La última vez que Pedro Casablanc se metió en la piel de Yo, Feuerbach el público se quedó con ganas de más. “Es culpa de las programaciones nefastas de los teatros madrileños. No están bien hechas, las obras permanecen poco tiempo en cartel y a muchas no les da tiempo de hacerse”. No es el caso de Yo, Feuerbach que ha arrasado en todos los teatros en los que se ha representado. Ahora, la obra de Tankred Dorst vuelve al Teatro de La Abadía donde permanecerá hasta el próximo 19 de noviembre.

Yo, Feuerbach se presenta como una obra intelectual en la que se enfrentan dos generaciones de actores, uno que representa la experiencia, la madurez y la resistencia a salir y el otro que forma parte de aquellos que piden paso, a veces de manera avasalladora. “Es el retorno de un actor que ha estado mucho tiempo apartado de la profesión. Un actor que vive más allá de lo racional la pasión por su trabajo y choca con una visión más práctica y desapasionada. En este caso su alter ego, interpretado por Samuel Viyuela, es un ayudante de dirección que ni siquiera sabe a quién le está haciendo la prueba y de alguna manera, incluso lo desprecia”, explica Casablanc.

Yo, Feuerbach  es teatro alemán y eso rezuma cierta impronta de intelectualidad

El texto de Yo, Feuerbach está escrito en el 86, es teatro alemán y eso rezuma cierta impronta de intelectualidad. A pesar de todo, se trata de una muy obra accesible que cuenta con momentos cómicos, incluso, patéticos. El tema resulta familiar a todos esos actores a los que el óxido del tiempo les ha ido robando trabajo y oportunidades. “Es uno de los trabajos más autobiográficos que he hecho. Es un personaje del que tengo muchas referencias personales, muy íntimas”, confiesa.

Casablanc se enfrenta a un pseudo monólogo en el que interpreta a una vieja gloria venida a menos. Asustado y dolido por su humillante condición (entrar en un casting no es plato de gusto para los artistas consagrados), el personaje se refugia bajo su ego y en su conocimiento teórico como defensa. Casablanc despliega en la obra un abanico de registros y una energía desmesurada.

“Se supone que hemos salido de la crisis, que las cosas podrían ir a mejor… Esto es una profesión muy vocacional y cuando quieres ser actor, no quieres dedicarte a nada más. Viendo cómo se están desarrollando las circunstancias y el poco interés por la cultura, muchos tenemos un miedo atroz a que esto se acabe y a quedarnos como reliquias de un pasado. Esta mañana mi mujer y yo hemos estado leyendo pasajes del Tenorio en el colegio de mi hijo a niños, quiero pensar que este tipo de apuestas les dejarán cierto tipo de poso, porque, actualmente, estamos dejándonos llevar por las prisas y perdiendo nuestra esencia”.

Tenemos que luchar contra las prisas y volver a disfrutar del conocimiento lento”

Para Casadeblanc la función del teatro hoy en día es “irradiar tranquilidad y acercar al público a la meditación”, se trata de luchar contras las prisas, alejarnos de la televisión y del consumo rápido y fácil. “Tenemos que volver a disfrutar del conocimiento lento. La gente joven prefiere jugar con el móvil a leer una obra de Goethe, como le sucede al personaje de Samuel Viyuela. Está pasando. He estado en funciones en las que, mientras yo estoy actuando, el ayudante de dirección se deja seducir por la pantalla del móvil. Eso es lo que cuenta la obra,  el enfrentamiento entre lo directo, lo material y lo primario con lo espiritual”.