Obsesión, deseo y ganas de triunfar a cualquier precio. En 1974 se publicó en danés un librito del poeta Thorkild Bjornvig titulado Pagten, el Pacto, donde narraba su relación con la famosa escritora danesa Karen Blixen desde su primer encuentro en 1948, cuando Bjornvig era un jovencísimo autor de veintinueve años y Blixen, de 63 años, disfrutaba de la fama tras la publicación de «Memorias de África» y su nombre sonaba incluso para el mismísimo Premio Nobel de Literatura.

Hasta ahí podría ser la típica relación maestra-alumno, pero lo fascinante es que ambos sellan un verdadero «pacto con el diablo», algo «mágico y místico», como ella le explica, pero también peligroso: ella le prometió a él que alcanzaría el estrellato literario si él, a cambio, la obedecía incondicionalmente, incluso a riesgo de perderlo todo. Thorkild Bjornvig, por entonces un poeta con talento pero totalmente desconocido, casado y con un hijo, y con continuas estrecheces económicas, aceptó el trato. Tuvo que irse a vivir con la escritora, ella le dio sustento económico, lo rodeó de personas famosas, lo instó a que viajara a lugares interesantes e incluso le llegó a sugerir que le fuera infiel a su esposa. Todo para vivir al máximo, la verdadera receta, según Blixen, para escribir algo relevante. Todo lo que fuera vida estable y unida castraba la creación según la autora.

Semejante proposición podría sonar excitante sino fuera porque el resultado no fue como ambos seguramente esperaban: ella lo mantuvo casi encerrado, prácticamente recluido durante dos años en la casa de Rungstedlund, al norte de Copenhague, donde vivía Blixen. Lo suyo acabó siendo una relación de dependencia tan tóxica como peligrosa, donde se entrelazó la culpa con la manipulación y las malas artes de seducción. Fue una amistad convulsa, repleta de admiración pero también de resentimientos y reproches.

Una mente torturada

Desde luego, es imposible no querer llevar una historia así a la gran pantalla. O eso, al menos, debió pensar el director danés Bille August, ganador de un Óscar y de dos Palmas de Oro, y creador de las míticas Pelle el Conquistador o La casa de los espíritus. Hoy, 28 de enero, estrena «El Pacto», la película que explica, como si fuera un thriller psicológico, la relación diabólica, de dominación y sometimiento, que protagonizaron Karen Blixen y el joven poeta.

A través de ellos, el director reflexiona sobre si lo que pensaba Blixen es verdad, sobre si es posible crear siendo una persona normal y apacible, o bien necesitas un alma torturada e inestable. El propio director tiene algo de experiencia sobre el tema: no sólo acumula cuatro matrimonios (tiene cuatro hijos de dos de sus esposas), sino que se ha trabajado codo con codo con algunos de los genios más destacados, pero también más tortuosos, del último siglo. Años atrás, August colaboró con el mismísimo Ingmar Bergman, cineasta icónico donde los haya. Fue en «Las mejores intenciones«, un film de 1992 que August dirigió y Bergman escribió basándose en la propia relación de sus padres, Erik Bergman y Karin Akersblom, una relación compleja que él supo analizar con esa sutileza magistral suya. Bille August pudo entonces conocer al hombre que había tras el mito, pero también al alma torturada, «de autoflagelación constante», como ha reconocido en alguna entrevista reciente.

La mujer que se reinventó a sí misma

Esa mente atormentada, tan dolida como cruel y flagelada, es la que en la película expone Karen Blixen. Al principio de El Pacto, hacía diecisiete años desde aquel agosto de 1931 en que ella regresó de África a su Dinamarca natal. En aquel momento, su vida estaba en ruinas: su matrimonio con el barón von Blixen se había roto, su plantación de café en Kenia había sido un rotundo fracaso (vivió en África de 1913 a 1931), ella estaba carcomida por la sífilis y su corazón latía destrozado tras perder al gran amor de su vida, el aventurero inglés Denys Finch Hatton (Robert Redford en la película).

En poco tiempo, sin embargo, consiguió rehacerse y se reinventó como una escritora de éxito. En 1933 publicó en Estados Unidos Siete cuentos góticos, escritos directamente en inglés. No fue un éxito inmediato, pero le granjeó la admiración de los mejores escritores del momento, incluido Ernest Hemingway. Cuatro años después, en 1937, sacó Memorias de África, el libro que la encumbró y la hizo famosa, y en 1942 escribió Cuentos de invierno, que la consagró definitivamente. En uno de esos cuentos, Los esclavistas invencibles, exploraba precisamente la relación entre de dependencia y sometimiento entre amo y sirviente, una relación que ella reprodujo cuando el joven poeta Thorkild Bjornvig entró en su vida.

Karen Blixen vivía en la casa familiar de Rungstedlund (hoy un museo dedicado a la escritora), una preciosa construcción junto al mar y rodeada de bosques. La suya era una existencia aristocrática, de una elegancia que ya sólo se encuentra en las obras de Proust, y ella supervisaba cada uno de los elementos que la rodeaban, comenzando por los inmensos ramos de flores a los que era tan aficionada.

También, y aquí empezaba lo peligroso, se encargaba de modelara y manipular a todo aquel que se le acercara. Muchos de quienes la conocieron no han dudado de tildarla de «bruja», aunque seguramente el apelativo se quede corto para definir a esta mujer tan compleja como autoritaria. En el fondo, lo que quería era transformar su vida en una de sus obras o, como ella decía, quería que la gente que la rodeaba se adaptase al escenario que ella había creado y diseñado meticulosamente. Sus métodos, empero, no siempre fueron los más adecuados: Blixen no dudó en tergiversar, maniobrar, desvirtuar y amañar psicológicamente. Era uno de esos personajes tan fascinantes y carismáticos como potencialmente nocivos y, en última instancia, mortales. En la película El Pacto se analiza hasta qué punto no le hubiese importado que alguien de su alrededor muriese sólo para satisfacer sus necesidades.

Quizás para compensar esta imagen tan tétrica y diabólica, el director nos presenta también a una Blixen atormentada. A Blixen, y esto es clave para entenderla, le rondaba constantemente la muerte. Su sífilis la condenó a una existencia muy diferente a la que ella, seguramente, hubiese preferido. Tenía que someterse a duros tratamientos, incluso llegó a tomar pequeñas dosis de cianuro, lo que le generó duras secuelas físicas, casi devastadoras.

Era el precio que había tenido que pagar por su propia inmortalidad literaria.