Allá por los años 80, Mitch Lowe tenía un videoclub en California. Dice que de ahí pasó más de 13.000 horas en las que aprendió a interpretar los gustos de la gente a la hora de elegir una película. Ahora de eso se encargan los algoritmos que están transformando la industria audiovisual. Pero en los 90, cuando Lowe fundó Netflix junto a Reed Hustings, ésta no era más que una pequeña compañía que alquilaba cintas de VHS por correo para competir con la  todopoderosa Blockbuster. Eran los tiempos en los que aún hacía falta ir al cine a ver un estreno de moda y en cada esquina había un videoclub.

Ahora que Netflix se ha convertido en la plataforma de vídeo en streaming más importante del mundo con 80 millones de usuarios, produce sus propios éxitos directamente para la televisión y sus contenidos aspiran a los Oscar, pasar por las salas es solo un trámite para poder competir en los certámenes. ¿Correrán las salas de cine el mismo destino que Blockbuster que desapareció por no saber reinventarse a tiempo?

«Las compañías más poderosas se preocupan más por proteger su negocio que por adaptarse a los nuevos tiempos», afirma Lowe, de visita en España para participar en la reunión de antiguos alumnos de EAE Business School. Y explica Lowe a un aforo de empresarios y ejecutivos que a la larga es así como cavan su tumba las empresas: «El mundo avanza muy deprisa y si un negocio no se adapta corre el riesgo de desaparecer. A la gente todavía le gusta ir al cine, pero el sistema de precios está totalmente anticuado».

Hollywood lo está sufriendo en sus carnes. La asistencia a los cines en Estados Unidos está en camino de ser la más baja desde que alcanzó su máximo histórico en 2002. Y mientras decae la venta de entradas, la industria cinematográfica sigue encorsetada en los mismos esquemas que tan buenos resultados le dieron en el siglo XX, de espaldas al cambio de las reglas del juego que ha supuesto internet. «Muchos cines que tienen sus butacas vacías en días de diario estarían encantados de tener mayor flexibilidad de precios, pero las productoras y distribuidoras no se lo permiten», explica Lowe, que ahora es el director ejecutivo de MoviePass, la compañía que espera convertir en el Netflix de los cines.

Mitch Lowe, cofundador de Netflix y director ejecutivo de MoviePass

«¿Tiene futuro ir al cine en un mundo en el que el consumidor está acostumbrado a tener acceso ilimitado de música y películas desde su móvil? Pues sí. Y uno muy prometedor, si adaptamos el modelo a los nuevos tiempos», opina el californiano. Según este ejecutivo, a la gente le encanta ir al cine, pero lo que no le gusta es pagar 10 euros por ver una película que no sabe si le va a gustar, sobre todo ahora que está acostumbrada a tener toda la música y vídeos ilimitados en su móvil y a dedicarles unos segundos antes de decidir si los sigue viendo. ¿Solución? Según él, MoviePass, un servicio de suscripción que permite ir al cine a ver todas las películas que se quiera por sólo 9,95 dólares al mes. El Spotify de la pantalla grande.

Lowe, que promete traer el servicio a España en un año, asegura que la clave del modelo es «dar una gran libertad al cliente para que elija entre contenidos ilimitados». Muchas distribuidoras y productoras, claro, no están de acuerdo en tener un nuevo intermediario: «Tienen miedo a cambiar su modelo de negocio que les deja un 85% de margen», apunta. Pero eso no le ha impedido a MoviePass haber llegado a 600.000 suscriptores en dos meses y tres millones el primer año. El precio bajó aproximadamente de 40 dólares a 10 en agosto y el cambio de precio hizo que el servicio se volviera viral.

El funcionamiento del servicio no precisa, de momento, de complicidad con el resto de la industria, aunque aspira a asociarse a ella. Como si de una aseguradora se tratara, MoviePass facilita una especie de tarjeta de crédito con la que pagar las entradas de los cines que combina con una app en el móvil y esta corre con los gastos de las entradas que compra el usuario, que solo tiene que preocuparse de pagar su cuota mensual de menos de diez euros al mes. Los clientes, en su mayoría menores de 35 años, han pasado de ir 4 ó 5 veces al cine a hacerlo una media de 10 veces. Es decir, MoviePass paga a los cines 100 dólares al año mientras que ingresa de sus clientes 120 dólares en las cuotas mensuales. «Los hay que van 20 ó 30 veces, pero son los menos», reconoce.

¿Tiene futuro ir al cine en un mundo en el que el consumidor tiene acceso ilimitado de música y películas desde su móvil? Sí»

«Para los cines es rentable porque Moviepass duplica la asistencia a las películas y aumentarán el gasto de palomitas, que es una de las fuentes principales de ingresos en las cadenas», afirma este ejecutivo, que presume de nunca haberse llegado a graduar en el instituto. «Este cambio es beneficioso para toda la industria, porque los teatros pueden monetizar la capacidad no utilizada, los estudios cinematográficos pueden asumir más riesgos en las películas que producen con más información de los gustos de los clientes y las distribuidoras tendrán mejor conocimiento de sus audiencias para vender a los especialistas en marketing, porque tenemos una app que analiza el gusto de cada uno y permite recomendarles las películas que les interesan», resume.

Está por ver si esta tecnología, dirigida a los consumidores que están acostumbrados a tenerlo todo accesible en cualquier momento por un precio fijo y no a pagar por descubrir algo nuevo sino probar un poco de todo, consigue revolucionar el modelo de negocio de los cines igual que hizo Netflix con la televisión.