La verdad es que sólo podemos hacer que sean nuestros cuadros los que hablen. Pero sin embargo, mi querido hermano, añado lo que siempre te he dicho, quiero llegar al corazón, quiero que la gente diga: pinta con gran sensibilidad”.  Vincent van Gogh escribió la última carta a su hermano Theo el domingo 27 de julio de 1890. No la terminó. La llevaba en el bolsillo, cuando salió con sus bártulos de pintura a los campos de trigo de Auvers. Horas después, Van Gogh regresó a la pensión de Auvers con una bala en el costado. Murió tras dos días de agonía.

Homicidio involuntario o suicidio. La vida y la muerte del padre de la pintura moderna siempre han estado rodeadas de un halo de misterio que Dorota Kobiela ha plasmado en Loving Vincent, una película experimental que se estrena el 12 de enero y que aterriza como el primer largometraje pintado al óleo de la historia del cine. Se trata de trabajo en el que han participado 125 profesionales que han pintado a mano más de 65.000 fotogramas que dan vida a los cuadros de Van Gogh. Así, Loving Vincent pulula por la vida del pintor a través de las cartas que escribía a su hermano Theo y, sobre todo, de sus cuadros.

Genio atormentado, incomprendido y torturado, Van Gogh comenzó su carrera artística a los 28 años, sólo una década antes de su muerte. En tan poco tiempo dejó un legado de más de 900 pinturas y 1.600 dibujos. Paradójicamente, sólo vendió un cuadro en su vida, El viñedo rojo, a una pintora belga llamada Anna Boch que pagó 400 francos. Se trata de una obra que fue pintada cerca de Arlés en 1888 y que hoy reposa en el Museo Pushkin de Moscú.

Su mente inestable y su fuerte temperamento no le impidieron desarrollar el talento que le convirtió en el padre del postimpresionismo. No fue el primer Vincent de la familia. Recibió el mismo nombre que le habían puesto a un hermano que nació muerto. Un hecho que marcó para siempre su relación con sus padres y su trato con el mundo. Sólo con su hermano pequeño Theo mantuvo un vínculo inquebrantable. Fue el único que permaneció a su lado, el que le apoyó económicamente y el que trató de comprender sus fantasmas mientras el resto del mundo lo despreciaba.

Más que sus cuadros, que me encantan, fue el tipo de vida que tuvo lo que verdaderamente me inspiró»

Graduada en la Academia Artística de Varsovia, Dorota Kobiela se propuso combinar su pasión por la pintura y el cine. Así surgió Loving Vincent, un proyecto que arrancó en forma de cortometraje y que, con el paso del tiempo cobró forma de largometraje. “Tenía 30 años cuando pensé en Loving Vincent por primera vez, casi la misma edad que tenía Van Gogh cuando empezó a pintar. Más que sus cuadros, que me encantan, fue el tipo de vida que tuvo lo que verdaderamente me inspiró. He luchado contra la depresión toda mi vida, siempre me ha inspirado la fortaleza de Van Gogh para recuperarse de situaciones similares. Sus cartas me ayudaron mucho en un momento bajo de mi vida y me animaron a hacer esta película”, confiesa la directora.

Sostiene Kobiela que el proyecto ha salido adelante por puro amor al artista. “He trabajado en él siete años a tiempo completo. Mi amor al trabajo de Van Gogh, a sus cartas y mi respeto por su lucha en la vida me ha sacado a flote estos años. Pero no era sólo yo la que tenía que amar  a Vincent Van Gogh. Nuestro equipo tenía que pintar los más de 65.000 fotogramas al óleo, tardaban 10 días en pintar un segundo de la película, e sto requiere mucho compromiso y mucho respeto por el trabajo”.

De ese amor surgió el título de la película. “También es una referencia al pintor que en las cartas que escribía a su hermano siempre se despedía como Your Loving Vincent”.

El largometraje se rodó primero con actores en un set construido con la apariencia real de los cuadros del artista. Una vez concluido pasó a ser pintado en lienzos, fotograma a fotograma. El resultado es un trabajo hipnótico, fascinante, tan original que el aroma del aceite de linaza llega a impregnarse en las butacas de la sala. En total, 94 obras del máximo exponente del postimpresionismo pululan por la pantalla de una manera muy similar al original y otras 31 surgen como una representación parcial del legado del artista. La noche estrellada, El doctor Paul GachetTerraza de café por la noche o Trigal con cuervos abandonan el corsé del lienzo para cobrar vida.