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Seve, el ejército de un solo hombre

Severiano Ballesteros, con la chaqueta verde de Augusta.

Severiano Ballesteros, con la chaqueta verde de Augusta.

«Seve es un ejército de un solo hombre».

La definición es de Tony Jacklin, el legendario capitán inglés de las inolvidables Ryder Cup de los ochenta, con Europa como un sólo equipo liderada por Severiano Ballesteros.

Ese «ejército de un solo hombre» tuvo un talento extraordinario para jugar al golf desde bien chiquito. Ahí arranca SEVE (Amazon Prime Video), una joya del cine documental dirigida por Hugo Stuven.

Ballesteros (1957-2011) es Seve, pero sería injusto no resaltar que es también Sevy. Porque así se le apodó y se le conoce para los restos en el Reino Unido, donde ganó tres Open, y el cuarto -que hubiera sido el primero con sólo 19 años- estuvo a punto al quedar segundo empatado ni más ni menos que con Jack Nicklaus.

Cuando todo esto empezó, cuando continuó con una fuerza arrolladora, en España prácticamente no se enteraba nadie. «Allí el golf se considera muy exclusivo, no interesa», confiesa en imágenes de la época el propio Seve sin mayor resquemor.

La sabia mano que mece la cuna de Seve tiene tanto conocimiento -se notan asesores como María Acacia López-Bachiller- como delicadeza: ni rastro de la vida familiar con Carmen Botín O’Shea en toda la película.

Se mezcla con destreza, como las manos del campeón, el terremoto que supuso en el mundo del golf con la tragedia del tumor cerebral que le destruyó tan pronto, con 54 años, tan injustamente pronto como le llora su hermano Baldomero.

Los hermanos, Baldomero, Vicente y Manuel, trazan el relato de la película, con detalles insólitos.

Hacer el caddie

Como un Juan Belmonte con un hierro en la mano, Seve aprendió haciendo la luna. Pero no con un toro pasado de años, sino en un campo de golf, en Pedreña, en su casa, con los greenes iluminados por las estrellas. Como los torerillos hambrientos, Seve también saltaba la tapia para colarse en las calles, y solo así pudo empezar «haciendo el caddie». En el Real Golf de Pedreña.

Gary Player, uno de los grandes, dice que Seve tiene «it», tiene «eso» que diferencia a los elegidos; Jack Nicklaus recuerda, como víctima, de la «determinación» de Seve para ganar a los americanos, una suerte de obsesión fruto del menosprecio que sufrió en aquel país cuando empezaba; Greg Norman se agarra al «Confía en Seve» para solucionar bolas imposibles en el búnker que aprendió junto al cántabro; José María Olazábal contiene las lágrimas al recordar su última conversación viendo juntos, una tarde de julio, la última jornada de un Open Británico con el incombustible Tom Watson danzando entre los líderes. Sam Torrance sintetiza que Sevy era un «ídolo» para todos.

Pero es con el fotógrafo Jorge Andreu cuando se alcanza el clímax sentimental al verle jugar los hoyos cortos en casa de un Seve ya retirado. «En el golf se juega con todo», con medio tee, con lo que sea. Esas imágenes son otra joyita del documental de Stuven.

Tony Jacklin le convence de jugar en la Ryder y ahí empieza una relación de pasión entre Seve y el torneo de América frente a Europa, como jugador, como compañero y como gran capitán en Valderrama en 1997. Jacklin personifica en él a un ejército que tiene de todo: pegada, precisión, magia, técnica, cabeza, fuerza mental y muchísima ambición. Irradiaba ese entusiasmo, que empezó a quebrarse cuando perdió pie en una escalera mecánica del aeropuerto de Barajas.

No pudo llegar a la mesa del restaurante, le llevaron directo al hospital de La Paz de Madrid.

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