Cuando a principios de diciembre del 2014 se anunció que Monica Bellucci, entonces de cincuenta años, se iba a convertir en la nueva chica Bond —la más mayor de toda la saga, como muchos apuntaron—, el mundo no tardó en verlo como un signo de modernidad y nuevos tiempos. El propio Sam Mendes, director de la película en cuestión (Spectre), habló de “revolución”. Pero Bellucci dejó claro desde el principio que ella no era “otra chica Bond”: ella era una “mujer Bond”, madura, sofisticada, segura de sí misma e increíblemente más atractiva que la gran mayoría de chicas Bond de la historia. Por no decir con mucho más talento.

“El verdadero atractivo reside en la mente, en la imaginación”, dijo Bellucci en una entrevista al británico The Guardian. Y dejó claro que era una injusticia que las mujeres se tornaran invisibles a partir de los cincuenta. Ella, por su puesto, no pasa desapercibida, como tampoco lo hacen las actrices a las que ella admira profundamente, como Isabelle Huppert o Charlotte Ramplin, mujeres que, simplemente, brillan más con el paso del tiempo.

Es indudable que Monica Bellucci tiene una belleza descomunal: es la quintaesencia de la mujer italiana, tan elegante como sensual, tan atemporal como inolvidable. Tiene una presencia rotunda, segura, con paso firme y mirada directa, el tipo de persona carismática que sabe lo que vale y no le importa demostrarlo.

Soy mucho más feliz ahora de lo que era cuando era joven. Entonces tenía que descubrir quién era… Ahora sé lo que quiero y necesito

Es el icono de mujer carnal y voluptuosa que no cae en la vulgaridad y, con los años, ha ganado en atractivo: en vez de ir corriendo a cirujanos en cuanto le salió la primera arruga, ella abrazó el paso del tiempo con absoluta normalidad. Hoy es más guapa que muchas mujeres de veinte, una edad que, por cierto, odia. “No quisiera volver a tener veinte años por nada del mundo”, dijo en una entrevista en el 2009. “Soy mucho más feliz ahora de lo que era cuando era joven. Entonces tenía que descubrir quién era, qué quería ser, había muchas inseguridades. Ahora sé lo que quiero y necesito, y todas las cosas sin las cuales puedo vivir”.

Monica Bellucci ha aprendido a ser Monica Bellucci. Cuando la comparan con otras, incluso con la gran Sophia Loren, ella reconoce el honor, pero niega las semejanzas. “Cada vez que sale una nueva chica italiana con curvas la comparan con Sophia. Sophia es una mujer y una actriz increíble, pero ella es Sophia Loren y nadie más puede ser ella”, afirmó a una entrevista al New York Post.

Hay que apuntar, sin embargo, que sí hay similitudes entre ambas más allá de compartir nacionalidad italiana: las dos son exponentes de mujeres que aúnan curvas y cerebro y que, a pesar de levantar pasiones, han sabido mantener los pies firmemente en el suelo. También son increíblemente familiares y, fuera de las pantallas, llevan una vida relativamente normal, muy alejada de las excentricidades absurdas de Hollywood. Quizás sea porque tanto Bellucci como Loren no sólo son guapas, sino que tienen talento a raudales. Y han tenido que trabajar muy duro para llegar a lo más alto.

Monica Anna Maria Bellucci, nacida tal día como hoy en 1964, en Città di Castello, Umbría, comenzó a trabajar de modelo muy joven y, a los veinticuatro años, dejó la Facultad de Derecho de la universidad de Perugia para mudarse a Milán, a donde la contrató la famosa agencia de modelos Elite Model Management. Tan sólo al año siguiente ya estaba desfilando en París y en Nueva York y, al cabo de poco tiempo, protagonizó portadas de revistas y se convirtió en una de las caras de Dolce & Gabbana.

Monica Bellucci, en una entrega de premios en Bruselas en 2020.
Monica Bellucci, en una entrega de premios en Bruselas en 2020. EP

Lo de ser modelo le permitió “estar en contacto conmigo misma”, conocer mejor su cuerpo y su expresividad, pero el trabajo no acabó de llenarla y empezó a tomar clases de interpretación. Comenzó desde abajo, con papeles pequeños en La Riffa (1991) y Drácula, de Bram Stoker (1992). Cuatro años más tarde le llegó su gran oportunidad: su rol de Lisa en L’appartement, una película francesa dirigida por Gilles Mimouni que no tuvo mucho éxito en taquilla pero fue aplaudida por la crítica: ganó un BAFTA a la mejor película en habla no inglesa. También permitió que los directores se fijaran en aquella italiana de belleza descarnada.

En el año 2000, Mónica protagonizó Bajo sospecha, con Gene Hackman y Morgan Freeman, y sobre todo Malèna, un film de Giuseppe Tornatore (el de Cinema Paradiso) que la catapultó al éxito. En la cinta, situada en la pequeña ciudad siciliana de Castelcutó en 1940, al principio de la Segunda Guerra Mundial, un adolescente de doce años descubre a la sensual Malena y se obsesiona con ella. Malena, viuda y huérfana, era el símbolo del despertar sexual, de las fantasías ardientes, pero también el objeto de celos, envidias y odio entre las mujeres del pueblo. La película tiene algunas imágenes sexuales tan explícitas y con adolescentes menores de edad que en algunos países como Estados Unidos llegaron a censurar algunas escenas.

Malèna supuso todo un desafío para Bellucci como actriz. Primero, por su indudable carga erótica y el hecho de que tenía que atraer sexualmente a un niño de doce años. Pero también por la ausencia de diálogo: Bellucci se pasa la mitad de la película simplemente andando por el pueblo sin decir ni una sola palabra. “Cuando recibí el guion por primera vez, había tan pocas líneas que no sabía si podía hacerlo”, explicó la actriz. “Pero con Tornatore ideamos un guion secreto que se basaba en mi lenguaje corporal. Tengo un cuerpo, así que usé todo: mis ojos, mi apariencia…”.

Monica Bellucci, en el Festival de Venecia de 2019.
Monica Bellucci, en el Festival de Venecia de 2019. EP

A partir de ahí, su carrera fue en ascenso: vinieron Astérix y Obélix: Misión Cleopatra (2002), Lágrimas al sol (2003) con Bruce Willis, The Matrix Reloaded (2003) y La pasión de Cristo (2004), dirigida por Mel Gibson. También apostó fuerte por el cine europeo independiente, el cual le ha ofrecido papeles magistrales aunque increíblemente complejos. En Irreversible, por ejemplo, una película francesa del 2002 escrita y dirigida por el cineasta argentino Gaspar Noé, las escenas de asesinato y violación son tan sumamente explícitas que el film levantó una inmensa polémica. “Fue el papel más difícil de mi carrera”, reconoció Mónica. “Fue muy difícil pero muy enriquecedor”.

Hoy en día, sigue compaginando apariciones en grandes producciones con papeles en películas de escasísimo presupuesto. Una de las producciones donde más ha brillado en los últimos tiempos es en Le Meraviglie, de Alice Rohrwacher, una película que se llevó el Grand Prix del festival de Cannes del 2014. En el 2016, el serbio Emir Kusturica la contrató para On the Milky Road, un largometraje surrealista, complejo, grotesco y repleto de folklore que no acabó de funcionar. Era la típica cinta que intentaba hacer arte pero acabó pareciendo una parodia, una ridícula mofa, afectada, trivial y excesivamente forzada. No es que Mónica no se preparara a conciencia. Todo lo contrario: incluso aprendió a hablar algo de serbio para darle más solidez al personaje. Pero aunque sus dotes lingüísticas son apreciables (Bellucci habla italiano, inglés y un perfecto francés), el personaje no cuajó.

Monica Bellucci, en 'Malena'.
Monica Bellucci, en ‘Malena’. ‘MALENA’

Algunos papeles poco lucidos al margen, sin embargo, la verdad es que Monica Bellucci puede presumir de magnífico currículum y palmarés. No es de extrañar que se haya ganado el respecto de la crítica: ha demostrado una y otra vez que, más allá de una cara bonita, es una actriz sólida, camaleónica, increíblemente disciplinada y versátil. En el fondo, Bellucci es uno de los últimos exponentes del mejor cine italiano y, por extensión, europeo. Por ello, más que brillar en el papel couché o tener que recurrir a trivialidades en las redes sociales, ella es conocida por su trabajo.

No es que su vida privada no interese, por supuesto: hay un público para todo. Monica Bellucci se casó por primera vez con el fotógrafo italiano Claudio Carlos Basso en 1990; el divorcio llegó al año y medio. En 1996, conoció al actor francés Vincent Cassel mientras rodaban juntos L’Appartement. Se casaron tres años más tarde y tuvieron dos hijas en común: Deva (2004) y Léonie (2010). En el 2013 anunciaron su divorcio. “Me he divorciado en dos ocasiones. Liz Taylor lo hizo ocho veces. me quedan seis”, dijo bromeando a Vanity Fair.

No puedes tener miedo a volver a involucrarte, porque entonces vives en una caja»

MONICA BELLUCCI

La ruptura fue en los mejores términos y Monica siempre ha hablado bien de Cassel: “me hizo crecer, me hizo ponerme delante de un espejo y me hizo ver muchas cosas de mí misma que no había visto antes”. Monica, que en más de una ocasión ha reconocido que para ella la fidelidad no es un valor importante en una pareja, pero el respeto sí, considera que siempre has de “estar abierto a que te sucedan cosas, abierto a vivir. No puedes tener miedo a volver a involucrarte, porque entonces vives en una caja”.

Monica, que lleva décadas viviendo en París, no se rige por la asfixiante corrección política que vivimos actualmente y rechaza ponerse etiquetas. Ha dicho en más de una ocasión que le gustaría que hubiesen más mujeres directoras de cine y también posó desnuda y embarazada en dos ocasiones (cuando tenía 39 y 45 años) para denunciar la política italiana de prohibir donantes de semen. Pero no hace activismo ni nunca se ha presentado como una víctima.

Es una muestra más de que no es como las demás. Como dijo con toda la razón Giuseppe Tornatore de ella, “Monica siempre será Monica. Nunca será una ni un millón de mujeres diferentes. Ella es simplemente Bellucci”.