Scott Coello

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Samer, la voz de Raqqa

Raqqa es un dolor. Una ráfaga de puntos seguidos que vacían el alma del lector. Un relato de la locura, del mundo sin salida y del exilio humillante de cientos de miles de seres humanos. En cierta medida da igual quién es Samer, el autor de Los diarios de Raqqa: Escapar del Estado Islámico (Kailas, 2017), porque Samer es un sirio, o un afgano, o un sudanés o un yemení. La historia que relata tiene un foco, Siria, pero al cerrar la última página deja un poso para la reflexión: cualquiera puede ser Samer. Y pocos miran a la cara de Samer. O nadie.

Samer vivía en la ciudad siria de Raqqa. Era un activista contra el régimen de Bashar al-Asad. Iba a la universidad y tenía una novia. Soñaba con una vida. Ni mejor ni peor. Con una vida. Con salir del país y abandonar aquella tiranía, o con ser liberado de las garras de aquel régimen hereditario. Mientras, se convirtió en un opositor al régimen, se movilizaba, protestaba, criticaba. Hasta que fue señalado y tuvo que pasar a la clandestinidad, dejar los estudios y esconderse. Un día despertó entre bombardeos. “¿Ha llegado por fin la revolución contra el Gobierno?” Había llegado. Las calles invadidas por el Ejército Libre Sirio. Abajo la tiranía de Al-Asad. Raqqa liberada, Raqqa ejemplo de convivencia, Raqqa cuna de la libertad. “La revolución fue la chispa que volvió a encender mis esperanzas y mis sueños”. Samer, ingenuo. “Recuerdo el gran optimismo con el que recibí el estallido de la revolución”. Optimismo. Quizá era el momento de regresar a la Universidad.

Con el Ejército Libre Sirio llegó Dáesh, y Samer empezó a ver, a oír, a sentir, a callar, a morir. Gente detenida, flagelada, decapitada. Prohibido fumar. Prohibido tener televisiones en las tiendas. La vida se acabó. “Dáesh ha empezado a vengarse de todo aquel que se opone a ellos”. La cabeza de un vecino en una calle; cabezas de otros opositores colgadas en los parques. Mujeres acusadas de adulterio, lapidadas; jóvenes acusados de homosexualidad, ejecutados; conversos que ejecutaban a su propia madre por infiel. Su novia. Un desgarro. Dáesh detuvo al hermano de su novia, lo torturó y se presentó en casa de la familia con una propuesta: será liberado, pero “ella debía casarse con uno de sus combatientes”.

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Clandestinidad, libertad, clandestinidad. “Vivir bajo la tiranía del régimen me enseñó algunas lecciones vitales que me han resultado muy útiles para la vida bajo Dáesh”. Samer obligado a ir a la mezquita (“curso obligatorio de sharia”), a clases para ser un perfecto musulmán. Samer que no tenía qué comer, apenas un té sin azúcar. Ni pan. Samer que dejaba de hablar con unos, de reunirse con otros. Todos señalados, todos sospechosos. “Camino por la ciudad con el alma partida mientras miro a todas las almas partidas que pasan a mi lado”. Samer no se rinde.

La BBC contactó con un grupo que autodenominado Al-Sharqiya 24. Samer -nombre ficticio, como todos los del libro- es uno de sus miembros. Él consiguió sacar su diario y la información necesaria para que el mundo conociera la realidad de Estado Islámico, la opresión más angustiosa, la violencia, la arbitrariedad de los tiranos que soñó libertadores. “Queremos que el mundo exterior sepa lo que está ocurriendo”, escribe en su diario. “Mi cometido es subir los mensajes que hemos escrito en redes sociales y blogs y sacarlos fuera de Raqqa”.

Samer lucha. Samer calla. No habla con nadie. De nuevo en la clandestinidad. Mantiene la dignidad de vivir en libertad. Hasta que la vida en Raqqa no da más. Hasta que todos los fusiles lo señalan y no tiene más camino que la huida. Una huida que acaba en un campo de refugiados, que es el olvido de los seres que han escapado de la guerra, de la angustia. Allí está Samer, cerca de la frontera con Turquía, oyendo bombardeos que se mezclan con los llantos de un niño nacido en esa sucesión de tiendas donde se agolpan los olvidados. Él cuenta su historia, que no es la política, que nada tiene que ver con acuerdos y desacuerdos y equilibrios de poder. Es la vida de una cárcel donde se extorsiona, se tortura, se ejecuta: Raqqa.

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