Le saludó, le estrechó la mano y conversaron. Hacía años que confiaba en poder verle. Por fin lo había logrado. Su interlocutor no paraba de disculparse y él de aceptar las disculpas. Todo olvidado. Fue el momento que tanto había esperado para encontrar alguna respuesta a todos los porqués que le habían atormentado durante años. El encuentro, en tono amable y reconciliador, terminó facilitándole su número de teléfono personal, casi como el de dos viejos amigos: «Cuando quieras puedes llamarme, perfectamente». Habían transcurrido más de tres décadas desde que secuestrado y secuestrador se habían visto por última vez, desde que el futbolista Enrique Castro Quini y uno de sus tres captores habían cruzado y marcado para siempre sus vidas por un puñado de millones de pesetas.

Ocurrió el 1 de marzo de 1981, justo mañana hará 37 años. ‘Quini’, el flamante último fichaje del F.C. Barcelona había terminado el partido que su equipo había librado en el Camp Now contra el Hércules: 6-0 a favor de los blaugranas, con dos goles del jugador asturiano. Camino de casa, ante de ir a recoger a su mujer al aeropuerto, al jugador lo interceptaron dos hombres que a punta de pistola se llevaron al jugador oculto en un vehículo.

Casi tres décadas después se reunió con uno de sus secuestrados, al que abrazó, perdonó y dio su teléfono; «Cuando quieras, llámame»

Habían pasado apenas cinco días desde que a España se le parara el corazón con un intento de Golpe de Estado en el congreso y ahora, uno de los jugadores más carismáticos del futbol español desaparecía. Aquel 1981 apuntaba ya hacia uno de los años más sanguinarios de ETA y el secuestro apuntaba hacia la banda terrorista. El fichaje millonario del jugador –más de 80 millones de pesetas de la época- auguraba un rescate cuantioso. Pero las reivindicaciones de la autoría comenzaron a sucederse entre grupos casi desconocidos a los que la policía dio poca credibilidad.

Tres parados

Mientras el fútbol español continuaba conmocionado y la policía explorando vías de investigación, el jugador pasaba los días en un zulo de un viejo taller en Zaragoza. Con una pequeña televisión por entretenimiento y una alimentación basada en bocadillos, sus tres captores preparaban ya el modo de exigir el rescate. La cifra, entre 80 y 100 millones de pesetas que habría que ingresar en una cuenta suiza. El día señalado, el 25 de marzo. Para entonces la policía había logrado que las autoridades suizas levantaran el secreto bancario e identificar al titular de la cuenta.

Sus captores fueron tres parados que fueron condenados a 10 años y una indemnización, a la que el jugador renunció

Detenido en el preciso instante en el que acudía a cobrarse el rescate por liberar a Quini, el desenlace del secuestro estaba cerca. Fue cuestión de horas el arresto de los tres integrantes de una banda inexperta de delincuentes en paro que habían visto en el rutilante fichaje millonario del futbol una presa fácil y rentable para salir de su atolladero económico. Detenidos y juzgados, la sentencia les impuso diez años de cárcel y el pago de una indemnización al jugador.

Pero Quini, que se reunió con uno de ellos tres décadas después, llegó incluso a ser comprensivo. Afirmó que la situación de necesidad puede llevar a una persona a tomar decisiones equivocadas y que a todo el mundo se le debe dar una segunda oportunidad. Renunció a aceptar la indemnización de sus secuestradores. Contaría años después que nunca lo maltrataron físicamente. Otra cosa fueron las secuelas psicológicas que en el dejó aquel cautiverio de 25 días.

«Como si no hubiera pasado»

El día de su liberación, el 25 de marzo, la selección española se impuso a Inglaterra en el Estadio de Wembley, con goles de Satrustegi y Zamora. Pero la alegría de un país que empezaba a acostumbrarse en exceso a las desgracias terroristas y políticas se elevó al infinito con la imagen de Quini, delgado, con barba de varios días y mal aspecto, abrazándose entre lágrimas con el entonces presidente del Barcelona, José Luis Núñez. Ese día, Quini pudo volverse a encontrar con los suyos, con su mujer, Nieves, quien jugó un papel esencial durante el periodo de cautiverio. El jugador pronto se recuperó y volvió a forma parte del F.C.Barcelona.

Quini afirmó hace unos años que el secuestro lo tenía casi olvidado, «como si no hubiera pasado»

Muchos años después, Enrique Castro Quini aseguró que el secuestro lo tenía prácticamente olvidado, «como si no hubiera pasado», que ya no formaba parte de su recuerdo frecuente como sí lo estuvo durante algún tiempo. En realidad fue él , sin saberlo, uno de los pioneros en los encuentros entre víctimas y verdugos, que hoy se exigen a los miembros de organizaciones criminales y terroristas para beneficiarse de una justicia restaurativa. Quini no lo hizo por ninguna ley o plan de resocialización de delincuentes, sino por propia necesidad de pasar página y perdonar. Así fue cómo dio la segunda oportunidad a sus secuestrados.

La vida aún le guardaba más momentos difíciles; la muerte de su hermano y un cáncer. Ambo episodios los logró superar con entereza, hasta que ayer, el corazón que le hizo grande incluso con sus propios secuestradores dijo que era hora de cambiar de equipo y campo.