Cuando el 28 de enero de 1945 el Tribunal de Justicia de Lyon le condenó a cadena perpetua por alta traición y colaboración con el enemigo, Charles Maurras no dudó en protestar: “Ésta es la venganza de Dreyfus”.

Para entonces, hacía ya diez años que había fallecido Alfred Dreyfus. Mucho más tiempo había transcurrido desde el fallecimiento de Emile Zola. Y, casi sin excepción, todos los principales protagonistas del affaire habían seguido idéntica suerte.

Pero las heridas que el caso Dreyfus había abierto en la sociedad gala eran tan profundas como para que, medio siglo después, el que había sido uno de los principales ideólogos de la extrema derecha francesa y apoyo del régimen de Vichy, instaurado en Francia tras la invasión nazi durante la Segunda Guerra Mundial, atribuyera a aquellos episodios su condena.

Los hechos tienen su origen en 1894, pero sus raíces deben buscarse mucho antes, al menos en la década de 1870. La Francia de entonces era un país conmocionado. La humillante derrota contra la Alemania de Otto von Bismarck, que conllevó la pérdida de Alsacia y Lorena, y el fracaso sangriento de la Comuna habían sumido en una especie de depresión a buena parte de la sociedad gala, azorada también por las transformaciones derivadas del proceso de industrialización.

El nacionalismo y el antisemitismo ganaban fuerza en la Francia de finales del siglo XIX

La nostalgia por un pasado idealizado se abría paso en un país que, menos de un siglo después de alumbrar la revolución burguesa, parecía renegar de los méritos de las Luces.

El pensamiento nacionalista ganaba fuerza entre los segmentos más conservadores de la sociedad y, con él, la alabanza del ejército como baluarte de la grandeza del país. En paralelo, la búsqueda de un enemigo que explicara el estado de postración en que se hallaba sumida la nación, agudizaba el antisemitismo entre franceses de muy diversa ideología y clase social.

En la Francia de la época, la comunidad judía era muy minoritaria: apenas 80.000 personas, sobre un total de 39 millones. Pero el poder que había alcanzado en sectores como la banca o los medios de comunicación exacerbaba el resentimiento y apuntalaba las abundantes teorías conspirativas, que presentaban a los judíos como colaboradores de los alemanes.

En 1892, el periódico de corte antisemita La Libre Parole, que llegó a tener alrededor de medio millón de lectores, comenzó a publicar una serie de artículos en los que se criticaba la presencia de judíos en el ejército y se advertía del riesgo de que llegaran a puestos de mando, pues eso supondría que tendrían el control de la nación.

El inicio del ‘affaire’

Así, no resulta difícil entender por qué, cuando en septiembre de 1894 el Estado Mayor del ejército francés supo que alguien estaba filtrando información a los servicios de inteligencia alemanes, la sombra de la sospecha recayó rápidamente sobre un judío. La suerte de Alfred Dreyfus estaba echada.

El caso no tardó en saltar a la prensa, donde, aderezada con todo tipo de historias rocambolescas, la culpabilidad de Dreyfus no aceptaba discusión. Pero lo cierto es que las pruebas contra este oficial del Estado Mayor eran bastante endebles. Los instructores del caso contaban tan solo con una nota -que sería conocida como el memorándum-, encontrada en la papelera del agregado militar de la embajada alemana en Francia, Maximilien von Schwazkoppen, en la que se ofrecían una serie de informaciones que afectan a la seguridad nacional.

La presunta similitud de la letra de Dreyfus, corroborada por un examen caligráfico de dudosa validez -los supuestos expertos alegaron que las diferencias entre la letra del oficial y la del memorándum se debía a que Dreyfus la había “maquillado” para la ocasión-, era la única baza para condenarle.

La endeblez de las pruebas contra Dreyfus no impidió su condena a cadena perpetua

Pero los principales responsables del Estado Mayor, convencidos de su culpabilidad, no estaban dispuestos a permitir que el acusado pudiera salir absuelto del juicio, por lo que no dudaron en utilizar todo tipo de ardides, que incluyeron la falsificación de pruebas, para garantizar su codena.

El 22 de diciembre de 1894, los jueces militares encargados del caso dictaminaron la culpabilidad por alta traición de Dreyfus, condenándolo a cadena perpetua y expulsándolo del ejército.

Antes de su traslado al penal de la Isla del Diablo, una diminuta isla frente a las costas de la Guayana francesa, el oficial es protagonista de una ceremonia en la que le son arrancados sus galones y su sable es partido en dos, mientras una multitud febril corea gritos de “¡muerte! ¡muerte!”. El 21 de febrero de 1895, Dreyfus parte al exilio.

Ceremonia de degradación de Alfred Dreyfus.

Ceremonia de degradación de Alfred Dreyfus.

A más de 6.500 kilómetros de Francia, condenado de forma contundente por un tribunal militar y con el grueso de la opinión pública convencido de su culpabilidad, todo parece indicar que los días de Alfred Dreyfus llegarán a su fin recluido en una diminuta isla bañada por el Atlántico. Los esfuerzos de su hermano Mathieu por lograr la revisión del caso resultan en vano.

Incluso la comunidad judía de Francia “se mostraba ansiosa de que quedara en el olvido un asunto que había hecho crecer las pasiones antisemitas hasta extremos verdaderamente peligrosos”, según resalta el profesor Julio Gil Pecharromán en la revista Historia 16.

La defensa del condenado

Pero, como observa la profesora Concha Sanz Miguel en su obra Zola y Dreyfus. El poder de la palabra, “la historia se estremece cuando un grupo reducido de ciudadanos tozudos se dispone, con el único impulso de sus convicciones humanitarias, a convertir la trágica desventura de un inocente condenado en los que se conoce en los anales como el caso Dreyfus”. Y esos ciudadanos no tardaron en entrar en escena.

El primero de ellos es el comandante George Picquart, elegido responsable de los servicios secretos el 1 de junio de 1895. Menos de un año después de asumir este cargo, Picquart se hace con el borrador de un telegrama de Schwarzkoppen, dirigido a Charles-Ferdinand Walsin Esterhazy, que deja entrever que éste está facilitando información a la diplomacia alemana. Poco después, descubre con estupefacción que la caligrafía de este comandante de infantería resulta idéntica a la del memorándum que había servido para condenar a Dreyfus.

Picquart, convencido ahora de la inocencia de Dreyfus, expone su descubrimiento a sus superiores, que, para su sorpresa prefieren correr un tupido velo. “¿Pero a usted que le importa que ese judío siga en la isla del Diablo?”, le llega espetar el general Charles-Arthur Gonse, subjefe del Estado Mayor.

Para el Estado Mayor, asumir la culpabilidad de Esterhazy suponía reconocer el error que había supuesto la condena de Dreyfus. Y como observa Víctor Freyre en la revista Historia y Vida, “una vez cometida la injusticia, el propósito de los militares implicados era salvaguardar el honor del ejército a toda costa. Aunque fuese por encima de la verdad”.

Quienes se posicionan a favor de Dreyfus reciben las represalias del Estado y del pueblo

Empiezan a partir de entonces una serie de oscuras maniobras, hasta cierto punto con la connivencia del poder político -poco dispuesto a entrometerse en una guerra en la que tenía poco que ganar- para corroborar la traición de Dreyfus, acallar a quienes ponían en duda la versión oficial y librar de toda culpa a Esterhazy -hasta el punto de que aún hoy hay quien especula con si pudo ser un agente doble que filtraba información a Alemania de forma interesada para desviar su atención de temas de mayor relevancia.

Estos movimientos parecían dar frutos, pues, con la ayuda de la prensa de derechas, la opinión pública se lanza contra cualquiera que osa pronunciarse a favor de Dreyfus -los denominados dreyfusards– acusándolos de estar al servicio de los intereses del judaismo.

No sólo Picquart sufre el poder de la maquinaria antidreyfusard, que le supondría, primero, su traslado a una peligrosa misión en tierras africanas y, posteriormente, una penosa odisea judicial, con su encarcelamiento durante varios meses, acusado de haber falsificado las pruebas contra Esterhazy.

Otros muchos de los que se posicionan a favor de la revisión del caso sufrirán represalias similares en sus carreras, como el vicepresidente del Senado Auguste Scheurer-Kestner, que perdería su escaño en los siguientes comicios.

Pero lo cierto es que, poco a poco, los defensores de la condena de Dreyfus van comentiendo errores y deslices que sacan a la luz pública una serie de irregularidades cometidos durante el juicio, desvelando la falsedad de ciertas pruebas y facilitando argumentos para que las sospechas recaigan en Esterhazy.

Disturbios antisemitas según un grabado publicado por La Petit Parisien.

Disturbios antisemitas según un grabado publicado por La Petit Parisien.

Poco a poco, cada vez más personas se convencen de la injusticia de la condena de Dreyfus y reclaman la revisión del caso. Uno de ellos es el célebre escritor Emilo Zola, que dedica a este propósito una serie de artículos en el diario Le Figaro.

Pero el peso en la sociedad del antidreyfusismo es aún muy relevante, hasta el punto que Le Figaro acaba por cerrar las puertas a Zola, preocupado por la oleada de cancelaciones de suscripciones que provocan los artículos del escritor.

Por entonces, los responsables del Estado Mayor prolongan su farsa, promoviendo la celebración de un consejo de guerra contra Esterhazy del que sale absuelto. Ahora, los expertos calígrafos defenderán la tesis de que el memorándum no podía ser suyo, porque habría disimulado las características de su letra.

Zola toma la palabra

Esta sentencia será la que impulsará a Zola a publicar el célebre artículo titulado J’Accuse (Yo acuso, en español) el 13 de enero de 1898, hace ahora 120 años. El extenso texto, que copará la portada del diario L’Aurore, tomará la forma de una carta dirigida al presidente de la República, Felix Faure, en la que expone de forma sistematizada e interrelacionados todos los hechos, dudas y sospechas en torno al caso.

En el artículo, Zola no duda en acusar a oficiales del ejército, jueces militares y dirigentes políticos de haber promovido una abominable injusticia, ya sea por malicia, desidia o torpeza, tanto con la condena a Dreyfus como con la absolución de Esterhazy.

El escritor es consciente de que su osadía podía costarle problemas legales y no tardará en comprobarlo. Pocos meses después sería condenado a un año de cárcel y 3.000 francos de multa, ante lo que optó por exiliarse en Londres.

Y antes que el castigo judicial, recibió la reprobación popular. Como señala Pedro Carlos González Cuevas, para los líderes del antidreyfusismo el problema no era tanto él como sus defensores, “que, con sus ataques al ejército, ponían en peligro la propia existencia de la nación, su independencia”.

Tras su artículo, Zola es condenado a un año de cárcel y 3.000 francos de multa

El mismo día del artículo, una muchedumbre vociferante se manifiesta frente a su casa, profiriendo gritos contra Zola. En las semanas posteriores, sería objeto de un ataque con piedras, mientras algunas personas procedían a la quema pública de sus libros. Y en el momento de su condena estalló tal explosión de júbilo entre el público que, en palabras del político George Clemenceau, “si Zola hubiera sido absuelto, ninguno de nosotros hubiera salido vivo de allí”.

Portada de L'Aurore del 13 de enero de 1898.

Portada de L’Aurore del 13 de enero de 1898.

Con todo, el artículo había logrado su propósito principal: el caso Dreyfus volvía a situarse en la primera plana social y se convertiría en un asunto de Estado. “A partir de ese momento el caso cobra todos los tintes y proporciones de una guerra de religión. En la calle, las manifestaciones diarias y multitudinarias a favor de una u otra postura acababan casi siempre en batalla campal y, en Argelia y en provincias fundamentalmente, los barrios judíos eran asaltados por masas enfurecidas”, explica Sanz Miguel.

La prensa internacional también se hace eco del caso, tomando por lo general parte a favor de Dreyfus, e incluso varios países amenazan con boicotear la Exposición Universal que estaba prevista en París en 1900.

Tal y como Zola había escrito en Yo acuso, “la verdad está en marcha y nada la detendrá”. Poco a poco, las dudas sembradas por el escritor se van abriendo paso entre la opinión pública gala, que empieza a posicionarse a favor de la revisión.

Los gobiernos de la época no tuvieron más remedio que poner el affaire entre sus prioridades y, pese a las resistencias externas e internas acaban descubriendo la falsificación de varias de las pruebas utilizadas contra Dreyfus, lo que conduce a la detención de Hubert-Joseph Henry, oficial del Estado Mayor, como autor de las falsificaciones.

En ese momento, Henry aparece muerto en su celda; el general Raoul de Boisdeffre, dimite como jefe del Estado Mayor; y Esterhazy opta por el exilio. Los hechos parecían evolucionar a favor de los intereses de Dreyfus. Y, sin embargo, aún tendría que enfrentarse a muy duras pruebas.

Porque a estas alturas, el caso Dreyfus había trascendido todas las cuestiones relativas a un problema judicial y se había convertido en un elemento de confrontación política, “un instrumento que sirvió para definir, más o menos nitidamente, dos posturas claras en el espectro político: el ala izquierda (en la que socialistas, liberales y republicanos acercaron posiciones) y la derecha (que endurecía sus posturas y sentaba las bases que abrirían las puertas a los fascismos)”, escribe Freyre.

Para estos últimos nada parecía validar la revisión del caso. El propio Maurras defendió las falsificaciones de Henry como “uno de los más nobles hechos de guerra” y desde las filas del ejército surgían rumores sobre un golpe de estado que no puede desligarse de las tensiones generadas por el affaire.

El triunfo de la verdad

Nada de esto impidió que, finalmente, en 1899, Dreyfus fuera sometido a un nuevo consejo de guerra en el que, contra todo pronóstico -por entonces Esterhazy ya había reconocido en prensa ser el autor del memorándum-, será nuevamente considerado culpable, aunque “con circunstancias atenuantes”, por lo que su pena queda rebajada a diez años.

Con el deseo de poner fin al caso, el gobierno le concede el indulto, pero el oficial judío seguirá luchando por acreditar su inocencia, algo que logrará en 1906, cuando el Tribunal Supremo anula la condena contra Dreyfus, que es reintegrado en el ejército.

Zola había muerto cuatro años antes de que Dreyfus fuera declarado inocente

Para entonces, Zola ya había fallecido en la noche del 29 de septiembre de 1902, intoxicado por monóxido de carbono. Aunque para la justicia se trató de un accidente doméstico, la sospecha de asesinato envuelve aún su muerte.

Tal vez, Zola pudo pagar con su vida la osadía de su Yo acuso, sin tiempo para comprobar que, como el mismo había presagiado, la verdad acabaría imponiéndose, sin que las más burdas maquinaciones pudieran detenerla.

Tras de sí dejaba, eso sí, un país desgarrado por un debate que separó familias y acabó con viejas amistades y que dejó unas heridas profundas que acabarían causando profundos daños a Francia y a toda Europa, pues, como observa Gil Pecharromán, “del affaire surgió una derecha rearmada ideológicamente y dispuesta a combatir por todos los medios los procesos de democratización abiertos por la República radical. En cierta medida, el asunto Dreyfus está en el origen de la derecha totalitaria que se encarnaría en las diversas variantes del fascismo en la Europa posterior a la Gran Guerra”.