Un jueves por la noche en Bakú, la capital de Azerbaiyán, probablemente sea el peor escenario posible para disputar la final de la Europa League que la próxima semana enfrentará a Arsenal y Chelsea. Ambos clubes han protestado enérgicamente por el enroque de la UEFA con su sede, y las aficiones de los dos equipos han amenazado con boicotear el evento. Tampoco sería gran pérdida: de los 70.000 espectadores que caben en el Estadio Olímpico de Baku, la organización sólo ha reservado 6.000 entradas a cada equipo bajo el pretexto de que la capacidad aeroportuaria y hotelera de la ciudad azerí no permite más visitantes.

Una chapuza convertida en escándalo desde este martes, cuando el Arsenal ha confirmado que no podrá contar con uno de sus jugadores insignia, Henrikh Mkhitaryan, porque no puede asegurarse su seguridad durante la estancia. «Hemos explorado a fondo todas las opciones para que ‘Micki’ sea parte de la plantilla pero tras valorarlo con él y su familia hemos decidido, conjuntamente, que no será parte de la expedición», ha explicado el club en un comunicado.

La razón es política y bélica. Mkhitaryan es el capitán de la selección de Armenia, país que mantiene una guerra soterrada con Azerbaiyán desde hace más de tres décadas por los territorios de Nagorno Karabaj, una disputa histórica y sangrienta que ha estado latente durante siglos pero estalló definitivamente con la disolución de la Unión Soviética.

El conflicto histórico

Armenia reclama históricamente que la región del Alto Karabaj es epicentro y bastión de su cultura y de su identidad. Pero desde principios del siglo XX su soberanía ha sido un quebradero de cabeza en la región que la URSS solventó en 1923 tras un primer conflicto armado dejando la provincia, con una población armenia superior al 90%, bajo control de Azerbaiyán. Una solución cuyas motivaciones nunca ha dejado claras, pero generó una tensión subterránea que no resistió al aperturismo de Gorbachov en los años 80.

La guerra se ha cobrado más de 30.000 vidas y, pese a la tregua de 1994, la región sigue minada y convertida en un hervidero

Aprovechando el nuevo contexto político en Moscú, las autoridades soviéticas del Nagorno Karabaj aprobaron en 1985 en el parlamento regional una anexión a Armenia al mismo tiempo que Bakú procedía a ‘depurar’ la zona y promocionar a la minoría azerí sobre la mayoría armenia, que protestaba por la falta de oferta cultural y comunicativa en su idioma. La tensión creció hasta hacerse incontrolable en 1988 con el inicio de los pogromos, la represión violenta y las oleadas de limpieza étnica en uno y otro bando.

El caos fue absoluto tras la desintegración de la URSS, cuando el conflicto pasó de las escaramuzas al enfrentamiento bélico oficial entre ambos países, sangriento y brutal pero ensordecido, principalmente, por la tensión que se desarrollaba a la par en los Balcanes. La tregua oficial se decretó en 1994, pero 25 años después, perdida en la memoria y olvidada por los medios occidentales, la región sigue minada, Azerbaiyán no tiene ningún control ‘de facto’ sobre el territorio, los desplazamientos de población no se han revertido y la tensión se desata cada cierto tiempo en hostilidades como las del 2016. El total de muertes desde el inicio de los conflictos supera las 30.000 personas.

La relación diplomática entre ambos países es nula. Y especialmente para figuras de la relevancia de Mkhitaryan, el mediocampista del Arsenal que se quedará sin final europea por su condición de capitán de la selección de Armenia. La UEFA le había asegurado que conseguiría visado y que se garantizaría su acceso al país y su seguridad durante la estancia, pero el futbolista ha rechazado tentar a la suerte. No es la primera vez. Ya se perdió un partido con el Arsenal contra el Qarabag -que es de la zona pero juega ‘exiliado’ en Bakú- en 2018 y otro con el Borussia Dortmund contra el Gabala.

Mkhitaryan, que antes de en Alemania e Inglaterra jugó en el Shaktar Donetsk, acudió varias veces a la región del conflicto durante su estancia en Ucrania. Una circunstancia que complica aún más su relación con las autoridades de Azerbaiyán, que sospechan por sistema de cualquier persona que visite la zona.