Adicciones llevadas al límite, depresiones post-parto, trastornos de bipolaridad, afiliaciones políticas extremas… las grandes creaciones literarias tienden a ser consecuencia de grandes desastres. En la poesía, sobre todo, es cuando el sentimiento quema cuando la obra consigue desgarrar al lector.

Por eso, son las grandes voces de la poesía las que han pasado los desastres más profundos. De nuestro loco nacional, Panero, a Anne Sexton o Ezra Pound. ¿Qué le pasó a estos autores?

Leopoldo María Panero (1948-2014)

Cuando le volvían a dejar en el psiquiátrico gritaba: «No me abandonéis». Estuvo encerrado más de treinta años pero era una pena autoimpuesta. Antes, cuentan, había sido despreciado por propios y ajenos. Su familia, hijo de Leopoldo Panero, poeta afín al franquismo, le había provocado muchos desajustes. Las drogas, del alcohol a la heroína sin dejar ninguna de por medio, habían hecho el resto.

Se acuerdan de él por el barrio madrileño de Malasaña. De calle en calle y de bar en bar. Le dejaban entrar en pocos. Quizá no sabían con quién estaban tratando. Era el último poeta maldito. Era Leopoldo María Panero. La mente brillante que escribía con fuerza y rabia. El hijo que despreció a sus padres casi tanto como los quiso. El miembro de la izquierda radical que pasó varias noches en la cárcel por la ley de vagos y maleantes. Un genio que había decidido encarcelarse, tras pasar varios años en Modragón, en Las Palmas de Gran Canaria, donde en sus ratos libres iba a la Universidad, el único sitio en el que nadie le hacía sentirse un despojo.

«Vivo dentro de la fantasía paranoica del fin del mundo y no solo no quiero salir de ella sino que pretendo que los demás entren. Todas mis palabras son la misma que se inclina hacia muchos lados, la palabra FIN, la palabra que es el silencio, dicha de muchos modos», aseguró en la introducción de un recopilatorio que reunía a su generación, los Novísimos, que también le habían dado por perdido.

Leopoldo María Panero.

Leopoldo María Panero

Pero para entender a Panero hay que conocer a su familia. Su madre, Felicidad Blanc, nunca hizo honor a su nombre. Absorbida por un marido de cierta tiranía, siempre dijo que no sabía qué hacer con su hijo mediano. Él le devolvió el golpe en el documental El desencanto. «A mi desoladora madre, con esa extraña mezcla de compasión y náusea que puede solo experimentar quien conoce la causa, banal y sórdida, quizá, de tanto, tanto desastre». Un desastre que le llevó al más frío de los infiernos. Cómo aseguró el periodista de El Mundo Manuel Llorente: «Escribía con la gracia del Diablo».

Panero murió en el manicomio. Tan solo que cuando le preguntaron qué era lo que se iba a hacer con su cuerpo se dieron cuenta de que nadie iba a tomar esa decisión. Tan solo y tan desequilibrado que los periódicos lo bautizaron como el último poeta maldito, quizá el único auténtico.

Anne Sexton (1928-1974)

Se puso un abrigo de piel, se sirvió el tercer vodka y encendió su Cougar rojo. Le dio a on a la radio y se fue quedando dormida, el monóxido de carbono acabó con la poeta que había vivido entre la más profunda depresión y el más alto de los reconocimientos.

Pero Sexton no siempre fue poeta y, más aún, no siempre vivió en la oscuridad. Se casó joven, abandonando su estudios, enamorada. Era rápida, cálida, guapa a rabiar pero todo se derrumbó. Fue tras el nacimiento de su primera hija cuando el mundo se le ennegreció. Cayó en una depresión postparto, tan profunda, tan oscura, que tuvo que ser internada en el hospital Westwood Lodge. Lo volvió a intentar, pero tras el nacimiento de la segunda el patrón fue similar, incluso más duro. En 1955, en día de su cumpleaños, intentó suicidarse. Sería la primera vez.

Para intentar salir de la tristeza se puso a escribir y, aunque no mejoró, su obra fue un espectáculo. Cientos de poemas que deslumbraron al público y a la crítica, incluso se hizo con el Pulitzer de poesía en 1967. «Muerte, / necesito mi pequeña adicción a ti, / necesito esa vocecita que, / hasta cuando asciendo desde el mar, / toda una mujer, completa, / dice mátame, mátame», escribió desde la angustia más plena.

La poeta Anne Sexton.

La poeta Anne Sexton.

Su poesía confesional la llevó a rodearse de los grandes, incluida Sylvia Plath, a la que conoció en el taller de Robert Lowell y con la que compartía pasiones, miedos y la ausencia de una necesaria figura paterna. Cuando Plath decidió quitarse la vida metiendo la cabeza en el horno, Sexton le escribió: «Ladrona. ¿Cómo te has metido dentro, / te has metido abajo sola / en la muerte a la que deseé tanto y tanto tiempo?».

Pero ella  aún no estaba preparada. Siguió escribiendo poemas como Menstruación a los cuarentaEl abortoLa balada de la masturbadora solitaria o En celebración de mi útero. Poemas que escandalizaron a la sociedad burguesa de la época. Los que la conocieron aseguraban que era una contradicción en sí misma. La perfección por fuera, el desastre interno. Se convirtió en un ser marginal y, en 1974, sin saber que lo suyo era un trastorno bipolar, quiso acabar con tan poca felicidad. Lo hizo como era ella, preciosa por fuera, perfectamente vestida, pero mostrando el absoluto desastre que tenía dentro.

Ezra Pound (1885-1972)

Condenado por traición, Hemingway evitó que le cayese la pena de muerte y que pasase su condena en un manicomio. La estancia no fue corta, pasó 12 años encerrado en el Hospital St. Elizabeth, de 1946 a 1958. No estaba loco, o sí, pero no tanto. El problema de Pound fue su constante necesidad de llamar la atención, de ser el centro de cada reunión, el mejor poeta, el más desequilibrado. Por eso, durante la II Guerra Mundial, se posicionó a favor de la dictadura italiana de Benito Mussolini y el problema es que lo hizo en público.

El poeta Ezra Pound.

El poeta Ezra Pound.

El poeta más perdido de la Lost Generation fue acusado de traición a la patria y condenado. Pero todos los años que pasó en aquel manicomio los utilizó para escribir. Lo hacía constantemente, como intentando pensar que el encierro era autoimpuesto para poder trabajar. Finalizó The Cantos, además de traducir a Confucio. Fue visitado por  T. S. Eliot, Marianne Moore o William Carlos Williams. Incluso Elizabeth Bishop le llevaba libros y fruta, lo único que Pound aceptaba de sus invitados.

Así fue denostado, olvidado. Pero antes de su estancia en el centro psiquiátrico había absorbido y generado una excelente literatura. Muy influenciada por la medieval y la filosofía ocultista y mística neo-romántica, pretendía acercar la poesía antigua para ponerla al servicio de las tendencias modernas. El crítico Hugh Kenner dijo tras encontrarse con él: «He tomado de repente conciencia de que estaba en el centro del modernismo». Pound era un loco, pero no un maníaco, y se convirtió en una especie de mito.

Cuando consiguió salir del manicomio, con la condición de irse a vivir a otro país, dijo que se iría a Brasil. A los poco días desembarcó en el puerto de Nápoles y levantó el brazo, haciendo el saludo fascista.

Sylvia Plath (1932-1963)

Su cabeza entró en bucle y el lunes 11 de febrero de 1963 hizo el desayuno a sus dos hijos, encendió el horno y metió la cabeza. Se suicidó dejando atrás una vida que nunca vivió al completo. Una felicidad condicionada a recuerdos. Murió después de quedar con Ted Hughes y que él volviera a casa con Assia, la mujer por la que le había abandonado.

Fue el último de los intentos, su victoria. Desde su primer año en la carrera la gran poeta había vivido en el filo de la alegría y la depresión. Al empezar sus estudios intentó suicidarse por primera vez y cuando la ingresaron en un hospital psiquiátrico la trataron con electroshock. «Morir es un arte que hago extraordinariamente bien», llegó a asegurar.

La historia de Plath es la historia de una niña prodigio que perdió a su padre sin haber llegado a los diez años. Esta ausencia marcó para siempre su vida, sobre todo por el comportamiento que adoptó su madre desde ese momento. «Mi tragedia es haber nacido mujer», declaró la poeta que consideró que la sociedad le pedía quedarse en un segundo plano.

Sylvia Plath y Ted Hughes

Ted Hughes y Sylvia Plath en Concord (massachusetts), diciembre de 1959. Fotografía del libro Diarios completos editado por Alba Editorial.

Su vida mejoró cuando en los últimos años de carrera conoció a Ted Hughes, también poeta, del que se enamora locamente y con el que se casa. Al poco tiempo de formalizar su relación tienen un aborto y, además, Sylvia ve a su marido en actitud cariñosa con una alumna. Ted y ella consiguieron por fin tener hijos, pero al pasar dos años del nacimiento del segundo él se fue con otra mujer y Plath decidió abandonarlo todo.

No ha sido la única de su familia en pasar por lo que hoy se conoce como un trastorno bipolar. Sus dos hijos, Frieda y Nicholas, fueron víctimas de la misma enfermedad. Frida consiguió manejarla y se convirtió en una importante columnista británica. Nicholas se fue a vivir sólo a Alaska y se suicidó en el años 2009.

Alfonso Cortés (1893-1969)

«Papá, no sé lo que me pasa, pero me siento como que no soy yo, me parece que soy el Papa o el antiPapa. Se me vienen unas ideas horribles, no puedo dormir». Así intentó explicarle Alfonso Cortés a su padre lo que ocurría. Fue en 1927, tenía 34 años, y fue la última vez en su vida que estuvo lúcido. El poeta nicaragüense padecía esquizofrenia, se había vuelto totalmente loco.

«Al principio pasó períodos de meses con los ojos herméticamente cerrados sin que hubiera fuerza capaz de hacérselos abrir, otros períodos con la boca herméticamente cerrada sin querer probar bocado, y otros en que no dormía», aseguró el escritor y poeta Ernesto Cardenal. Desde aquel día, hasta 1944, estuvo encerrado y muchas veces le ataban por la cintura a una viga en el techo, en el sótano de la casa de su familia, la misma casa donde Ruben Darío había pasado su infancia.

El poeta Alfonso Cortés.

El poeta Alfonso Cortés.

Al ver que no podían hacerse cargo de él, lo enviaron, en 1944, internado al hospital de enfermos mentales de Managua. Sería durante ese periodo en el que sus poemas destacan con fuerza. La canción del espacio y La ventana le encumbraron. Incluso los colegios llevaban a los alumnos a verle al psiquiátrico, era el poeta loco, «el más poeta de los locos», aseguraban.

De ahí pasó a otro centro en Costa Rica y aseguran que en muchos de sus episodios críticos hablaba de Rubén Darío. Aseguran que decía que quien era ese poeta para creerse mejor que él y que pedía que le transmitieran ese mensaje. Murió en 1969, dejando una frase célebre. «Ser o no ser no era la cuestión. La cuestión es salvarse»

Janet Frame (1924-2004)

Hija de un ferroviario que durante años pegó a uno de sus hijos y de una enfermera que pertenecía a una secta católica, Janet Frame nació para vivir una vida de desgracias. Dos de sus hermanos se ahogaron, otro padecía epilepsia y a ella le diagnosticaron erróneamente esquizofrenia.

Por esa mala valoración, Frame pasó ocho años en el manicomio y le faltó poco para que le realizaran una lobotomía. Fue un premio literario la que le salvó el cerebro y la que le llevó a casa de Frank Sargeson. La escritora neozelandesa vivió algún tiempo en la cabaña del jardín de este escritor relacionado con la gay liberation, donde escribió Las lechuzas lloran y donde cogió fuerza para irse a Inglaterra a pasar siete años.

La poeta neozelandesa Janet Frame.

La poeta neozelandesa Janet Frame.

Sería en Reino Unido donde tuvo el valor de escribir Jardines perfumados para los ciegos, en la que hablaba de una mujer que había estado interna 30 años en un neuropsiquiátrico. También sería en este país donde le confirmaron que no era esquizofrenia, que solo tenía una mezcla de timidez y excentricidad que le llevaba a querer permanecer en soledad más tiempo del considerado adecuado por los demás.

Con el diagnóstico correcto volvió a Nueva Zelanda y fue varias veces uno de los nombres sonados para el Nobel de Literatura. «Debido a sus 10 años de experiencias en hospitales psiquiátricos se identificó más con los marginados de la sociedad», aseguró su biógrafo Michael King sobre la que fue considerada la segunda mejor escritora de su país, siempre por debajo de Katherine Mansfield.