Son ya 538 años los que distan desde que la ciudad de Barcelona enviara a Sevilla un comunicado en el que señalaba que «ahora todos somos hermanos». Por esos años del último tercio del siglo XV, se había consumado la unión de las coronas de Castilla y Aragón, a través del matrimonio de Isabel y Fernando, los Reyes Católicos. Desde entonces, ambos reinos se embarcaban en una historia común en la que, aunque como entes autónomos, empezaban a dibujar el retrato de lo que hoy es España.

Pero ese vínculo fraterno que exponía hace cinco siglos la Ciudad Condal se ve ahora gravemente amenazado por las intenciones del Gobierno de la Generalitat de proclamar la independencia de Cataluña si esta opción recibe un respaldo mayoritario en el referéndum de este domingo, reduciendo a papel mojado aquellas palabras del expresidente de la República Manuel Azaña, cuando, dirigiéndose a una audiencia de intelectuales catalanes, se mostraba convencido de que «entre el pueblo vuestro y el mío hay demasiados lazos espirituales, históricos y económicos para que un día, enfadándonos todos, nos volviésemos las espaldas como si jamás nos hubiéramos conocido».

Pero lo cierto es que ya mucho antes de esas palabras de Azaña y también después han sido varios los episodios históricos en la que la relación de Cataluña con el resto de España se ha visto marcada por el enfrentamiento. Son esas tensiones latentes durante siglos las que explican que ya a mediados del siglo XVI fuera posible leer al eminente escritor madrileño Francisco de Quevedo aquello de que, «en tanto en Cataluña quedase un solo catalán, y piedras en los campos desiertos, hemos de tener enemigos y guerra».

La Guerra de los Segadores

Era, precisamente, por aquellos años cuando la unión de Cataluña y con el conjunto de los reinos hispánicos se empezaba a ver seriamente comprometida. De hecho, la conocida como Guerra de los Segadores provocó una ruptura efectiva entre 1640 y 1652.

El conflicto se enmarca en el contexto de la Guerra de los Treinta Años, que enfrentaba a España con Francia -entre otros muchos rivales-, pero tiene unas raíces más profundas en los encontronazos que desde varias décadas antes se venían produciendo entre el rey español, Felipe IV, y las instituciones catalanas, ante las pretensiones del valido real, Gaspar de Guzmán -más conocido por su título de conde-duque de Olivares-, de forzar al Reino de Aragón a una mayor contribución para ayudar a sufragar los cuantiosos gastos de una Corona que atravesaba notables dificultades financieras.

El enfrentamiento con el Reino de Francia situaba a Cataluña como uno de los escenarios del combate, una situación que fue aprovechada por Olivares para forzar una implicación militar directa de los catalanes. El coste humano y económico de alojar en su territorio a las tropas hispanas -que además cometían continuos desmanes- provocó una revuelta campesina que pronto se extendió a las ciudades y que tuvo su punto álgido en el conocido como Corpus de Sangre, el 7 de junio de 1640, cuando varios cientos de segadores iniciaron un motín que acabó con el asesinato del virrey de Cataluña, Dalmau Queralt, conde de Santa Coloma, y de otras doce personas.

Las autoridades de la Generalidad Catalana, con Pau Claris al frente, trataron de canalizar los exaltados ánimos populares contra un enemigo exterior, la monarquía de Felipe IV, al tiempo que buscaba el amparo de la Francia de Luis XIII.

Tras una semana independiente, Cataluña se sometió al rey francés para lograr su protección

El 16 de enero de 1641, la Junta General de Brazos, una institución convocada de emergencia para dirigir la desconexión con la monarquía hispánica, aprobó la constitución de Cataluña como república. Pero esa aventura en solitario apenas duraría una semana, porque, ante el avance de las tropas de Felipe IV, los dirigentes catalanes se vieron forzados a aceptar la exigencia del rey francés de situar el territorio bajo su gobierno si querían contar con su ayuda militar.

Cataluña se mantendría bajo la égida de Francia casi doce años, un periodo en el que la desilusión no tardó en anegar a buena parte del pueblo catalán, al comprobar los excesos de los franceses, que ocuparon las regiones del Principado al norte de los Pirineos -que se perdieron para siempre-, inundaron con sus productos la región y mantuvieron durante años la pesada carga de la guerra en todo el territorio de Cataluña. El 11 de octubre de 1652, Barcelona acababa capitulando ante las tropas de Juan José de Austria, tras la promesa de una amplia amnistía.

La Guerra de Sucesión

Aquellos años bajo el control de la monarquía francesa y los siguientes, en los que fueron constantes los conflictos con el vecino del norte, incubaron en Cataluña un fuerte sentimiento antifrancés que sería muy relevante en la actitud catalana cuando estalló el siguiente conflicto que agitó con virulencia las relaciones de Cataluña con el resto de España y que ha sido elevado a mito en la narrativa histórica nacionalista: la Guerra de Sucesión y los sucesos de 1714.

La muerte sin descendencia del rey Carlos II en 1700 convirtió el territorio español en pieza codiciada para las monarquías europeas, que aspiraban a apropiarse de las distintas partes del imperio. Felipe, duque de Anjou y nieto de Luis XIV, había sido designado por el último rey español como su sucesor. Y en base a esto fue proclamado rey de España en 1701.

Pero en el resto de Europa se veía con recelo un eje franco-español que parecía asegurado por la declaración de Luis XIV de que «¡ya no hay Pirineos!». Gran Bretaña, las provincias de Holanda y el Sacro Imperio Romano se aliaron para combatir a Felipe V y defender los derechos al trono español del archiduque Carlos de Austria.

La toma de Barcelona por las fuerzas del archiduque Carlos forzó el apoyo catalán a su causa

Desde 1702 y durante más de una década, el territorio español sería escenario de una guerra internacional en la que los españoles fueron tomando partido por uno u otro bando por distintas motivaciones, aunque, principalmente, fueron los propios acontecimientos militares los que forzaron la postura de las distintas regiones. Así, en Cataluña, el avance de las fuerzas aliadas del archiduque, que tomaron Barcelona en 1705, fue la clave de su posicionamiento a favor del candidato austriaco al tono. «Nada permite creer que sin la presencia de la escuadra aliada se hubiera verificado un levantamiento», sentencia el historiador Antonio Domínguez Ortíz.

Es cierto, eso sí, que algunos exiliados catalanes habían llegado a un pacto con Inglaterra para promover la causa del archiduque en el Principado a cambio del respeto a sus leyes y apoyo militar. Pero éstos no representaban, ni mucho menos, una opinión mayoritaria en la región. No obstante, el sentimiento popular antifrancés en la región contribuiría a inclinar las posturas hacia la causa austracista.

Con sus idas y venidas, el curso de la guerra se fue dirimiendo a favor de la causa de Felipe V -aunque a un coste elevadísimo para España, que perdió buena parte de su imperio- y en 1713 el Tratado de Utrecht resolvía el fin de la contienda internacional, motivando la retirada de los aliados de la península.

Pero aún entonces Cataluña, dejada a su suerte por los ingleses, prolongó una tenaz resistencia que se mantendría hasta septiembre de 1714, cuando capituló Barcelona tras una heroica defensa que se saldó con un elevado número de víctimas.

Asalto final a la ciudad de Barcelona el 11 de septiembre de 1714, según dibujo de Jacques Rigaud.

Asalto final a la ciudad de Barcelona el 11 de septiembre de 1714, según dibujo de Jacques Rigaud.

Aquella defensa numantina podía explicarse por las medidas adoptadas por Felipe V desde 1707, cuando logró doblegar la resistencia de Valencia y Aragón, eliminando sus fueros particulares y castigando con dureza a su nobleza. Los catalanes veían en su derrota la desaparición de sus leyes y lucharon obstinadamente para conservarlas, aunque acabaron sucumbiendo ante las muy superiores fuerzas del monarca Borbón.

Felipe V ordenó una fuerte represión para castigar la rebeldía catalana y aprovechó la coyuntura, al igual que en el resto de los territorios del reino, para eliminar las leyes propias catalanas y ejecutar una reforma político-administrativa de tipo centralista y unitario.

A pesar de que aún hubo algunos conatos de resistencia, «el nuevo régimen borbónico fue consolidándose poco a poco, tanto por la vía represiva como sobre todo gracias a la integración en las nuevas estructuras de buena parte de la aristocracia y la burguesía de la tierra», explica el profesor Jordi Canal en su obra Historia Mínima de Cataluña. Durante casi un siglo y hasta la llamada Guerra de Independencia contra la Francia napoleónica y las posteriores luchas entre el Antiguo Régimen y el nuevo orden liberal, las tierras catalanas apenas fueron escenario de episodios convulsos.

El bombardeo de Barcelona

Cataluña alcanza la década de 1840 después de varios lustros de agitación. La región había sido teatro de operaciones de algunos de los principales movimientos contrarrevolucionarios que marcaron los últimos años de reinado de Fernando VII y la posterior regencia de María Cristina, como el lenvatamiento de los Malcontents o la Primera Guerra Carlista. Al mismo tiempo, había sido escenario de revueltas de signo liberal, como las denominadas bullangas, que se manifestaron con frecuencia en forma de quema de conventos. A este cóctel se añadía un incipiente desarrollo industrial que contribuía a elevar la tensión social.

Finalizada la Primera Guerra Carlista, el general Baldomero Espartero, paladín de las huestes progresistas, sustituiría a María Cristina en la regencia de España, ante la minoría de edad de Isabel II. Su autoritarismo y su poca sensibilidad a las demandas de los industriales le granjearon muchas enemistades por todo el territorio español y, en especial en Barcelona. Y cuando en noviembre de 1842 se extendió el rumor de que Espartero negociaba un tratado de libre comercio con Inglaterra los ánimos se caldearon, al entenderse como un ataque del Gobierno central.

En este ambiente, un conflicto menor en torno al cobro del impuesto de consumo a unas personas que intentaban introducir vino en la ciudad derivó en una revuelta popular, encabezada por la milicia urbana, que inició una guerra de barricadas. «Cuando oyeron decir al general Zurbano en medio de un grupo de generales: “Bien puede existir España sin Cataluña”, la exasperación se generalizó. El rumor de que el ejército quería destruir la ciudad corrió de boca en boca y la población entera se dispuso a tomar parte en el combate», escribió el cónsul francés Ferdinand de Lesseps.

Ante esta situación, el capitán general de la ciudad, Juan Van Halen, ordenó a sus hombres replegarse hacia el Castillo de Montjuich y la Ciudadela. Los rebeldes, creyéndose vencedores, reclamaron en un manifiesto publicado el 17 de noviembre «la independencia de Cataluña con respecto a la Corte».

Espartero se dirigió a Barcelona para restituir el orden y lanzó una amenaza de bombardeo si los insurrectos no se rendían en 48 horas. El general, dispuesto a dar un castigo ejemplarizante a la ciudad, desoyó los intentos de negociación de la Junta erigida por los rebeldes y el 3 de diciembre ordenó el inicio del bombardeo desde Montjuich.

Más de 1.000 proyectiles cayeron sobre la ciudad, destruyendo medio millar de casas y causando una veintena de muertos. La ciudad se rindió al día siguiente. Fueron estos sucesos los que motivaron la famosa sentencia, atribuida al propio Espartero, de que «a Barcelona hay que bombardearla al menos cada 50 años para mantenerla a raya».

La República catalana de Companys

El advenimiento de la Segunda República en España, en abril de 1931, abrió un nuevo periodo de esperanzas para el nacionalismo catalán.

Las concesiones obtenidas durante las primeras décadas del siglo XX, como la aprobación de la Mancomunidad en 1914, no habían satisfecho los objetivos catalanistas, que mantuvieron sus reclamaciones en los años posteriores. La dictadura de Miguel Primo de Rivera supuso un duro paréntesis para estas aspiraciones, pero su caída y la posterior de la monarquía alentaban las expectativas de alcanzar nuevas metas.

El presidente de la Generalitat, Lluis Companys, encarcelado, junto a los miembros de su gobierno, tras proclamar el Estado Catalán en octubre de 1934.

El presidente de la Generalitat, Lluis Companys, encarcelado, junto a los miembros de su gobierno, tras proclamar el Estado Catalán en octubre de 1934.

El mismo 14 de abril de 1931, cuando se conoció la victoria de Esquerra Republicana de Cataluña en los comicios municipales que supusieron el fin de la monarquía española, los líderes del partido, con Francesc Macià y Lluis Companys al frente, se apresuraron a proclamar, en nombre del «pueblo de Cataluña», el «estado catalán, que con toda cordialidad procuraremos integrar en la Federación de repúblicas ibéricas».

Tras varios días de negociaciones con las nuevas autoridades españolas, los líderes catalanes acordaron renunciar al proclamado estado catalán a cambio de la constitución de un poder político con amplias competencias, que tomaría el nombre histórico de Generalidad, y la elaboración de un estatuto de autonomía, que acabó siendo aprobada en Cortes el 9 de septiembre de 1932.

El entusiasmo generado por aquellos logros comenzó a enturbiarse a partir de noviembre de 1933, cuando en unas nuevas elecciones generales resultó vencedor el partido de derechas CEDA, que sin embargo se mantuvo fuera del gobierno durante los primeros meses de la nueva legislatura.

Pero un conflicto con una ley aprobada por el Parlamento catalán, la ley de contratos de cultivo, que fue inmediatamente suspendida por el Tribunal de Garantías Constitucionales, provocó un exacerbamiento de los ánimos y, a la postre, una crisis de Gobierno tras la que la CEDA entró en el Ejecutivo, asumiendo tres carteras ministeriales.

La entrada del partido derechista en el Gobierno fue respondida con el estallido de distintos movimientos insurreccionales, que tuvieron en Cataluña uno de sus principales focos. El 6 de octubre, Companys, presidente de la Generalidad desde la muerte de Macià, proclamó «el estado catalán dentro de la República federal española», en lo que suponía, según aseguraban las propias fuerzas nacionalistas, un movimiento de defensa ante una Cataluña en grave peligro, ya que habían «asaltado el poder» las fuerzas «monarquizantes y fascistas».

El llamamiento insurreccional de Companys obtuvo un escaso seguimiento y apenas pudo contar con los mozos de escuadra para defenderse de las tropas del general Domingo Batet, que pronto asediaron la Generalidad y forzaron la rendición del Gobierno poco antes del amanecer. En menos de diez horas la rebelión había fracasado.

El Estado Catalán proclamado por Companys fue frustrado en apenas diez horas

Fuera de la capital sí se registraron algunos incidentes de cierto calado, como la quema de templos, la agresión a algunos eclesiásticos o la ocupación de fincas y viviendas. Pero el día 8 la revuelta social y la insurrección nacionalista habían sido apagadas.

El movimiento de Companys provocó la reacción del gobierno, que clausuró el parlamento, disolvió más de 100 ayuntamientos y, el 2 de enero de 1935, dejaba en suspenso las facultades concedidas por el estatuto de Cataluña al parlamento de la Generalidad.

Los integrantes del Gobierno catalán fueron juzgados por el Tribunal de Garantías Constitucionales y sentenciados, en junio de 1935, a 30 años de prisión, aunque fueron amnistiados en 1936, tras la victoria electoral de las fuerzas de izquierda en las elecciones generales. A su regreso a Barcelona, Companys afirmó que «volveremos a sufrir, volveremos a luchar, volveremos a vencer».

¿El acto final?

El referéndum de independencia previsto para el 1 de octubre de 2017 representa un nuevo acto que amenaza con cortar los lazos que vinculan a Cataluña con el conjunto de España. Después de varios años de exaltación nacionalista, con episodios clave como el referéndum consultivo -declarado ilegal por el Estado- de noviembre de 2014, el Gobierno catalán aspira a emprender una nueva etapa con Cataluña como Estado independiente.

Se trataría, según la enumeración de acontecimientos aquí expuestos -por supuesto, discutible- del quinto acto del drama que ha caracterizado estas relaciones desde la vinculación de las coronas de Castilla y Aragón hace más de cinco siglos.

Precisamente, por aquel entonces, las artes escénicas solían dividirse en cinco actos, lo que, siguiendo el patrón, otorgaría a éste la condición de acto final. La amenaza de ruptura vuelve a sobrevolar el escenario. Pero como señaló en aquel marzo de 193o Manuel Azaña, «será también bueno que un día nos pongamos a reflexionar sobre lo que verdaderamente -no administrativamente, sino espiritualmente- nos une”.