¿Qué tienen en común Buster Keaton, la república de Companys, Rasputin o el Nuevo Periodismo? Un tiempo y un lugar: la España de los años 30. Un país en crisis del que Sergi Doria recupera la intrahistoria, como la describió Unamuno, a través de las crónicas de jóvenes periodistas que lo retrataron. Veinticinco crónicas que recorren desde la Barcelona de la Exposición Universal de 1929 hasta el final de la Guerra Civil.

Sergi Doria ha recuperado en Un país en crisis algunos de los mejores ejemplos de ese reporterismo que después inventaría para el mundo Truman Capote o Günter Wallraff, pero que Doria atribuye mucho antes a Francisco Madrid, Josefina Carabias, Cesar González-Ruano o Carles Sentís. “Merodearemos por el mítico Barrio Chino de Barcelona, pasaremos una semana en Las Hurdes, conoceremos a la hija de Rasputín, seguiremos el Transmiseriano que transporta murcianos a Barcelona”, promete el autor.

Un menú del que ha excluido las crónicas de guerra. “Como la principal víctima de toda guerra es la verdad, no hemos incluido en esta antología ninguna pieza relativa a la contienda y sí dos crónicas a modo de colofón: la visita de Agustí de Foxá a las checas comunistas de Barcelona y la evocación del campo de Argelès por Gabriel Trillas Blázquez”, explica el autor, que argumenta la exclusión de nombres como Manuel Chaves Nogales, Julio Camba o Ignacio Assía porque ya han sido rescatados del olvido por otras editoriales.

De Sender a Gaziel, para los españoles del mañana

El libro no evita, sin embargo, el enfrentamiento político durante la república, tan recurrido ahora, con tres episodios clave: la revolución de Asturias, la república de Companys y la masacre de Casas Viejas. Esta última a través de la pluma de Ramón J. Sender, que contrarrestó el apagón informativo del Gobierno Azaña. Relata Sender los vivas a la República de la guardia de asalto mientras “los campesinos de la cuerda de presos callaban”.

“No se trataba de ellos. Se trataba de la España y la República que permite ‘devengar haberes de campaña’, porque la otra, la que trabaja y produce y sufre hambre y miseria para morir al final, como Josefa Franco, o Francisca Lago o como el septuagenario Barberán, ésa es otra España. Ni sus sueños de campesinos sin tierra son ‘la República'”.

Imperdible también la crónica de Gaziel sobre la primera proclamación del Estado Catalán. En “Apuntes de una noche inolvidable. Para los catalanes del mañana”, Agustí Calvet relata la proclamación de Companys vivida como “una declaración de guerra (…) Por una República Federal Española que nadie pide en España, cuando menos ahora, y por un Estado Catalán que, dada ya la existencia de la Generalidad, no se necesita para nada”.

El famoso Barrio Chino

De Paco Madrid recupera su retrato de El famoso Barrio Chino de Barcelona utilizando el adjetivo famoso con retranca, para reprochar a los autores franceses que convirtieron el barrio maldito de la prostitución y la absenta en una atracción más de la Barcelona de la Exposición Universal: “Todos los dramaturgos, escritores, novelistas, periodistas y poetas se han lanzado sobre el barrio famoso como cuervos en manada al final de la batalla”, se lamentaría tras recorrer los dramas humanos que ocultaba tanto pintoresquismo.

Al Barrio Chino se remite también Gabriel Trillas Blázquez en una crónica de titular infinito e imposible hoy en día: “La vida pintoresca y no siempre alegre de los chinos del Barrio Chino barcelonés, que han sido chinos en todos los barrios chinos del mundo”.

La miseria de Las Hurdes es el argumento de las crónicas de José Ignacio de Arcelu, seudónimo de un cronista misterioso en Estampa, años después de que Alfonso XIII recorriera la comarca del hambre, el atraso y las taras físicas con el doctor Marañón. Unas crónicas que inspirarían Las Hurdes. Tierra sin pan de Luis Buñuel. La dureza del documental realizado por el director aragonés hizo que la República vetara su exhibición.

La modernidad de estas crónicas casi centenarias queda patente en el título de otra de las crónicas recuperadas: “Los otros. Cómo me hice hampón”. Acompañado por el dibujante Rivero Gil -un fotógrafo habría llamado demasiado la atención- Ignacio Carral se sumerge en el submundo de los sin techo, rateros, ladrones y mendigos. Sale de la redacción sin un céntimo en dirección al Rastro, donde un trapero le propone cambiar su ropa, demasiado nueva “por unos trajes hechos puro harapo y unos zapatos meramente honoríficos, puesto que con ellos se pone el pie sobre el duro suelo”.

González-Ruano, por su parte, se propuso captar “la hora lívida” del Madrid bohemio. “Quien resiste las cinco de la mañana y camina hacia el vértice lívido de las seis ya es un obstinado con psicología y morbo bien definido”, apunta. Un acto de rebeldía frente al conformismo burgués que acaba en la churrería: “Un monstruo de cien cabezas entra a devorar, con un sentido casi teratológico, un chocolate con buñuelos o churros”.

Son solo unos bocados del menú propuesto por Doria y la editorial Edhasa en esta recuperación de las crónicas españolas de los años 30 que nos devuelven el mejor periodismo alumbrado en esa década maldita.