Como George Smiley, el personaje más famoso de sus novelas, John le Carré también fue un espía. Después de dar clases en el muy elitista Eton, el colegio donde estudian las clases altas inglesas, se unió al British Foreign Service como agente de contrainteligencia y, desde una minúscula oficina perdida en el edificio del MI-5 en Curzon Street, se aseguraba que no se infiltrasen espías soviéticos —los famosos «espías que venían del frío»— en territorio británico.

Pero lo del espionaje no era lo suyo. Al fin y al cabo, como muy bien explicaba en sus novelas, lo de James Bond era una mera farsa y los espías reales eran, en verdad, tipos anodinos, generalmente orondos, no necesariamente brillantes y bastante aburridos, unos funcionarios grises que languidecían en medio de una burocracia tan absurda como asfixiante.

Para Le Carré el espionaje no era una actividad elegante de tipos en esmoquin que tomban dry martinis, sino una actividad vil y sórdida donde no había normas ni moral

Aparte, insistía Le Carré, el espionaje no era una actividad elegante de tipos en esmoquin que tomaban dry martinis, sino una actividad vil y sórdida donde no había ni normas ni moral. John Le Carré destapó la hipocresía de un sistema que parecía intachable, pero que se valía de vulgares tretas para sobrevivir en medio de un mundo claustrofóbico y pestilente. 

John Le Carré se hartó del MI5, colgó los hábitos y probó suerte como escritor, pero escribiendo sobre espías que desafiaban el imaginario colectivo. Si Ian Fleming había creado a un gentleman triunfador, Le Carré presentó a todo lo contrario: una retahíla de tipos agotados que la sociedad podría haber identificado perfectamente como fracasados.

En El espía que vino del frío, su obra más conocida, el protagonista, Alec Leamas, es un hombre ya mayor, completamente desmotivado y al borde del colapso psicológico. George Smiley, su agente más famoso, lleva feos trajes grises, tiene un aspecto vulgar, solitario y melancólico, y su mujer, Anne, le pone los cuernos.

Ésa es, sin duda, una de las grandes aportaciones de John Le Carré: dar una versión realista del espionaje, explicar que tras el mito se esconden humanos, por lo que más que glamour hay muchas miserias. Además, explicó la política internacional y sobre todo la Guerra Fría en términos ecuánimes, lejos del pérfido maniqueísmo al que nos había acostumbrado Hollywood: aquí no había ni buenos muy buenos ni malos muy malos, sino un sinfín de matices y ambigüedades que ponían en evidencia que todas las partes estaban podridas.

Los disidentes no tenían por qué ser héroes, los ingleses no tenían por qué ser siempre buenos, los soviéticos no tenían porqué ser todos maléficos. Ni siquiera las sacrosantas instituciones de inteligencia británica tenían por qué ser eficientes. «Todos los servicios de inteligencia tienden a mitificarse», aseguró Le Carré, «pero los británicos somos una clase aparte. Mejor no hablar de nuestra triste figura en la Guerra Fría, donde el KGB nos superó en astucia y en capacidad de infiltración prácticamente en cada paso».

Talento para contar historias

Los libros, además, estaban increíblemente bien escritos. Como Graham Greene, otro gran titán de las novelas de espías, Le Carré tenía un talento innato para contar historias, pero en su caso había una especial habilidad por plantear tramas complejas, como si fueran un maquiavélico laberinto con juegos de espejos, donde nadie es lo que parece ni nada va a suceder como esperamos. 

La fórmula, desde luego, funcionó. En el 2006, Publishers Weekly decretó que El espía que vino del frío, su tercera obra (publicada en 1963), era «la mejor novela de espías de todos los tiempos», aunque sus seguidores más acérrimos dudan que sea su obra maestra. Consideran que sólo es su obra más conocida, la que lo catapultó a la fama y la que más ejemplares ha vendido: estuvo en la lista de libros más vendidos de Estados Unidos durante treinta y cinco semanas seguidas.

En realidad, para muchos su gran obra es El topo (en inglés, Tinker Tailor Soldier Spy), publicada en 1974 y en donde se intenta descubrir quién es un topo soviético que trabaja en el MI6. Por aquel entonces, los ingleses ya sabían lo que era tener un agente doble en el seno de la inteligencia británica —en 1963 se descubrió que el espía Kim Philby estaba al servicio del Kremlin—, y Le Carré aprovechó el tirón para ofrecer una novela perfectamente construida que se basa en tender trampas tan enrevesadas que sólo un espía puede caer en ellas. 

Según Philip Roth, la mejor obra de Le Carré es ‘Un espía perfecto’, «la menor novela inglesa desde la guerra»

El escritor americano Philip Roth no estaba de acuerdo, sin embargo, en que El Topo fuera su mejor obra. Roth creía que Un espía perfecto (1986) no sólo era la mejor de su producción, sino «la mejor novela inglesa desde la guerra». Atributos, desde luego, no le faltan.

A primera vista, relata la búsqueda de Magnus Pym, un diplomático de alto rango que ha desaparecido y se teme que haya desertado. Pero lo interesante es cómo va destripando al personaje, un tipo lleno de secretos ocultos, criado por un padre que era un estafador y formado por dos mentores que compiten entre ellos.

Por su fascinante complejidad, el libro es una virtuosa exploración del alma humana que recuerda al mejor Chesterton, lo que demuestra que Le Carré era un escritor superlativo, aunque él siempre pensó que el mundillo literario, bastante intelectualoide y muy estirado, nunca lo aceptaría.

Más allá de un escritor de ‘best-seller’

Y algo de razón llevaba. Al fin y al cabo, él no escribía prosa experimental, sino novelas comerciales que triunfaban y que lo hicieron rico. Sin embargo, sería un error verlo sólo como un escritor de bestsellers: sus obras tienen una gran maestría técnica, con una narración sólida, personajes muy trabajados y una estructura compleja, con muchos recovecos y meandros, que él conduce siempre con aplomo y soltura. Y eso que reconoció que nunca planificaba sus novelas con antelación, ni siquiera hacía esquemas o pensaba con detenimiento lo que iba a escribir en un capítulo.

«La novela va avanzando», explicó, «lo vas pensando según como sale, sigues adelante, te das cuenta de que no va bien y tienes que deshacer lo escrito y volver atrás, y vuelves otra vez a escribir hasta que consigues una continuidad orgánica que funciona”. 

Lo que sí hacía era documentarse con una minuciosidad obsesiva. Cuestiones tan nimias como detalles de un vestido o acentos lingüísticos eran meticulosamente anotados en sus cuadernos. Por ello las novelas tienen descripciones muy visuales y potentes, llenas de detalles que hacen que te transportes al Berlín del muro o a las salas de interrogatorio del Mossad. No es de extrañar que algunos analistas hayan asegurado que algunos de sus libros, como La casa Rusia, sean en realidad los mejores reportajes periodísticos que se hayan hecho sobre la URSS o, más bien, sobre su caída

Pesimista en política internacional

A pesar de que John Le Carré siempre fue considerado un escritor encasillado en la Guerra Fría, en cuanto cayó el Muro y se derrumbó la URSS, Le Carré siguió analizando el mundo con todas sus complejas gradaciones. Las teorías del fin de la historia le parecían absurdas y siempre intuyó que tras la supuesta victoria de Occidente en la Guerra Fría se escondía en realidad un fracaso de ambos lados.

Le Carré, como sus personajes, conocía demasiado bien el sistema como para hacerse ilusiones. Aunque en persona era simpático y sumamente agradable —decían que era el perfecto gentleman inglés—, en cuanto hablaba de política internacional se le notaba un tono pesimista y bastante cínico.

En alguna ocasión reconoció que tanto el mundo liberal como soviético estaban exhaustos, y que las heridas mal cerradas no tardarían en supurar por algún sitio el día menos pensado. Y tenía razón. En El hombre más buscado y en Una verdad delicada habló del complicado escenario post 11-M y en Amigos absolutos puso literalmente a caldo a Tony Blair y su obsesión por invadir Irak. 

En el fondo, aunque el escenario fuese distinto, todas sus novelas siempre se hacían la misma pregunta: ¿Hasta dónde llega en realidad el idealismo? ¿Qué valor tiene la lealtad a un sistema que sabes perfectamente que está podrido? En sus obras, Le Carré reproduce un mundo donde todo se desvanece continuamente y en donde la traición es, para muchos, el único camino. 

Padre estafador, madre ausente

¿Era cómo veía la vida, también? John le Carré aborrecía la fama y concedió poquísimas entrevistas, por lo que desconocemos la respuesta exacta. En el 2015, Adam Sisman le dedicó una extensa biografía y, al año siguiente, él mismo publicó sus memorias —Volar en círculos, que publicó Planeta con traducción de Claudia Conde—, aunque no eran unas memorias al uso, más bien retazos de recuerdos y algunas reflexiones sobre sus pensamientos más íntimos.

Sin embargo, algo desvelaron. Gracias a ellas sabemos que en realidad se llamaba David Cornwell y que había nacido en Poole, Dorset. Venía de una familia de clase media obsesionada por el trabajo duro y el sentido del decoro.

Sin embargo, su padre salió rana: era un estafador y farsante, un tipo hedonista y con cierta tendencia a la bancarrota, que pasó por las cárceles de diferentes países y le pegaba de pequeño. Su madre lo abandonó cuando él tenía cinco años para fugarse con un agente inmobiliario.

Al pequeño David le dijeron que había muerto, pero él siguió las pistas como de una de sus novelas se tratase y, pasados los años, se reencontraron en el andén de la estación de tren de Ipswich. La estampa no fue muy novelesca que digamos: ni hicieron nada por «recuperar el tiempo perdido», ni se dieron otra oportunidad, ni hubo ningún atisbo de cursilería innecesaria. Ni siquiera a ella le gustaban las novelas de su hijo. 

Aprendió investigación y deducción de Sherlock Holmes, pero sobre todo de su padre: tenía que espiarlo siempre, tenerlo controlado y adivinar qué tramaba

John Le Carré creció en un hogar sin libros, pero pronto descubrió las novelas de misterio, sobre todo las de Arthur Conan Doyle. Aprendió investigación y deducción de Sherlock Holmes, pero sobre todo de su padre: tenía que espiarlo siempre, tenerlo controlado y adivinar qué tramaba. Además, como éste le miraba sus cartas y escuchaba sus conversaciones telefónicas, Le Carré aprendió pronto a establecer tapaderas e inventarse mentiras continuamente. Sin saberlo, se estaba adiestrando como espía. O como escritor de novelas de espionaje. 

Le Carré estudió en algunos de los mejores colegios de Inglaterra y descubrió que tenía talento para la lingüística, en especial el alemán. De ahí que acabarse haciendo un curso de Filología Germánica en la universidad de Berna en 1947.

Reclutado por el MI6

Allí fue donde lo reclutaron para el SIS, el Servicio de Inteligencia Secreta, más conocido como MI6. Estuvo un tiempo en Graz entrevistando a personas que habían huido de la Unión Soviética. Luego regresó a Oxford, donde siguió con sus pinitos en el espionaje: se unió a algunos de los grupos más de izquierdas del campus e informó sobre posibles actividades pro-soviéticas de sus miembros. 

Se metió de profesor en Edgarley Hall, una escuela en Glastonbury, y luego fue contratado en Eton, el colegio de más postín del país, donde dio clases de alemán y literatura. Pero los espías volvieron a llamarse y pronto viajó a Bonn y a Berlín. Luego se instaló en Londres.

Más allá de cuatro generalidades, nunca se ha sabido exactamente a qué se dedicó. Lo máximo que se ha sabido es que reclutaba agentes desilusionados con la URSS (después de que Krushchev hiciera públicos los crímenes de guerra de Stalin muchos cambiaron su opinión sobre el mundo soviético) y los infiltraba en sindicatos comunistas para detectar posibles espías. Pero era un trabajo sumamente burocrático —autorizar interrogatorios y papeleos por el estilo— y pronto se aburrió. 

Acusado de topo y traidor

Lo que sí se sabe es que su mentor fue un tal Jack Bingham, un tipo que le sirvió como modelo para sus personajes. Sin embargo, Bingham no estaba contento con las aventuras literarias de su pupilo: pensaba que sus libros dejaban en mal lugar a los servicios de inteligencia y, lo que era peor, revelaba demasiada información confidencial al KGB.

En algunos de sus libros, como en A Small Town in Germany, publicado en 1968, por ejemplo, Le Carré hablaba pestes de la embajada británica en Bonn y su pésimo funcionamiento interno. Pero debió de dar en el clavo porque el mismísimo Markus Wolf, jefe del espionaje de Alemania del Este, llegó a reconocer que las novelas reflejaban tan bien lo que pasaba que incluso pensó que Le Carré tenía un topo dentro de su departamento que le pasaba información clasificada. 

En realidad, John Le Carré sí contaba con ayuda en el interior. Tenía fuentes privilegiadas y siempre hablaba con espías, policías, incluso con narcotraficantes, para documentarse. Sus explicaciones eran tan explícitas y certeras, que incluso algunos le tacharon de traidor (entre ellos, algunos mandamases de la CIA y se llegó a sospechar que fuera un topo. Pero no lo era en absoluto. John Le Carré era votante del Labour y es cierto que criticó sin piedad las consecuencias más nefastas del thatcherismo.

En El peregrino secreto, por ejemplo, uno de sus protagonistas, Sir Anthony Joyston Bradshaw, es un capitalista amoral sin ningún tipo de escrúpulo. Le Carré también se metió con el comercio de armas, con las farmacéuticas que explotan África (El jardinero fiel), con los capitalistas que destrozan el Tercer Mundo (La canción del misionero) y con los banqueros de finanzas presos de un egoísmo atroz (Single & Single).

Esta crítica voraz no le hizo proclive a creer que lo que había detrás del Telón de Acero era mejor… en todas sus novelas deja claro que lo que había al otro lado era aún peor

Pero esta crítica voraz no le hizo proclive a creer que lo que había detrás del Telón de Acero era mejor. Que la democracia y las instituciones occidentales no fueran ni de lejos perfectas no le hizo creer que el comunismo fuera atractivo. Al contrario: en todas sus novelas deja claro que, por muchos defectos que hubiese a este lado del muro, lo que había en el otro era aún peor. 

Lo que sí le sucedía es que John Le Carré siempre se movió en el inframundo y se construyó un complejo sistema de máscaras para sobrevivir. Su vida no fue fácil: aparte de los enormes problemas con su padre, se divorció de su primera esposa (luego se volvió a casar) y él mismo reconoció que no había sido todo lo buen padre que habría querido.

Como los personajes de sus novelas, arrastraba frustraciones y nunca había acabado de encajar en ningún sitio. Pero, como ellos, tenía un instinto innato y, bajo una fachada poco elaborada, había una mente prodigiosa, capaz de construir trampas en las que sólo un espía caería.


Ana Polo Alonso es la editora de Courbett Magazine, una publicación digital sobre libros, diseño y cultura. También es la creadora del podcast Sin Algoritmo, centrado en novedades literarias. Publicará próximamente una biografía sobre Jackie Kennedy y está trabajando en una biografía sobre la reina Isabel II de Inglaterra.