La Iditarod se apoda a sí misma “La última gran carrera sobre la Tierra”. Los mushers con sus 16 perros parten desde Willow, al norte de Anchorage, y llegan a Nome, en el extremo occidental de Alaska, en el estrecho de Bering, unos 1.600 kilómetros después. El ganador más rápido de la historia, Mitch Seavey, los completó el año pasado en 8 días, 3 horas y 40 minutos. El más lento, Carl Huntington, tardó 20 días, 15 horas y 2 minutos en 1974. La edición de este 2018 arranca este sábado, 3 de marzo, y volverá a concentrar la atención mediática de toda la zona.

La carrera se disputa desde los años 70, pero nace con un telegrama enviado desde Nome por el doctor Curtis Welch el 22 de enero de 1925: “Una epidemia de difteria es casi inevitable aquí. Stop. Necesito urgentemente un millón de unidades de antitoxina contra la difteria. Stop. El correo es el único modo de transportarlas. Stop. Ya he hecho una petición al comisario de Salud de los territorios. Stop. Hay unos 3.000 nativos blancos en el distrito”.

Con un sistema de aviación todavía precario -en Alaska volaban por entonces sólo tres aviones-, el riesgo de transportarlas por aire se estimó demasiado alto. Se decidió establecer una expedición de relevos con los 20 mejores trineos del interior del Estado para que efectuaran el trabajo. Cada uno recorrió entre 30 y 85 kilómetros, con la excepción del equipo de Leonhard Seppala, que efectuó el antepenúltimo relevo entre Shaktoolik y Golovin. Fueron 146 kilómetros en condiciones infernales, en los que la expedición sobrevivió gracias a la pericia y el instinto de Togo, el perro líder del equipo.

Sin embargo, la fama ulterior se la ha quedado Balto, el alaskan husky que dirigía al conjunto que cubrió los últimos 55 kilómetros de la ruta. A día de hoy, tiene una estatua en Central Park: “Dedicada al indomable espíritu de los perros de tiro que se relevaron durante 1.000 kilómetros para llevar la antitoxina sobre hielo duro, a través de aguas traicioneras, y de tormentas árticas, desde Nenana para el alivio de la golpeada Nome. Resistencia. Fidelidad. Inteligencia”.

Estatua dedicada al perro de tiro Balto en Central Park, Nueva York.

Estatua dedicada al perro de tiro Balto en Central Park, Nueva York.

Lo que siempre fue un modo de transporte y supervivencia y después sirvió como heroicidad, ahora es un deporte y, también, un modo de vida. En Alaska, alejarse de Anchorage es comenzar a escuchar ladridos, silbidos, jadeos. El sonido de los kennels donde se cuida y entrena a los perros de tiro. La base del mushing, que nace del francés marche, gritado para que los perros comenzaran a correr y tirar del trineo. Después, ese sonido se transformó en mush y de ahí a la actualidad.

La Iditarod no es la única carrera de Alaska, pero sí una de las más duras -junto a la Yukon Quest International- y desde luego la más mediática. Atrae a medios y participantes de todo el mundo. Por su épica y estética, inspira libros y documentales. A su línea de salida se han acercado durante décadas mushers noruegos, finlandeses, italianos, franceses, rusos, australianos, jamaicanos… También españoles.

En 1998, el malagueño Juan Alcina, afincado ya entonces en Willow, se convirtió en el primer participante de nuestro país en la mítica prueba. Participó durante cuatro años consecutivos, y en el 2000, su mejor resultado, llegó a Nome 17º en 10 días, 2 horas y 34 minutos. En el camino, los participantes deben hacer algunas paradas obligatorias, de duración prefijada, y en el resto de checkpoints pueden elegir lo mejor para ellos y su equipo. En estos puntos intermedios a los perros se les examina, hay veterinarios y voluntarios que se encargan de transportarlos de vuelta a Anchorage en caso de que alguno no pueda continuar. Los equipos suelen llegar mermados a Nome, aunque ningún trineo puede continuar en carrera con menos de cinco animales tirando de él.

Ruta sur de la Iditarod, por la que discurrirá la carrera en los años 2018 y 2019.

Ruta sur de la Iditarod, por la que discurrirá la carrera en los años 2018 y 2019. IDITAROD TRAIL COMMITTEE

Tras el pionero Alcina, la participación española en la Iditarod se interrumpió hasta el año 2010. Y fue de manera casi accidental, cuando el madrileño Guillermo Antón, entonces con 16 años y en 1º de Bachillerato, decidió aceptar una beca de intercambio para estudiar durante unos meses en Alaska. “Llegué en agosto, pero no tenía ni idea de lo que era el mushing. No había visto ni la Pirena. Vivíamos en Chugiak, a 40 minutos de Anchorage. En el camino hacia allí vas viendo todo y poniéndote en situación”, recuerda ahora en conversación con El Independiente.

En ese camino no sabía quién conducía el coche que le transportaba a su nuevo hogar. Era Jim Lanier, un veterano nacido en Washington, criado en Fargo y asentado en Alaska desde los 70. Un histórico de la carrera: este 2018, a los 77 años, participará por 20ª vez en el titánico desafío junto a sus inseparables perros. Fueron lo primero que le enseñó a Guillermo nada más llegar a casa, antes siquiera de sacar el equipaje del maletero. “Al llegar escuchabas los ladridos de todos los animales, en el pueblecito hay un montón de kennels. Antes de dejar las maletas me enseñaron el suyo, con 55 perros. Me quedé loquísimo”, rememora Guillermo.

El adolescente español se empapó de la pasión de su anfitrión, entusiasmado por albergar, por fin, a un europeo interesado en ese deporte y estilo de vida. Lo llevaba a pescar, a hacer hikking, a montar en quad por las pistas de tierra. En noviembre, con la primera nevada, colocó a su pupilo en un trineo tirado por seis perros. Los animales, locos por ver el blanco de nuevo, un año más tarde, echaron a correr como fieras nada más soltar el ancla que sirve como freno. Guillermo se cayó al instante.

“Desde entonces hasta enero salíamos todos los días. En el instituto tenía más faltas que asistencias. En dos meses pasé de 0 a 1.000. Él me propuso correr una carrera y le acompañé a la Tustumena. Corrí la Junior, que eran 80 kilómetros, y quedé 2º”. Un mes más tarde, el joven madrileño que nunca había oído hablar de las carreras de trineos estaba participando en la Junior Iditarod, el equivalente juvenil de la carrera más dura del mundo.

Guillermo Antón, durante su participación en la Iditarod Junior en el año 2010.

Guillermo Antón, durante su participación en la Iditarod Junior en el año 2010.

Era un elemento absolutamente exótico. Del mismo modo que a la carrera adulta acuden profesionales de todo el mundo, la junior es coto reservado para los adolescentes locales. Lanier le llevó a cenar un día con la familia Redington, la impulsora de la competición desde sus primeros años. Le explicaron que era, a su manera, un pionero. Y a lo que se enfrentaba.

“Son unos 240 kilómetros. Desde Willow, igual que la senior. La junior hace el primer checkpoint, allí una parada de 8 horas, y de vuelta para Willow. En mi edición hizo un frío brutal. 30 bajo cero y un viento que cortaba. Ni lo sientes. Salías a primera hora de la mañana, llegabas al checkpoint de noche”, relata Guillermo. En la parada obligatoria debía descansar ocho horas. No lo hizo: “No duermes nada. Preparas la comida de los perros, les das la crema en las patas, les hidratas, hablas con el veterinario, comes tú… Cuando quedaban dos horas para poder irme llegó el último chico, que tenía 14 años, y le ayudamos en todo para que él pudiera descansar”.

En el regreso a Willow, pese a la fascinación que le había provocado la experiencia, pagó el esfuerzo: “Me quedé dormido de pie en el trineo, me caí y choqué contra un árbol. Tuve suerte, porque si no se me habrían marchado los perros”. A la meta llegó 5º y fue nombrado Mejor Novato del Año. Había esperándole una bandera española que la organización tuvo que pedir por Internet de forma urgente.

Guillermo Antón, en su llegada a la meta de la Iditarod Junior del año 2010.

Guillermo Antón, en su llegada a la meta de la Iditarod Junior del año 2010.

A Guillermo, la experiencia le inyectó un veneno que se le quedó dentro. Se inscribió con edad falsa para correr otra carrera de la zona, la Taiga 300. Y acompañó a su mentor en la salida de exhibición de la Iditarod senior, semanas más tarde. Al cabo de diez días fueron a recibirle a la llegada, en Nome, que se convierte en una fiesta: “Sólo hay un hotel, el resto de la gente se aloja en las casas de la gente, que las abre”.

Al volver a España buscó por todas partes cómo seguir ligado al mushing. Acabó contactando con Salva Luque, un apasionado que vive con su mujer y sus perros en Vinuesa (Soria), al filo de los picos de Urbión. Le acompañó durante meses, se fue con él al extremo norte de Noruega en furgoneta y lo documentó todo con la cámara. Estrenó hace meses Ladridos del Sur, que ha llenado salas incluso en Tenerife, donde se exhibió por primera vez.

Llamados por la épica del Gran Norte

Algo tiene esta carrera entre lo deportivo, lo titánico y lo místico, para atraer a curiosos de todo el mundo a toque de corneta. Le pasó a Félix Rodríguez de la Fuente, obsesionado con la prueba y el lugar desde que, de adolescente, leía los relatos de Jack London. El naturalista murió allí en 1980 a borde de una avioneta que había despegado de Unalakleet y se estrelló cerca de Shaktoolik, a donde se había desplazado con el equipo de El Hombre y la Tierra para grabar la octava edición de la monumental carrera. Con él fallecieron el director de fotografía Teodoro Roa, el ayudante Alberto Mariano Huéscar y el piloto, Warren Dobson. Poco antes de subirse al aparato, Félix pronunció una frase premonitoria: “Qué lugar más hermoso para morir”.

La llamada le ha llegado a otros muchos. La lista de participantes -mixta- está llena de historias de amor ciego por un territorio salvaje, tan atractivo como hostil. Tara Cicatello, 26 años y debutante en esta edición, periodista, llegó a Alaska con una beca para trabajar en la emisora KNOM. Fue precisamente cubriendo el final de una de las ediciones de la Iditarod cuando se enamoró del mushing.

Los ‘kennels’ dedicados puramente a la competición procuran que sus perros lleguen a la Iditarod con entre 4.000 y 6.500 kilómetros de rodaje durante el invierno

Zoya DeNure, 42 años, natural de Wisconsin, era modelo internacional antes de decidir que no quería volver a una pasarela, y que su lugar estaba en Alaska. Al poco de llegar allí se casó con John Schandelmeier, una leyenda del mushing local, y ahora ella es una veterana de la Iditarod. “El objetivo no es la competición sino el viaje, junto a los animales, a través de los poblados rurales de Alaska. Es un sueño hecho realidad”, dice desde Alaska preguntada por su motivación. “Las carreras de trineos de perros son el deporte estatal de Alaska y la Iditarod es el mayor evento del invierno. Tiene un gran impacto económico y social. Para los pueblos que atraviesa la carrera, la Iditarod y el torneo local de baloncesto son los dos grandes momentos”, subraya.

Junto a su marido gestionan el kennel Crazy Dog, en el que se hacen cargo de perros abandonados por sus dueños a los que rehabilitan y convierten en atletas de élite. Juntos han impulsado las políticas Best Care, para asegurar que los animales reciben el mejor trato posible antes, durante y después de las carreras. “La comunidad está dividida al 50% en torno a esto. A la mayoría de los equipos más competitivos no les gusta del todo, a los kennels más pequeños sí. A los touroperadores también, porque supone un potencial incremento de su negocio”, analiza Schandelmeier, que asegura que un kennel competitivo procura que sus perros lleguen a la Iditarod con entre 4.000 y 6.500 kilómetros de rodaje durante el invierno.

Una vez en carrera, no hay nada más importante que el perro. La propia Zoya, en la edición de 2013, protagonizó un ejemplo claro. Una hora después de salir de un checkpoint, sufrió el desmayo de uno de los animales de su cuerda. El siguiente estaba lejos y probablemente no llegaría: lo sacó del tiro, lo cobijó junto a ella en el trineo y dio media vuelta. Los veterinarios lo pusieron a salvo y el perro se recuperó sin problemas. Zoya, en vez de continuar, decidió volver con él y el resto hasta Anchorage.

Polémica animalista

La Iditarod no está exenta de fuertes críticas desde los grupos animalistas, con PETA a la cabeza. Constantemente exigen a los sponsors que retiren su apoyo a la competición. El año pasado encontraron gasolina: cuatro de los perros de Dallas Seavey, estrella del deporte y tetracampeón de la Iditarod (2012, 2014, 2015 y 2016), dieron positivo por sustancias potenciadoras del rendimiento. Dallas Seavey es hijo de Mitch Seavey, que ganó en 2004, 2013 y 2017. Cosa de familia. El asunto puso en el punto de mira la supuesta crueldad en el trato hacia los animales, su exposición a condiciones tan extremas. Y es cierto: hay perros que han muerto corriendo la Iditarod.

Este sábado, cuando arranque la carrera, la activista Fern Levitt aprovechará para hacer una protesta paralela y atraer la atención sobre su película Sled Dogs, que pretende denunciar los abusos contra los perros en este tipo de carreras y “acabar por completo con el mushing comercial”.

Preguntamos a John Schandelmeir si hay aspectos mejorables dentro del deporte: “Sí, pero la situación está mejorando”. Y carga contra PETA: “Es una organización financiada por sponsors. Cuantos más titulares consigan, más dinero atraen. La mayoría de seguidores serios de la carrera no les prestan mucha atención: predican para su coro”.

Guillermo, que ha forjado su pasión junto a leyendas del mushing, se indigna ante las acusaciones: “El cariño que tiene esta gente a sus perros es increíble. Tienen 50 y saben toda su historia, sus nombres, sus necesidades. El cuidado que tienen con ellos es el de atletas de élite. Se exigen parámetros obligatorios. Pasan todas las revisiones, tienen todas las vacunas básicas y muchas más… Durante la carrera, en cuanto un perro cojea paras inmediatamente, lo examinas y si no está en condiciones, se le coloca en el trineo y se le lleva al siguiente checkpoint para que lo revise el veterinario”. Durante las etapas, de hecho, se para periódicamente para atender a los animales, alimentarlos, hidratarlos, descansar y reemprender la marcha.

“Más cariño con un animal no lo he visto en ningún sitio del mundo. No es: quiero llegar a la meta. Es: quiero llegar hasta la meta con mis perros”, asegura. “Este tipo de perro lleva corriendo toda su vida, son hijos de perros que llevan corriendo toda su vida. En un trineo tienes el ancla para que no se vayan sin ti. Cuando ves a un perro que no está loco por correr, no corre”.