La guerra la organizan los adultos, pero la hacen los niños” (Morir para contar).

Afganistán cambió su vida para siempre. En 2012, Hernán Zin (Buenos Aires, 1971) estaba grabando un reportaje con Jon Sistiaga para Canal Plus sobre los desactivadores de bombas. De pronto, sin saber por qué y sin venir a cuento, sufrió un ataque de pánico. “Mi cabeza explotó. Estaba en un blindado, con el chaleco antibalas, dos cámaras, cascos, me saqué todo, me bajé y fui caminando en medio de la guerra. Me podían haber matado, hiperventilaba, pensé que me moría. Desde ese momento, mi cerebro generó un rechazo a todos los espacios pequeños. En vez de decirme no vayas más a la guerra, mi cabeza me impidió meterme en lugares reducidos. Tardé cinco años en darme cuenta que aquello había sido un ataque de pánico”.

En ese lustro de angustia, de no saber que hacer, de no poder trabajar como hasta entonces, surgieron dos documentales: Nacido en Siria (2017) y Morir para contar (2018). En su último trabajo, Hernán Zin bucea entre el dolor y los miedos de reporteros que han perdido a compañeros en las guerras de Bosnia, Sierra Leona, Irak o Afganistán y por los traumas de los que han sido secuestrados por el ISIS o heridos en Siria. Morir para contar, que se estrenará en salas el próximo 22 de noviembre, surge como un retrato brutal y desgarrador de las consecuencias de la guerra.

Morir para contar aterriza en las salas comerciales avalado por el primer premio de la sección dedicada al documental español en la pasada edición de la Seminci 2018 de Valladolid, además del premio al mejor documental en Montreal World Film, galardones que se suman a la buena acogida que obtuvo el documental en el 21th Shanghai International Film Festival, en el 58th Krakow Film Festival 2018 y en el  México International Film Festival 2018 donde obtuvo la Palma de Plata

Tuve una depresión, sólo pensaba en suicidarme. No entendía lo que me pasaba”

Hernán Zin se reinventó por culpa del miedo. “Tienes cuarenta y pico de años, llevas 20 años haciendo lo mismo y la cabeza dice basta. Tuve una depresión, sólo pensaba en suicidarme. No entendía lo que me pasaba. Rodar Morir para contar, para mí, ha sido catártico. Me ha obligado a enfrentarme a todos mis fantasmas”.

Los reporteros de guerra llevan grabado a fuego no hablar de ellos mismos. Ellos sólo se ocupan de las víctimas. Esta vez, no. Esta vez los protagonistas son ellos. Redactores, cámaras y fotógrafos, a tumba abierta. Conscientes de que van a pagar un precio, alto o bajo, pero un precio al fin y al cabo. Profesionales como Gervasio Sánchez, Javier Espinosa, Mónica G. Prieto, Ramón Lobo,  Manu Brabo, Roberto Fraile, Maysun, David Beriain, Carlos Hernández, Antonio Pampliega, Mónica Bernabé o Javier Bauluz, uno tras otro, van desnudando sus sentimientos para armar un documental que se convierte en la historia de los últimos 30 años de actualidad contada desde el punto de vista más íntimo.

Morir para contar

Hernán Zin graba en el hospital a una menor que quedó tetrapléjica en un bombardeo.

Zin se emperró en desvelar el sufrimiento de sus compañeros, quiso revelar al mundo las secuelas que dejan tantos años de trabajo como reportero de guerra y le ofreció a TVE un documental sobre el estrés postraumático. “Contacté con Gervasio Sánchez, le pareció buena idea y él fue el que me abrió la puerta a todos los demás. En cuatro años de trabajo me he encontrado un montón de compañeros que estaban tan mal como yo”, desvela en cierto modo aliviado. Entre todos existía una especie de silencio tácito. Esa especie de chulería que les hace ir de prepotentes, de negar la evidencia, de no aceptar que todo sufrimiento deja huella. Paradójicamente, descubrir que no era el único que estaba sufriendo se convirtió en el primer paso para la sanación. “La verdad es que me he tenido que morir para renacer”.

Morir para contar es, sobre todo, un homenaje a los compañeros que nunca regresaron de la guerra

Producido por Televisión Española, Contramedia Films y Quexito Films, Morir para contar es, sobre todo, un homenaje a los compañeros que nunca regresaron de la guerra. Un título que juega con doble sentido. Además de honrar a profesionales como Julio Fuentes, Miguel Gil, José Couso o Julio Anguita, entre otros, Zin pulula por otro tipo de muerte. La muerte en vida. Los reporteros, testigos de injusticias, guerras y muertes, confiesan que en cada una de las pérdidas algo personal se va. Saben que es algo que nunca podrán recuperar. A pesar de todo, el pudor de ser testigos de tanto sufrimiento no les deja confesar su propio dolor. “Ves a gente que sufre tanto. Pero eso tiene un lado oscuro, cuando vuelves a casa y tu pareja tiene un problema no empatizas, todo te parece pequeño. Al final eres disfuncional y te encuentras solo, muy solo. Tienes que hacer un esfuerzo para llegar a aprender que cada uno sufre en la dimensión de su propia realidad”.

De mirada oscura, profunda y penetrante, sonríe de soslayo y se le ilumina el alma cuando habla de allí. Para él, allí puede ser una guerra, un país arruinado por la hambruna o por los políticos de turno, incluso un rincón del mundo donde la pobreza sea extrema. Sostiene que allí la vida es apasionante, binaria, en blanco y negro. “Uno cuenta la historia, vuelve al hotel y ya está. Es una vida fácil. El tema duro se vive aquí, Montoro, tu pareja, las peleas… Allí estás a pleno rendimiento. Te subes a un avión, grabas, vuelves, editas”.

Allí la vida es apasionante, binaria, en blanco y negro, es una vida fácil. El tema duro se vive aquí”

Rezuma entre sus palabras cierto regusto agridulce. La nostalgia de la euforia se entrecruza y solapa el momento emocional más difícil de un trabajo como el suyo, el reviaje. “Cuando vuelves a Madrid, a tu casa y te pones a pensar, es durísimo. Cuando entrevistas a un chico violado, a una mujer violada, a una familia bombardeada, revives todo de nuevo. Allí estás con la adrenalina arriba, estás trabajando y la mente se concentra en el plano. Tener que editar y montar el material en frío resulta más duro, en ese momento no tienes barreras. Montando este documental he llorado lo que no está escrito. Me he desnudado emocionalmente”.

Si en algo coinciden todos los reporteros es en el sentimiento de culpabilidad con los padres, concretamente con las madres, más que con las parejas. “Claro porque que se te muera un hijo es lo peor que te puede pasar. Son padres muy generosos y muy valientes, las parejas van y vienen, a la pareja le hace daño este tipo de vida, pero las madres sufren. Yo a la mía nunca le decía donde iba”.

Morir para contar

Los cascos azules en Afganistan (2012).

Indudablemente, en los 87 minutos de metraje no caben todas las historias por las que ha sobrevolado Hernán Zin en estos últimos cuatro años. Lo ha solucionado con lo que ha bautizado como extras, piezas editadas que se subirán a la página web creada para el estreno del documental. “Por algún sitio teníamos que cortar. “Cuando empecé, hace cuatro años, no sabía hacia donde iba, se han quedado cosas en el camino que me duelen mucho. Sé que me van a dar, pero creo que ha sido un viaje muy honesto. Mi mejor trabajo”.

Confiesa Zin que él no quería salir en el documental. Defiende que el buen trabajo narrativo surge cuando tienes muchas preguntas que no te dejan dormir y te empeñas en buscar las respuestas. “Para mí ese es el trabajo más legítimo. Yo sólo buscaba respuestas”. Con todo el material entre las manos, Nerea Barros, productora ejecutiva, sabía que necesitaba un hilo conductor que guiara al espectador y ese hilo tenía que ser Hernán. Su propio trauma debía de dar forma a la historia.

Ahora los del Sur también hablan, tienen voz propia, sólo hay que saber escuchar”

Morir para contar narra las experiencias de una tribu que ya no es lo que era. “El enviado especial de un periódico ya no existe y no va a existir más. Ha habido un cambio de paradigmas. Ahora los del Sur también hablan, tienen voz propia, sólo hay que saber escuchar. Antes íbamos los del Norte a contar lo que pasaba. Hoy, los que eran mis fixers en Kenia (periodista local que hace de ojos y oídos del periodista extranjero) son periodistas preparadísimos. No hace falta que vaya el occidental a ver lo que pasa en el Sur”.

No acepta es que se le considere un privilegiado porque hable siete idiomas y se haya criado en medio mundo. “Es un piropo, pero a mí me gustaría que la gente fuera más proactiva. En la vida no te dan nada gratis. Yo soy más de culpar a la gente. Si voy a La India o voy a África y veo un chaval que vive en una chabola, que está saliendo adelante, que no se queja de nada y que tira millas; cuando vengo aquí y escucho las quejas…”. Hernán calla por no sonar políticamente incorrecto, pero sus silencios hablan más que sus palabras. “A mí no me gustan las excusas, ni las disculpas. En la España siglo XXI tenemos todas las armas para conseguir lo que queramos, salvo casos muy extremos. Tienes el mundo a tus pies siendo español. Es de los 10 países del mundo más privilegiados. ¿Te vas a quejar tú? ¿Y el tipo de África no se queja? ¿Y el de La India? Pienso en niños de la calle que conocí hace más de 20 años en La India y que ahora son informáticos hechos a sí mismos. Estamos muy malcriados”, concluye.