En tan sólo un mes el mundo se dio la vuelta. El antiguo dicho de «cuando París estornuda, Europa se resfría», se hizo más certero y más internacional que nunca. El mayo francés de 1968 cambió el mundo y fue el detonante de muchos de los derechos que hoy consideramos fundamentales, de un cambio de mentalidad que cimentó nuestro actual concepto de la igualdad, del trabajo, del mundo.

Todo comenzó meses antes, en enero de ese mismo año. François Missoffe, ministro de Juventud y Deportes del Gobierno Pompidou, inauguró una piscina en la Universidad de Nanterre y a la salida un conjunto de estudiantes le estaba esperando. Se encontró con reproches acerca de su libro blanco sobre «la situación material y sociológica de los estudiantes».

Le abuchearon por no incluir «el tema sexual». Los gritos más fuertes fueron los del joven Dany el rojo, en ese momento un chico desconocido, pero que se convertiría en el líder de todo el movimiento. El 22 de marzo un grupo de estudiantes se encierra en la Universidad de Nanterre. No estaban de acuerdo con las normas internas del centro de estudios. No fue una gran protesta, pero fue la que dio origen al movimiento 22 de marzo, el que fue el referente de todo lo que ocurriría después.

Al presidente Charles de Gaulle el pueblo se le levantó y lo hizo inesperadamente

A estas le siguieron alguna que otra pequeña protesta. Y el 12 de abril Dany el rojo fue detenido y comenzaron los enfrentamientos. Esa noche el barrio latino se convirtió en el escenario de una batalla campal entre los jóvenes estudiantes y la policía y el 3 de mayo las detenciones se realizaron en masa, desembocando, siete días después, en lo que se conoce como la noche de la barricadas. Coches dados la vuelta, contenedores incendiados. Al presidente Charles de Gaulle el pueblo se le levantó y lo hizo inesperadamente.

Dany el rojo.

Dany el rojo.

Pero, ¿qué le pasaba a Francia a finales de los sesenta? La aceleración del éxodo rural, el aumento del nivel de vida, los jóvenes llegando en masa a las universidades… Francia vivía un momento dulce y «Francia se aburría», como bien aseguró Pierre Viansson-Ponté en el diario Le Monde a mediados del mes de mayo. Ese «aburrimiento» y la influencia del movimiento hippie provoca en aquellos jóvenes una inquietud hasta ese momento inexistente. Aborrecen la sociedad de consumo, buscan mayor libertad sexual, mayor igualdad entre hombres y mujeres, situaciones laborales más agradables.

Por eso, al poco tiempo, grupos de obreros industriales, sindicatos y el Partido Comunista francés se suman a las protestas, se unen a lo más parecido a una revolución que París vivía desde hacía décadas. El 7 mayo, 30.000 personas recorrieron París. Las pancartas pedían «imaginación al poder», exigían «lo imposible» porque lo consideraban alcanzable.

Gritaban por un cambio, por una sociedad distinta y el día 13 de ese mismo mes se produce la huelga general más secundada de la historia de Francia, casi 10 millones de trabajadores pararon e hicieron temblar al país. Los controladores aéreos, los trabajadores del carbón, del transporte, del gas, de la electricidad y, incluso los periodistas, se unieron al parón. El día 15 es el día de la ocupación del Teatro Odeón. Todo ha estallado y todos iban a una. O eso parecía.

Dany el rojo viajó a Alemania con dos periodistas del Paris Match. Vendió su discurso. Le compraron la revolución. Y Francia le prohibió la entrada al país. París, al ver a su líder en un exilio impuesto, ardió. Pero la cabeza de De Gaulle dio con la clave para dividir al pueblo. Otorgó más derechos a los trabajadores.

Sartre durante el mayo del 68.

Sartre durante el mayo del 68.

El 27 de mayo, todavía con la gente en la calle, se firmaron los Acuerdos de Grenelle entre el Gobierno, las patronales y los sindicatos: se elevó el salario mínimo un 35%, el medio en un 12%, acordaron una semana laboral de 40 horas y se «aceptaron» las secciones sindicales dentro de las empresas. El presidente de la República se hizo con una parte de los protestantes pero los estudiantes pedían más. Como dijo Jean-Paul Sartre, uno de los intelectuales que se animaron a aquella revolución, les pedían «que la imaginación llegase al poder».

El 30 de mayo, el presidente se dirigió al pueblo. No pensaba dimitir pero convocó elecciones anticipadas en un plazo máximo de 40 días. Se puede decir que la llama se apagó. Todo se diluyó cuando la derecha volvió a hacerse con el poder y pareció que nada había tenido sentido. Los trabajadores volvieron a sus puestos, los estudiantes a sus aulas y el gobierno se estabilizó. Pero en 1969, con De Gualle otra vez al mando, este convocó un referéndum para aprobar un plan de reformas. Aseguró que si el pueblo no le apoyaba se iría. Y se tuvo que ir.

Quizás las consecuencias políticas, medidas a corto plazo, no fueron lo que se esperaba. Pero aquel mayo francés, que ha llenado canciones, libros, que ha generado lemas inmortales, movilizó a la juventud de medio mundo y provocó una reflexión en los políticos. Puede que más por obligación que por empatía comenzaron a hacerse preguntas distintas y encontraron mejores respuestas.