Salvador Dalí.

Salvador Dalí.

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Dalí, el hombre que sólo quería ser inmortal

Las mejores imágenes nacen de mentes tan libres que se desprenden de la racionalidad. De personas a las que el mundo se les queda tan pequeño que se montan uno paralelo, más acorde con sus pensamientos. Este fue el caso de Salvador Dalí, excéntrico hasta la locura, y que tiene su porqué en su historia familiar, en su Gala, en Cadaqués o en la muerte del primer Salvador Dalí.

Así lo recoge el documental Dalí. En busca de la inmortalidad, dirigido por David Pujol, que recorre toda la vida del pintor catalán y nos adentra en las entrañas de sus miedos, de su ego, de sus complejos y de su carácter. Salvador Dalí nació en Figueras en 1904, nueve meses después de que su hermano, también Salvador, muriese a consecuencia de un catarro mal curado con apenas dos años.

Decían que nos parecíamos como dos gotas de agua, pero dábamos reflejos diferentes»

Fue la constante comparación que hacen sus padres entre ambos hijos, y que su padre le asegurase constantemente que él era la reencarnación de su hermano, lo que lleva al pintor a desarrollar una personalidad excéntrica, llamativa, para «demostrarles que estaba vivo». «Decían que nos parecíamos como dos gotas de agua, pero dábamos reflejos diferentes… Mi hermano era probablemente una primera visión de mí mismo, pero según una concepción demasiado absoluta», aseguró.

Aparece así un carácter y un comportamiento peculiar que le acompañarían desde su infancia y que fascinaban a su hermana pequeña, Anna María. A través de ella el documental narra como la familia Dalí pasaba sus veranos en Cadaqués, en una amplia casa familiar donde Salvador pasaba los días pintando utilizando a su hermana como modelo. Y cómo fue en aquella residencia donde Salvador descubre la pintura y la practica de sol a sol.

La familia de Salvador Dalí en Cadaqués.

La familia de Salvador Dalí en Cadaqués.

«No hacía como el resto de los chicos, él no tenía vacaciones. Mi madre vio rápidamente que Salvador tenía un don y le ayudó a trabarlo», aseguraba su hermana, tal y como recoge la cinta que se proyecta en 63 salas de cine el 17 y 18 de abril. Pintaba con tanta perseverancia que con tal sólo 14 años entró a formar parte de una pequeña exposición en Figueras, donde se expusieron varios carboncillos de su casa de Cadaqués. En aquella época la inquietud artista ya azotaba con fuerza la cabeza de Salvador y un par de años más tarde, mientras cursaba el bachillerato, editó junto a varios amigos una revista que incluía dibujos, poemas y ensayos sobre Leonardo da Vinci o Francisco de Goya, artistas que convirtió en referentes.

Su obra, por aquel entonces, era de una armonía convencional, de colores cálidos, era agradable, acogedora. Pero en 1921, cuando Salvador tenía 16 años, muere su madre de un cáncer de útero y su padre no tarda en casarse con la hermana de ésta, algo que trastoca al joven Dalí que no tarda en buscar su formación lejos de casa. Esto le llevó a la Academia de San Fernando y a la Residencia de Estudiantes. A Luis Buñuel, a Federico García Lorca, a Pepín Bello. A un Madrid que se agitaba ante el arte joven y que le acogió con dulzura.

Allí comenzó a realizar pinturas cubistas, influenciado por revistas internacionales. Ilustró su primer libro y fascinó al resto de sus compañeros tanto por su personalidad como por su arte. Su ego creció a la par que su admiradores y cuando le quedaban unos meses para acabar la carrera en la academia fue expulsado por asegurar que nadie estaba en condiciones de examinarlo.

Luis Buñuel y Salvador Dalí.

Luis Buñuel y Salvador Dalí.

Tras esto, se fue a París con Buñuel. Ahí tomaron contacto con Picasso, con Miró, empezaron a relacionarse con los surrealistas de la mano de Breton y crearon la que ya es una escena icónica del cine, la cuchilla rajando un ojo del cortometraje Un chien andalou, donde se ve que el surrealismo ya se ha apoderado de Salvador. Apareció en él otro tipo de arte, más crudo, más desgarrador. «Ese movimiento le cambia a él y a sus cuadros. Ya no vuelve a ser el mismo y ese aire gris lo trae a nuestra familia», aseguraría su hermana cuando en 1929 Salvador va a pasar el verano a Cadaqués con alguno de sus miembros.

Paul Éluard y su mujer, Gala, fueron parte de los invitados. Gala se quedó una semana más que su marido y Salvador y ella acabaron locamente enamorados. El poeta asumió el abandono, aunque no entendía que le dejasen por un artista diez años más joven que ella, lleno de ruidos y que todavía no era reconocido, por lo menos, no tanto como él.

Tampoco lo entendió su familia, que no vio bien la relación del pintor con una mujer mayor y casada. Eso, sumado a que no estaban de acuerdo con la vertiente surrealista que había tomado, por considerar el movimiento una degeneración moral, y tras ver en los periódicos la obra de Dalí con la frase: «En ocasiones, escupo en el retrato de mi madre para entretenerme», provocó que las relaciones se rompieran hasta el punto de que su padre le prohibió la entrada en Cadaqués y le desheredó, tal y como muestran en el documental.

En ocasiones, escupo en el retrato de mi madre para entretenerme»

Pero esto no paró a Salvador, que tras el rechazo familiar, se compró una pequeña cabaña de 22 metros cuadrados a pocos kilómetros de la casa familiar, en la bahía de Portlligat. El lugar que se convertiría, con el paso de los años y tras muchas ampliaciones, en la casa de Gala y Dalí, que se casaron en 1934 por lo civil, sin contar con la familia de Salvador, con la que no volvió a tener relación hasta 1935.

Pero estalló la Guerra Civil y el matrimonio se fue a París, luego la II Guerra Mundial y ambos embarcaron a Nueva York. Fue en esta ciudad en la que Salvador se convirtió en algo parecido a una estrella de cine y desarrolló su faceta de escritor. Su excéntrica genialidad comenzaba a llenar museos, galerías e incluso desencadenó guiones de cine, prólogos de catálogos y una novela. Sus amistades eran actores, actrices, poetas, escritores. Tocó la fama como nunca antes y volvió a su casa en Portlligat en 1949, buscando una existencia más mundana.

En ese momento su nivel económico le permitía vivir relajado y creó en aquella bahía un centro artístico. Todos sabían donde se encontraba Salvador y Dalí recibía a todo el mundo. Allí continuó experimentando. Se dio a las performance, a crear delante de la gente, a grabar y a hacer de aquel lugar una auténtica obra de arte. Los meses los pasaban entre Cataluña, Francia y Estados Unidos, aunque su sede oficial estaba en la costa catalana.

Salvador pasó así gran parte de la dictadura en España, algo que provocó grandes críticas entre sus amigos surrealistas, hasta el punto de que Breton no quiso que una obra suya entrase a formar parte de la Exposición Internacional Surrealista de Nueva York, en 1960. Algo que no le perturbó que durante esos años se interesó por la ciencia, las matemáticas, volvió a zambullirse en su miedo atroz a morir, que le llevó a pensar en congelar su cuerpo, y se convirtió en un referente para los artistas del pop art.

Gala, siempre sumergida en ese misterio que provocan las personas que no hablan y harta de tanta atención, buscó un lugar para refugiarse y en 1969, cumpliendo una promesa que le había hecho en Italia en 1935, Dalí le regala un castillo, el Castillo de Pubol. A este el pintor solo podía acudir si ella se lo pedía por carta. «La intimidad limita la pasión, esto aumenta la pasión», aseguró Gala, tal y como se refleja en el documental, que a los pocos años comenzó a dar síntomas de debilidad.

En 1981 Dalí preveé lo peor y se pone manos a la obra. Construye dos tumbas en el sótano de Pubol. Uniendo las dos, un agujero para que las manos de ambos se entrelazasen para siempre. Gala murió en 1982 y la mitad de Dalí se fue tras ella. Desde entonces, el pintor catalán no quería salir a la calle, no quería ver a nadie, no quería pintar.

El 23 de enero de 1989, mientras escuchaba Tristán e Isolda, de Richard Wagner, se apagó. Su cuerpo fue enterrado en la cripta de Figueras, situada en su casa-museo, al otro lado de la iglesia de Sant Pere, donde había sido bautizado. Quiso cerrar el círculo, ser inmortal, y se olvidó de que Gala le esperaba aún con la mano abierta.

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