Historia

El periodista soviético que contó el fin del nazismo y sufrió el antisemitismo de Stalin

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Acaba de publicarse un libro imprescindible para entender el siglo XX, el siglo soviético como lo denomina Alexandra Popoff, la autora de la biografía de Vasili Grossman (1905-1964), un escritor que testimonió con su obra, tanto el horror de la segunda guerra mundial desde Stalingrado hasta Berlín, como ese Estado incompatible con la libertad que se llamó Unión Soviética, y que Stalin convirtió en una auténtica dictadura.

Grossman nació en el seno de una acomodada familia perteneciente a una reducida minoría de la provincia de Kiev, que tenía el ruso como lengua materna. «La familia no lo envió al jéder, con lo que Grossman aprendió tan solo un puñado de palabras en yidish», cuenta Alexandra Popoff. De hecho su nombre de pila Iosif fue cambiado por el de Vasili, no muy común entre los niños judíos, pero sí entre los rusos, y es que hay que recordar el antisemitismo secular de la sociedad rusa, que no se vio radicalmente alterado durante la época soviética.

A los quince años leía a Tolstói, Kipling y Conan Doyle

Se formó como ingeniero, pero abandonó su trabajo en los años treinta para dedicarse en exclusiva a la literatura. Tras el estallido de la segunda guerra mundial se convirtió en corresponsal de guerra para el Ejército Rojo, publicando aclamadas crónicas de las batallas de Moscú, Stalingrado, Kursk y Berlín. Su testimonio sobre los campos de exterminio nazis, escrito tras la liberación de Treblinka, se encuentra entre los primeros documentos acerca del Holocausto judío y fue utilizado como prueba en los juicios de Núremberg.

La familia se vio obligada a ocultar su origen desde que culminara la Revolución Rusa de 1917, momento en que la prensa se refería a los judíos como «cosmopolitas desarraigados». Además de este antisemitismo, el nuevo país liderado por Lenin trajo consigo un «descenso abrupto de la calidad de la educación», lo que obligó a Grossman a formarse a sí mismo en materia de literatura y ciencia.

«A los quince años leía a Tolstói, Kipling y Conan Doyle, así como los relatos de Jack London sobre las minas de oro del Klondike. Su libro preferido era La interpretación del radio y la estructura del átomo del radiólogo inglés (y futuro premio Nobel) Frederick Soddy», puede leerse en la biografía escrita por Alexandra Popoff.

El fracaso del gobierno de Stalin costaría millones de vidas

Es así como, cuando estaba en plena adolescencia, asolaba su mente la idea de la propia muerte y de que la existencia carecía de sentido porque este final era ineludible. Grossman alternaba estos pensamientos mientras leía libros de astronomía.

«Aunque Grossman vivió siempre, como adulto, en el estado Soviético totalitario, poseía la mentalidad de un hombre del mundo libre», revela Popoff. Y es que, en una de sus primeras novelas de cariz histórico Stepán Kolchuguín, Grossman reflexiona sobre el largo camino que le quedaba recorrer a la URSS de entonces, para alcanzar la democracia. Para ello, ve necesaria la introducción de glásnost (transparencia, apertura) y la garantía de que «todas las libertades inherentes a una sociedad democrática».

Cronista oficial de la Segunda Guerra Mundial

Ante la segunda guerra mundial, Grossman se preguntaba si las tropas rusas serían capaces de triunfar en una campaña tan larga. «En la guerra he observado tan solo dos actitudes hacia los hechos: o el optimismo extraordinario o la desesperación absoluta. El paso del optimismo al abatimiento es rápido, fácil y abrupto, y entre medias no existe nada».

Vasili escribió que nadie piensa que «la guerra va a ser larga, que solo el esfuerzo denotado y sin descanso, un mes tras otro, llevará a la victoria. Solo hay dos sentimientos: se destruye al enemigo, o es imposible destruir al enemigo». Durante la batalla de Stalingrado, el escritor pudo observar otros rasgos del carácter ruso: paciencia, resiliencia y la capacidad de resistir penalidades increíbles, entre otros.

Sus cuadernos de guerra recogieron mucho material de especial valor que utilizó luego en sus novelas. Ahora bien, todo lo que pudo ver en aquel verano de 1941 -cuando la Unión Soviética fue invadida por los nazis- se acabaría ocultando, convertido en tabúes soviéticos. «El fracaso del gobierno de Stalin a la hora de aprestar al país para la guerra e informar de la realidad a los civiles, costaría millones de vidas», escribió Gorssman.

El autor no tardó en demostrar su capacidad de escribir en cualquier circunstancia. Sus reportajes aparecían dos o tres veces al mes. En el verano de 1943, el periódico publicó su primera novela sobre la guerra El pueblo es inmortal. La novela adquirió una enorme popularidad en el frente y se convirtió en un clásico soviético.

«El 2 de mayo de 1945 Alemania se rindió, y Grossman se vio poseído por una avalancha de impresiones de Berlín, en ruinas después del bombardeo aéreo aliado, y de las colosales muchedumbres de prisioneros». Cientos de muertos yacían en la calle, entre el humo y los edificios asolados. Muchos vestían la camisa parda: se trataban de los activistas nazis que defendían las cercanías del Reichstag.

El escritor y corresponsal de guerra Aleksandr Bek recordaba haber subido aquel día al tejado del Reichstag al lado de Grossman, quien guardaba silencio con su habitual carácter reservado. Luego pronunció unas palabras que Bek no olvidó nunca: «Hemos derrocado al mal».

Grossman fue testigo de decenas de interrogatorios de presos nazis. Las conversaciones se desarrollaron entre ruinas y rescoldos, en las ciudades y los pueblos asolados, y se centraban en las masacres -las ejecuciones de poblaciones ucranianas y rusas, la aniquilación total del pueblo judío- y «ni siquiera en una sola ocasión ha observado remordimiento, horror, desesperación, el deseo de abjurar de los vergonzosos crímenes asociados con el nombre de un alemán».

Por el contrario, los presos nazis seguían proclamando que eran de una raza superior y que «no hay crimen contra la humanidad si el crimen se realiza en beneficio de Alemania».

El antisemitismo continuó después de la guerra

A su vuelta a la Unión Soviética, Grossman sufre un rápido desengaño por la deriva del régimen comunista, entre otras cosas, por la falta de libertad intelectual, y por el intento de ocultación por parte del régimen estalinista, del holocausto judío, relacionado con ese creciente antisemitismo antes mencionado. De hecho, publica algún comentario en el que relaciona el nazismo y el estalinismo.

«Pese a las diferencias ideológicas -de raza y de clase-, estos dos sistemas totalitarios se asemejaban en su completa falta de humanidad, en el rechazo a la noción fundamental de que toda vida humana individual es valiosa», reflexionó Grossman. Así, el mero hecho de pertenecer a una «raza inferior» en la Alemania nazi o una «clase inferior» en la URSS sellaba el propio destino.

Esto le acarreó una serie de dificultades para la publicación de sus obras, e incluso tras la muerte de Stalin, y el inicio del tímido aperturismo jruschoviano, las cosas no mejoran para Grossman, aunque continúa trabajando en su obra más conocida, Vida y destino que terminará de escribir en 1960.

Entre 1955 y 1963 escribe Todo fluye, libro en el que retrata los horrores del gulag, y que muestra por primera vez la terrible hambruna ucraniana de 1932 y 1933. Pensando que el deshielo es mayor de lo que era, dentro del régimen soviético, intenta publicar Vida y destino en 1962, pero es nuevamente rechazado.

Finalmente no se editará este gran clásico del siglo XX, al que se ha comparado con Guerra y Paz de León Tolstói, hasta 1988, aprovechando la política de glásnost de Mijail Gorbachov.

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