Los curiosos se agolpan ante la mampara de cristal especialmente diseñada para la ocasión. Incluso, alguna visitante despistada entra por la puerta lateral para acercarse más al cuadro. «No puede estar aquí», le dicen. «I don’t speak spanish, sorry», responde. «You can’t be here. You have to watch it from outside». Y la turista abandona amablemente la zona en la que Susana Pérez y Alejandra Martos trabajan a diario ante cientos de ojos.

Normalmente, su labor es anónima, en laboratorios, sin público, sin distracciones. Susana y Alejandra son restauradoras de Museo Thyssen. Pero lo que tienen ahora entre manos se escapa de su cotidianidad: están restaurando el cuadro Joven Caballero en un paisaje, pintado por Vittore Carpaccio hacia 1505, en una sala abierta al público. «En un primer momento impresiona tener un móvil grabando lo que estás haciendo y compruebas incluso si tienes pulso», asegura Susana. «Pero aunque impone, no deja de ser un ejercicio de concentración».

La obra estuvo atribuida a Alberto Durero hasta 1919 y se conocen al menos dos restauraciones previas»

«Es una oportunidad de ver cómo se trabaja entre bambalinas, cómo trabajaba el artista, qué materiales utilizó, qué cambios de composición realizó. Y transmitir esto en directo acerca a todos a una profesión discreta y desconocida como la nuestra», añade. Alejandra, a su lado, asiente: «Hace que la gente se dé cuenta de todo lo que hay detrás de los cuadros colgados en las paredes».

La restauración comenzó hace varias semanas y se calcula que durará un año. Después, la obra del artista veneciano se expondrá durante un corto periodo de tiempo en el Thyssen antes de viajar en marzo de 2021 a Estados Unidos, donde formará parte de una gran retrospectiva dedicada a Carpaccio en la National Gallery de Washington.

Radiografías, fotos infrarrojas y ultravioletas

Los visitantes del Thyssen pueden ver a un par de metros el trabajo de restauración. A veces el cuadro está en el suelo; otras, sobre el caballete. A veces las restauradoras están con la lupa; otras, con un hisopo limpiando el barniz. «Pero aunque aquí estemos las dos solas ejecutando la restauración, hay mucho trabajo en equipo detrás», indica Alejandra. Las dos restauradoras están en contacto constante con el laboratorio, con el químico y con la fotógrafa.

Antes de ser instalada en la sala 11 del Museo, en la primera planta, el cuadro ha pasado por el laboratorio para la toma de muestras de los materiales y por varios estudios técnicos, como radiografía y fotografía ultravioleta e infrarroja. «Son imágenes imprescindibles para conocer la obra, para ver qué daños tiene y dónde intervenir. La suma de esta información nos ayuda a acometer el trabajo», comenta Susana.

Los diferentes estudios a los que ha sido sometido el cuadro

«Con la radiografía podemos entender el soporte de la obra y vemos que hay dos telas cosidas en el centro. Y esa unión de telas es siempre una zona frágil y delicada en la que hay que consolidar bien la pintura», añade la restauradora. Además, la obra fue reentalada y sin la radiografía no sase sabría cuál es la estructura del tejido original. «Por otro lado, la fotografía infrarroja nos permite conocer el dibujo que realizó el artista bajo la pintura: algunos personajes desaparecieron, unos animales cambiaron de sitio… Y por último, la ultravioleta nos indica las intervenciones más recientes de la obra. Los materiales, según su envejecimiento, tienen un color u otro».

El misterio de la identidad del joven

La obra está envuelta en el misterio. No se sabe quién es el joven que aparece en el primer plano ni la ciudad representada al fondo. El personaje principal ha sido identificado como San Eustaquio, Fernando II de Aragón, un duque de Urbino, un caballero de la orden del Armiño, el capitán Marco Gabriel, Antonio de Montefeltro… «Hay muchas teorías sobre la posible identidad, pero todavía ninguna ha sido confirmada», dice Alejandra.

Lo que sí revelan los estudios es que la obra ha sido intervenida dos veces y que hasta 1919 estuvo atribuida a Alberto Durero porque en la superficie figuraba un falso monograma del artista alemán. El barón Heinrich Thyssen-Bornemisza lo adquirió para su colección en 1935 y no fue hasta 1958 cuando se descubrió al verdadero autor. En una limpieza de la obra aparecieron dos pequeñas cartelas bajo una capa de pintura: en una apareció la inscripción «Malo mori quam foedari» (Antes morir que ser deshonrado) y en la otra, «VICTOR CARPATHIUS / FINXIT / M.D.X.»

Dos visitantes del Museo contemplan el trabajo de las restauradoras