Cuando Frida Kahlo se casó con Diego Rivera éste le prometió serle leal. La fidelidad para el pintor mexicano era un imposible y la entonces aspirante a artista asumió ese compromiso como la única manera de vivir con él. Era mucho más joven que el gran artista centroamericano y todavía el mundo de la pintura no le había tendido la mano con fuerza. Pero pasaron los años, siempre con Rivera saltando de cama en cama, y Frida se hizo fuerte.

Su arte empezó a provocar adeptos. Y cuando Diego se acostó con la hermana de Frida, ésta se separó, se cortó el pelo, se quito las ropas femeninas que tanto le habían gustado a su marido, se vistió de hombre y escribió sobre uno de sus autorretratos: “Mira que si te quise, fue por el pelo, ahora que estás pelona, ya no te quiero”.

'Autorretrato con pelo corto', de 1940.

‘Autorretrato con pelo corto’, de 1940.

Se liberó de él y de todo. El dolor se le hizo tan insoportable que buscó amparo en ella misma. Pero al poco tiempo, con Frida cada vez más enferma y Diego destrozado por haberla perdido, se volvieron a casar pero con otras reglas: no habría relaciones dentro del matrimonio. Y lo más importante: Frida sería independiente económicamente. A partir de ese momento la casa se pagaría a medias y ella viviría de su pintura. Se despojaba del paraguas que suponía Rivera para ella. Volaba. “Pagaré lo que debo con pintura y después, aunque trague yo caca, haré exactamente lo que me dé la gana y a la hora que quiera”, le escribió.

La libertad sexual que Diego Rivera quiso impregnar en su mujer se le dio la vuelta. La empujó a descubrir nuevas experiencias y ahora era ella la que quería disfrutar y hacerlo sin el consentimiento de su marido. Le juró lealtad y le fue tremendamente infiel. “Frida y Diego sólo fueron fieles a México, a la pintura y a ellos mismos”, asegura Susana M. Vidal en Efecto Frida, un libro que recoge por capítulos las razones por las que esta mujer se ha convertido en un referente del feminismo y del arte.

En esta publicación indaga en la relación de Kahlo con Rivera, en cómo el desprecio de él provocó que ella creyese más en su arte, en su persona, en sus capacidades. “Quizá esperen oír de mí lamentos. De lo mucho que se sufre con un hombre así. Pero yo no creo que los márgenes de un río sufran por dejarlo correr”, asegura. Aunque años más tarde, ella comenzó a ser agua.

Sus amantes, los de ella, fueron muchos. Desde Trotsky a Jacqueline Lamban, de Isamu Nojuchi a Tina Modotti. Su marido prefería mantenerla distraída con relaciones homosexuales, que le molestan menos. Pero Frida, como dice la autora, “se encaprichó tanto de hombres como de mujeres”.

“El secreto de su matrimonio no estuvo en el amor, ni en la entrega, ni en la pasión. El secreto fue la total y profunda admiración  y el respeto que se tenían como artistas y como seres humanos”, asegura M. Vidal. Como admitió Rivera en una entrevista con Elena Poniatowska: “Tuve la suerte de amar a la mujer más maravillosa que he conocido. Ella fue la poesía y el genio mismo. Desgraciadamente, no supe amarla a ella sola, pues he sido siempre incapaz de amar a una sola mujer. Dicen mis amigos que mi corazón es multifamiliar”.