejado Neruda un año antes. “Subimos al quinto piso y abrimos con cierta emoción la puerta del departamento. La metralla había derribado ventanas y trozos de pared. (…) Era imposible orientarse entre los escombros. (…) Aquel desorden era una puerta final que se cerraba en mi vida. Le dije a Miguel: -No quiero llevarme nada. –¿Nada? ¿Ni siquiera un libro? –Ni siquiera un libro”. Y ni eso se llevó.

La Casa de las Flores no sobrevivió a la guerra, pero resucitó tras ella. En 1940 fue reconstruida con su aspecto original. Y allí sigue, con sus flores en las terrazas, con los arcos acristalados, con el ladrillo visto llenando toda la manzana. Hoy es un edificio protegido por una normativa especial para mantenerlo intacto. No puede visitarse, sólo admirarse desde la acera. Vuelve a estar lleno, supongamos que también de niños y de perros. Y de las tertulias y las borracheras de los poetas sólo queda una placa en su fachada recordando que Neruda hizo suya la Casa de las Flores.

Una isla propia para el poeta

A su regreso a Chile, a Neruda le rondaba una de sus grandes obras. El poeta tenía claro que “las horas amargas de mi poesía debían terminar”, quería dar por cerrados el “subjetivismo melancólico” de Veinte poemas de amor y una canción desesperada y el “patetismo doloroso” de Residencia en la tierra. Y comenzó a trabajar en el Canto general, un canto total y épico a la historia y la naturaleza de América Latina.

Necesitaba un sitio de trabajo. Encontré una casa de piedra frente al océano, en un lugar desconocido para todo el mundo, llamado Isla Negra”

“Para eso necesitaba un sitio de trabajo. Encontré una casa de piedra frente al océano, en un lugar desconocido para todo el mundo, llamado Isla Negra”. En 1939, Neruda compra una pequeña casita en mitad de la nada, en la comuna de El Quisco, a un viejo socialista español, capitán de navío, don Eladio Sobrino. “La costa salvaje de Isla Negra, con el tumultuoso movimiento oceánico, me permitía entregarme con pasión a la empresa de mi nuevo canto”.

A unos 80 kilómetros de Valparaíso y a unos 100 de Santiago, el poeta encuentra el refugio que necesitaba para entregarse a su nueva obra –y para casi todas las que vinieron después- y lo irá reconstruyendo al detalle durante décadas. Construyó una torre, fue ampliando las estancias y creando nuevas salas. Todo en forma de barco, con pasillos estrechos, con ojos de buey, con suelos de madera crujiente, con la casa volcada hacia las rocas negras de la costa y al mar. “El océano Pacífico se salía del mapa. No había dónde ponerlo. Era tan grande, desordenado y azul que no cabía en ninguna parte. Por eso lo dejaron frente a mi ventana”.

Isla Negra, el rincón en el mundo del poeta frente al Pacífico.

Isla Negra, el rincón en el mundo del poeta frente al Pacífico. Flickr | Robert Cutts

Isla Negra es el buque insignia de la Fundación Pablo Neruda, la más representativa de las tres casas museo del poeta (las otras están en Santiago y en Valparaíso). Y para él, que en tantos países vivió, fue el lugar en el mundo creado como espejo de sus pasiones y obsesiones, de sus manías y sus vicios. En Isla Negra se acumulan más de tres millares de objetos que confirman el coleccionismo enfermizo del poeta. Mascarones de proa, anclas, caracolas marinas, dientes de cachalote y de otras bestias del océano, botellas y vasijas de cristal de colores, pipas, barcos dentro de botellas, y hasta una locomotora.

La menos conocida de las casas nerudianas

La de Neruda fue una vida marital más que azarosa, llena de amores secretos pero poco disimulados, y que condicionó su paso de unas casas a otras. En 1930, un Neruda de sólo 26 años se casaba con María Antonio Hagenaar, Maruca, aunque el matrimonio acabó por no ser reconocido por la justicia chilena después de declarar ilegal el anterior divorcio de la esposa. Poco importó. En 1934, en España, el poeta ya inició su relación amorosa con la pintora argentina Delia del Carril, que acabó siendo su segunda esposa y con la que compartió sus múltiples destinos consulares durante años.

Con Delia, ya de vuelta en Chile, Neruda vivía en Santiago en el 164 de la céntrica Avenida Lynch, a medio camino entre Larraín y Simón Bolívar, apenas a unas cuadras del río Mapocho. Su casa era conocida como Michoacán de los Guindos (Michoacán en honor del estado mexicano cantado por el propio poeta, de los Guindos por el barrio en que se situaba).

La Casa de las Flores, donde vivió Neruda en Madrid hasta que estalló la Guerra Civil.

La Casa de las Flores, donde vivió Neruda en Madrid hasta que estalló la Guerra Civil. Luis García

La menos conocida de las casas nerudianas también puede visitarse, ahora sólo con reserva desde el terremoto de 2010. En ella hay obras de la propia Delia del Carril, se puede pasear el dormitorio y la biblioteca de Neruda, y el patio en el que el poeta enterró algunos de sus manuscritos. Tiene un pequeño anfiteatro que homenajea a Lorca.

La Chascona y La Sebastiana

Neruda tuvo que huir a toda prisa de la casa Michoacán en 1948 para no ser detenido por el Gobierno de Gabriel González Videla. Durante más de un año se escondió en casas de amigos, conocidos y simpatizantes comunistas por todo Santiago y también en otras ciudades chilenas, hasta que en 1949 acabó exiliándose tras la ilegalización del Partido Comunista. Durante ese exilio comenzó su relación con la cantante y escritora Matilde Urrutia en México.

Ya de vuelta a Santiago de Chile siguieron siendo amantes en secreto. Neruda y Matilde compraron un terreno en 1953 a las faldas del cerro San Cristóbal, en el barrio que hoy se llama Bellavista, en el que hoy viven artistas en un ambiente que, con más o menos pretensiones, aspira a ser bohemio. Allí los amantes empezaron a construir una casa en la que continuar de manera discreta con la doble vida del poeta. Esa casa la bautizó Neruda como La Chascona, que en Chile significa despeinada y que así es como llamaba él a Matilde por lo alborotado de su caballera rojiza.

El escondite se levantó en un terreno en cuesta, por el que corría el agua (al poeta le encantaba la acequia que atravesaba el jardín). Durante dos años vivió allí sola Matilde, hasta que Neruda se separó de su mujer y se trasladó definitivamente. La casa fue creciendo, se le sumó una nueva cocina y un comedor, luego un bar y una biblioteca. “La piedra y los clavos, la tabla, la teja se unieron: / he aquí levantada la casa chascona, / con agua que corre escribiendo en su idioma”.

La casa tiene manuscritos del poeta, algunos de sus libros, las copas de cristales de colores que tanto gustaban a Neruda porque cada uno daba un sabor diferente al agua y al vino. Y también el retrato de dos cabezas de Matilde que pintó el mexicano Diego Rivera cuando el amor era aún secreto, y que esconde en su pelo alborotado el perfil de Neruda. En su comedor cuelga el galardón con el Premio Nobel que el poeta recibió en 1971.

La Chascona, la casa en Santiago que levantó Neruda en secreto junto a Matilde Urrutia.

La Chascona, la casa en Santiago que levantó Neruda en secreto junto a Matilde Urrutia. Fundación Pablo Neruda

La terna de las casas museo de la Fundación Pablo Neruda la completa la vivienda que cuelga casi en lo más alto del cerro Florida de Valparaíso. Se llama La Sebastiana, en honor al español Sebastián Collado, que inició su construcción y que a su muerte dejó a medio hacer.

Neruda pidió en 1959 a unos amigos que le buscaran una casa en Valparaíso poniendo unas condiciones caprichosas, casi imposibles de cumplir: “No puede estar ni muy arriba ni muy abajo. Debe ser solitaria, pero no en exceso. Vecinos, ojalá invisibles. No deben verse ni escucharse. Original, pero no incómoda. Muy alada, pero firme. Ni muy grande ni muy chica, Lejos de todo pero cerca de la movilización. Independiente, pero con comercio cerca. Además tiene que ser muy barata”, les reclamó por carta. Y aún así la encontraron.

Neruda fue a ver la vivienda y quedó prendado. No podía pagar otra casa completa, y menos una de tres plantas, así que resolvió compartirla con un matrimonio de amigos. Ellos se quedaron la primera y segunda plantas. Y Neruda el tercer y el nuevo cuarto piso que estaba por construir. “Yo construí la casa. / La hice primero de aire. / Luego subí en al aire la bandera / y la dejé colgada / del firmamento, de la estrella, de / la claridad y la oscuridad”. Una vista inmejorable de toda la bahía de Valparaíso, eso se quedó en el reparto. Con un mirador de 360 grados.

Las casas y la muerte

En 1973 Neruda esperaba la muerte en Isla Negra. Un cáncer de próstata lo estaba matando. Reposaba en cama en su dormitorio cuando un grupo de soldados aparecieron en la playa y empezaron a ocupar su casa. Una semana antes, el 11 de septiembre, Pinochet lideraba un golpe de estado contra el Gobierno de Salvador Allende. Era el inicio de una horrenda dictadura que Neruda no vio.

Mural frente a La Chascona, una de las casas de Pablo Neruda en Santiago de Chile.

Mural frente a La Chascona, una de las casas de Pablo Neruda en Santiago de Chile. Flickr | Rafa Alves

Los soldados que allanaron su casa lo llamaban “don Pablo”, según relató Matilde al escritor chileno Jorge Edwards. “Busque todo lo que quiera. Aquí hay una sola cosa peligrosa para ustedes”, espetó el poeta a los milicos golpistas. “¿Qué cosa?”, preguntó el oficial que los comandaba. “La poesía”, le respondió. Neruda fue trasladado a una clínica en Santiago, y tan sólo doce días después del golpe militar murió.

El cuerpo del gran poeta se veló, por deseo de Matilde, en su casa La Chascona, que –al igual que La Sebastiana de Valparaíso- fue mancillada y saqueada en los días posteriores al golpe. El jardín de la casa de Santiago estaba inundado porque los atacantes habían taponado su acequia. Los amigos que transportaban el ataúd con el enorme cadáver de Neruda lo atravesaban pisando puentes improvisados fabricados con maderos.

Tuvieron que pasar casi dos décadas para que el deseo de Neruda quedara cumplido. “Compañeros, enterradme en Isla Negra, / frente al mar que conozco, a cada área rugosa de piedras / y de olas que mis ojos perdidos / no volverán a ver…”, escribió en su Canto general. En 1992, una vez recuperada la democracia en Chile, los restos de Neruda y Matilde fueron trasladados al jardín de Isla Negra, entre la casa y el océano. Juntos de nuevo.

El busto de Neruda frente al océano, en Isla Negra.

El busto de Neruda frente al océano, en Isla Negra. D. P. P.