Antes de esta aurora, / cansada, cerraré los ojos, / para que él siga viviendo / para no volver a verlo! (Turandot)

Doria Manfredi se suicidó por vergüenza. Elvira, la mujer de Puccini, relató a todo el que la quiso escuchar que había pillado a su marido retozando con la criada en su propia casa. La joven Doria no pudo soportar las miradas acusadoras de los vecinos y se envenenó con un preparado corrosivo que le provocó cinco interminables días de agonía. Tenía 23 años. La autopsia reveló que Doria murió virgen y, por tanto, inocente. Visto lo visto, la familia Manfredi denunció a la mujer de Puccini y un tribunal le condenó a cinco meses y cinco días de cárcel, pena que jamás cumplió puesto que el compositor ofreció 12.000 liras por su silencio.

Sostiene el maestro Nicola Luisotti que Puccini vivió 15 años torturado por esta historia y que en 1924, enfermo de cáncer, envuelto en pleno proceso de creación de Turandot, su última ópera, decidió que la esclava Liu se suicidara sacrificándose por su amo. “Las últimas palabras de Liu son las disculpas que Puccini lanza al mundo entero en su nombre y en el de su mujer por el suicidio de Doria”, afirma.

La situación debe quedar abierta y debemos confiar en la música y en la lírica para que haya espacio para la reflexión”

Turandot, la ópera que el compositor italiano dejó sin terminar, regresa a Madrid 20 años después de su representación en la primera temporada de un entonces recién reinaugurado Teatro Real. La versión que se estrena el próximo 30 de noviembre es una nueva producción del Teatro Real, en coproducción con la Canadian Opera Company, el Teatro Nacional de Lituania y la Houston Grand Opera; cuenta con la dirección de escena, escenografía e iluminación de Bob Wilson, y la dirección musical de Nicola Luisotti.

Bob Wilson convierte a los personajes de ‘Turandot’ en arquetipos legendarios e hieráticos.

Convencido de que la ópera fue una petición pública de perdón y consciente de que Puccini dejó la obra sin terminar, Bob Wilson plantea su visión de Turandot como “un cuento de hadas que se separa del mundo real”. El gran maestro de la escena considera que Puccini exige “un sistema muy estructurado de espacios abiertos” para que sea el público quien transite por ellos. “Nunca le digo a los espectadores lo que deben pensar. La situación debe quedar abierta y debemos confiar en la música y en la lírica para que haya espacio para la reflexión”.

Turandot narra la historia de una cruel princesa china que exige a sus pretendientes que respondan a tres acertijos. Si no lo consiguen, morirán. Calaf, un príncipe extranjero que oculta su nombre, acepta el reto y, en contra de lo previsto, resuelve los tres enigmas. Turandot se resiste a entregarse al extranjero y él le propone otra adivinanza: deberá descubrir su nombre antes de que amanezca. Si lo hace, él morirá; si no lo consigue, ella se casará con él.

Bob Wilson otorga a la obra un aura misteriosa que remite al ancestral teatro de sombras oriental

El director texano otorga a la ópera su particular mirada, un aura misteriosa que remite al ancestral teatro de sombras oriental donde convierte a los personajes en arquetipos legendarios.

Maestro de la luz y del lenguaje visual, Wilson entrelaza siluetas a contraluz, máscaras y movimientos rituales para desvelar la leyenda de la sádica princesa china. Seducido por los colores musicales de Puccini, el director de escena los acompaña con una paleta cromal que pivota de los tonos glaciales de la protagonista a las tonalidades cálidas de la devota Liu, cuya muerte en la partitura coincide con la del autor.

Defiende el maestro Luisotti que Turandot es uno de los títulos más populares del repertorio. “Se trata de una ópera extraordinaria. Con ella, Puccini dio un paso más allá. Dejó de ser un compositor popular para convertirse en un compositor simbólico. Transformó la brillante y ligera comedia de Gozzi, en una ópera oscura, un género que entonces no existía, algo así como la dark opera. El uso que hizo de la politonalidad fue admirado por compositores como, Stravinsk, Schönberg o Ravel”.

Joan Matabosch, director artístico del coliseo madrileño, se muestra absolutamente de acuerdo con el maestro. “Es la última ópera de Puccini, absolutamente diferente a las anteriores. La obra tiene la rigidez coral propia del oratorio, la estructura dramática de un misterio pagano, de un fresco ceremonioso vasto e inmóvil, de un universo cerrado, puramente legendario, extraño a cualquier lectura ajena a la metáfora, plenamente adscrita a la estética simbolista. Incompatible, en su esencia, con ese pueril realismo de cartón piedra, abigarrado y grandilocuente, con que suele representarse desde la más absoluta insensibilidad hacia la estética propia de la obra”, concluye.