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Cristina e Iñaki: 24 años de aquel cuento de hadas que acabó en la cárcel

Iñaki Urdangarin, el Rey Juan Carlos y la Infanta Cristina. EFE

Nos lo vendieron como el perfecto cuento de hadas: la boda entre una infanta de España y un deportista de élite, estrella de balonmano en el F.C. Barcelona, medallista olímpico, increíblemente guapo, de ojos azules y porte de galán de cine. Era la película ideal, la novela romántica por excelencia, el material del que están hechas las leyendas. El único problema es que todo aquello estaba enormemente edulcorado y, aunque no era del todo falso, sí que era una tremenda exageración. Para todo aquel que quisiera ver, tras la fachada impoluta ya se intuían bastantes nubarrones en el horizonte.

Pero nadie pensó en los malos agüeros aquel día 4 de octubre de 1997, mañana hará veinticuatro añitos ya. Ese día Barcelona se despertó espléndida para acoger la boda del año. Era un momento en que el independentismo estaba en mínimos, el procés ni se intuía y la familia real gozaba de tanta popularidad que, cuando la novia y su padre, el rey Juan Carlos, hicieron su aparición a las puertas de la catedral a las once y media, miles de catalanes los aplaudieron a rabiar.

El traje que se le subió a la cabeza a su diseñador

En el interior de la catedral los esperaban 1.400 invitados. La familia real al completo lució sus mejores galas: la infanta Elena, entonces casada con Jaime de Marichalar y considerada ya una de las mujeres más elegantes de España, apareció con un precioso dos piezas en rosa empolvado, con chaqueta de seda y falda de encaje, diseñado por Christian Lacroix. La reina Sofía, absolutamente sonriente, fue también con un traje malva y una pamela con plumetti.

La novia, todo hay que decirlo, estaba muy guapa con aquel traje de seda de corte imperial, escote barca (quizás algo rígido), manga larga y una larga cola bordada. El diseño dio la vuelta al mundo, fue muy aplaudido y a su diseñador, Lorenzo Caprile, se le subió un poco el tonto a la cabeza. Así lo reconoció él mismo, aunque hay que tener en cuenta que, por aquel entonces, Caprile tenía tan sólo 29 añitos y era bastante difícil que hubiera sabido gestionar bien el éxito súbito. No hay duda, sin embargo, de que aquel traje le cambió la vida: se convirtió en el modisto de cabecera de Cristina, diseñó también para su hermana Elena y cuando, años más tarde, hizo su aparición en escena Letizia, fue Caprile a quien le encargaron un “ajuar de gala”. De su atelier salió el espectacular traje rojo que Letizia lució en la boda de Federico de Dinamarca y Mary Donaldson. Fue el día en que más ha brillado: ni en su propia boda ni en cenas de gran gala posteriores ha conseguido reproducir el mismo efecto. Con el tiempo, Letizia y Caprile se distanciaron y ahora la Reina nunca requiere sus servicios. Es una lástima, porque Caprile es el que mejor la ha vestido.

Pero volvamos a Cristina e Iñaki. La entonces infanta se puso la diadema floral de brillantes, la joya que Franco regaló a doña Sofía por motivo de su boda en Atenas. Como pendientes portaba unos de diamantes que habían pertenecido a la reina Victoria Eugenia (y que ahora Letizia usa en los eventos más importantes). El banquete nupcial fue en el palacio de Pedralbes. En los jardines se ofreció un aperitivo de lo más castizo: chistorra, butifarra, jamón ibérico, croqueta y muslitos de codorniz. El menú lo diseñó Semon y no podría haber sido, como diríamos ahora, más fashion: “sorpresa de quinoa real con verduritas y pasta fresca” fue el primer plato, seguido por “lomo de lubina, suflé de langostinos y emulsión de aceite virgen”. Hubo un “preludio de chocolate amargo y cacao” y luego vino la tarta nupcial, obra de Jaime Foix. Se sirvieron un blanco de Rueda, un tinto de Rioja y cava.

El cuento de hadas que no era

Durante semanas, la prensa del corazón edulcoró tanto el enlace que se volvió realmente empalagoso. Por supuesto, a nadie se le ocurrió poner por escrito lo que muchos intuían y más de uno intuían de buena tinta: que aquel Urdangarín no era tan perfecto como parecía.

Se dijo que Txiqui, como lo conocía su familia, venía de una familia aposentada y con pedigrí. ¡Incluso se afirmó que descendía del beato Valentín de Berrichola, patrón de Vizcaya! De su padre, Juan María Urdangarín, se aseguró que era un militante histórico del PNV, empresario de éxito vinculado a la industria química y banquero destacado. Con su madre, Claire Liebaert, se llegó incluso más lejos: se publicó que tenía orígenes aristocráticos en Bélgica. La verdad era menos fantasiosa: el matrimonio era de clase media pero vivían en un piso discreto de Barcelona, en el Eixample, con lo justo. Los veranos alquilaban una casa en Viladrau. Eso sí, la pareja era muy elegante, sabían estar y, delante de las cámaras, la verdad es que daban perfectamente el pego.

El sexto de siete hermanos, Iñaki Urdangarín despuntó desde muy joven como gran deportista de balonmano y el F.C. Barcelona lo fichó. También la selección española de balonmano contó con él para los Juegos Olímpicos. En los de Atlanta no sólo consiguió la medalla de bronce, también conoció a la mujer que le cambiaría la vida: Cristina de Borbón. No surgió nada entre ellos aquel día, pero luego volvieron a verse en una fiesta en Barcelona. Ahí empezó la historia de amor.

Urdangarín estaba entonces con otra, Carmen Camí, una chica a la que había conocido un verano en Viladrau y con la que llevaba saliendo bastante tiempo (incluso estaban pensando en casarse). Pero lo de simultanear dos relaciones no le costó en exceso: Iñaki supo enseguida que tenía a la mismísima infanta ensimismada y no pensaba dar portazo a la gran oportunidad de su vida. Más cuando su noviazgo con Cristina fue increíblemente rápido: de verse por primera vez en 1996 a anunciar su compromiso matrimonial en mayo de 1997. Dicen las malas lenguas que Carmen Camí se enteró por la prensa. La leyenda urbana asegura que ella estaba ese día en el gimnasio corriendo en una cinta metálica y que vio la noticia en una televisión que había en la sala. El día de la petición de mano, a Cristina se la vio perdidamente enamorada de aquel chico que apenas conocía. Aquello demostró a la opinión pública lo que en palacio sabían: que la infanta era terca y obstinada como una mula, y que cuando se le metía una cosa en la cabeza no había manera de quitársela. Zarzuela entendió que Cristina se había obsesionado con aquel jugador de balonmano y no había nada que hacer al respecto. Iba a ir hasta el final con todas las consecuencias.

Una mujer que siempre ha hecho lo que ha querido

Hasta entonces, la infanta no había sido excesivamente popular, básicamente porque no había dado de qué hablar y había pasado bastante desapercibida. De los tres hermanos, ella era sin duda la más inteligente —o eso se decía— y, como nadie parecía hacerle demasiado caso —su padre prefería a Elena y su madre, a Felipe—, ella siguió su camino sin que nadie se preocupara por asesorarla y, llegado el momento, encauzarla.

En principio, Cristina parecía la más sensata: fue la primera de la familia real en sacarse una carrera universitaria (Ciencias Políticas), luego hizo un máster en Relaciones Internacionales en la universidad de Nueva York, consiguió unas prácticas en la UNESCO de París y después se instaló en Barcelona para trabajar en La Caixa. Vivía en un confortable piso en Sarrià, uno de los distritos con más solera de la ciudad, y cuando no trabajaba practicaba vela, uno de sus deportes favoritos.

Años más tarde, se supo que quizás la decisión de mudarse a Barcelona estuviera motivada por un amor de juventud: Fernando León, un regatista canario al que había conocido en un curso de vela (él era el profesor). En todo caso, Zarzuela nunca hizo público que la hija del Rey se iba a vivir a la Ciudad Condal para estar con un hombre y se dijo que Cristina iba a participar en el Campeonato Mundial de Vela. La prensa tampoco dijo nada al respecto: todos estaban intentando emparejarla con el entonces príncipe Felipe de Bélgica o con el aristócrata Cayetano Martínez de Irujo.

A Fernando León le siguieron otros, Álvaro Bultó en especial, un aventurero al que había conocido esquiando en Baqueira. La relación supuestamente duró tres años y acabó porque ella era muy celosa, él tenía mucho éxito entre las mujeres, ella quería algo más estable y él estaba todo el día de viaje. Aunque rompieron, siempre les quedó la amistad y cuando Álvaro murió, en agosto del 2013, se sabe que Cristina sufrió bastante su fallecimiento. Luego vino Iñaki y Cristina quedó deslumbrada. Tanto, que en cuestión de meses organizó la boda. Y la verdad es que, durante un tiempo, todo parecía indicar que realmente había dado con su príncipe azul.

…Pero le salió rana

Después de la boda, a Urdangarín se le comenzaron a subir los humos. Se acostumbró muy rápido al mundo pijo y de gran boato que rodeaba a la familia real: inviernos en Baqueira, veranos en Marivent, yates, jets privados, palacetes, familiares de la realeza europea, suculentos descuentos en las principales tiendas de ropa, mesas a su disposición en los mejores restaurantes. Muchos de sus amigos de toda la vida tuvieron que dejar de verlo porque no podían seguir el ritmo.

Llegaron los cuatro hijos (Juan Valentín, Pablo, Miguel, Irene). Todos rubios, encantadores y calcados a los querubines de los cuadros antiguos. Urdangarín volvió a la universidad y, aunque siempre había sido mal estudiante, se sacó en tiempo récord la carrera en Dirección de Empresas en ESADE. Según publicó un periódico catalán años más tarde, Urdangarín hizo una carrera de cinco años en tan sólo dos. Muchos alumnos de su misma promoción no recordaban haberlo visto nunca en clase.

Pero semejante detalle no fue obstáculo para que, título en mano, comenzase una carrera supuestamente meteórica al lado de su socio, Diego Torres, un profesor de ESADE. Urdangarín quería ser de verdad “el hombre perfecto”, como le describía la prensa, y eso implicaba “no ser un florero como Marichalar”, según él mismo explicaba.

Creó la empresa Noós y, al principio, todo parecía irle viento en popa. Al menos, su tren de vida dejaba entrever que sus ingresos debían ser estratosféricos. Los cuatro niños fueron apuntados al Liceo francés, las vacaciones eran en los sitios más exclusivos y el matrimonio se compró un palacete de 2.000 metros cuadrados en Pedralbes, el barrio más posh de Barcelona y uno de los más caros. Entre la compra (y las reformas posteriores), la infanta e Iñaki se dejaron la friolera de ocho millones de euros.

Explotó todo el entramado

En Zarzuela estaban escandalizados (y Letizia, directamente cabreada), pero nadie hizo nada por parar aquel despropósito. Iñaki estaba descontrolado: se había dejado adular por gente que solo quería arrimarse a la familia real, sintió que podía comerse el mundo y creyó que, como duque de Palma, iba a disfrutar siempre de privilegios, silencios en la prensa e inmunidad jurídica.

Sólo cuando se supo que Iñaki podría tener graves problemas con la justicia, Zarzuela hizo que la pareja pusiera tierra de por medio y se fueran a Washington. El rey Juan Carlos incluso llegó a sugerir un divorcio, pero ella se negó. La familia real les dio oficialmente la espalda (había que proteger a Felipe a toda costa y Letizia se encargó de que se estableciera un férreo cordón sanitario alrededor de su marido). El resto es de sobras conocido: el caso Noós llegó a los tribunales, Cristina acabó sentada en el banquillo (aunque no imputada) y Urdangarín acabó en la cárcel. Cuando Felipe subió al trono, las medidas para apartar a su hermana y su  marido de la Corona fueron rápidas y tajantes: se le retiró toda asignación e incluso se le revocó el título de duques de Palma.

Mientras duraba el juicio, la pareja se instaló en Ginebra. Cristina continuaba oficialmente trabajando para La Caixa y también se las apañó para que la contratara el Aga Khan en su fundación privada. No se sabe el sueldo total que cobra ni tampoco si recibe alguna ayuda económica de sus padres, los reyes eméritos. Lo que sí se sabe es que el tren de vida siguió más o menos intacto: los niños fueron matriculados en uno de los mejores colegios de Suiza y el alquiler de su piso no debía ser precisamente barato. El palacete de Pedralbes, eso sí, fue puesto a la venta (fue vendido finalmente en el 2017 a un magnate de origen árabe).

El aniversario más amargo

El 18 de junio del 2018, Urdangarín ingresaba en la cárcel de Brieva (Ávila). Durante la estancia de Urdangarín en prisión, la infanta ha ido pocas veces a verlo, aunque se sabe que las visitas han existido, tanto las de ella como las de sus hijos. Hace poco, a Iñaki le concedieron el tercer grado y pidió ser trasladado a Vitoria, a donde vive su madre (su padre falleció hace algunos años). Ahora duerme algunos días en la casa de su madre y el resto en la prisión de Zaballa.

El 13 de junio del año pasado, la infanta Cristina cumplió los 55 años. Ahora vive en un piso de alquiler en Ginebra y sólo comparte techo con su hija menor, Irene. El mayor, Juan Valentín, estudió Relaciones Internacionales en Essex, pasó un año como cooperante en Camboya y ahora vive en Madrid (trabaja en la fundación de Entreculturas). Pablo, el segundo, es jugador de balonmano como su padre: jugó en Hannover y ahora lo hace en Nantes. Miguel, el tercero, está estudiando Ciencias del Mar en Londres.

Se sabe que Cristina tiene órdenes estrictas de Zarzuela de pisar lo mínimo España y mantenerse el mayor tiempo posible en el extranjero. Su hermana Elena la visita con frecuencia y ambas han ido a Abu Dabi a ver a su padre, también exiliado de facto.

Queda poco para que Iñaki sea puesto en libertad. A partir de ahí, nadie sabe lo que pasará, aunque muchos dan por hecho que se irá a vivir al extranjero seguramente. ¡Qué lejos quedan ya aquellos años en que Cristina e Iñaki fueron catapultados al estrellado y se convirtieron en la pareja de moda de la familia real!

¡Cuánto tiempo ha pasado desde aquellos ingenuos años en que España creyó de verdad que ellos eran los guapos, los inteligentes, los modernos, los sencillos y los humildes!

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