Hubo una época, allá por los inicios del siglo XX, en la realeza, la alta aristocracia y la burguesía más adinerada se vestían en Paquin y Worth y se colocaban tiaras en la cabeza, entonces llamadas diademas. Más allá de en bailes de gala, cenas de estado y coronaciones de reyes, en París se las podía ver cada lunes y miércoles en el Opéra: se celebraban las famosas Soirées de diadèmes, las fiestas de las diademas, una espléndida procesión de testas decoradas con joyas majestuosas que primero disfrutaban de una representación musical y luego solían ir a Durand’s, el restaurante de más caché, situado en la Place de la Madeleine. Las crónicas de la época hablaban de las fiestas majestuosas de la condesa Alice de Janzé, una famosa –y escandalosa– socialite americana, multimillonaria de cuna, normalmente vestida con las últimas creaciones de Cartier. O de los bailes que organizaba la princesa Jacques de Broglie, también con joyas descomunales.

Sin embargo, en 1920, las tiaras antiguas fueron substituidas por composiciones más estilizadas y geométricas, normalmente con motivos orientales. Nuevas formasfueron surgiendo, especialmente los bandeaux, esas finas tiras como si fueran un cinturón que se llevaban en la frente y se convirtieron en uno de los símbolos de la Belle Époque.

La realeza se fue adaptando poco a poco a esos nuevos gustos, pero hubo algunas reinas que tuvieron un protagonismo especial para que las nuevas modas arraigasen. Victoria Eugenia de Battenberg, esposa de Alfonso XIII, fue una de ellas.

Las esmeraldas perdidas

La imagen icónica de Victoria Eugenia siempre estará ligada a la tiara Flor de Lis, la también llamada tiara Ansorena, por el joyero que la hizo (o «la buena», por como la llamaba la propia familia o eso se dice). Es una diadema que Alfonso XIII encargó para su entonces prometida en 1906 y que está hecha con platino con forma de cestillo con charnelas de flores de lis (símbolo de los Borbones) unidas por hojas de millegrain de diamantes.

Además de esta gran tiara –que la reina Letizia reserva para las grandes ocasiones como la cena de gala en el palacio de Buckingham durante una visita de Estado a Gran Bretaña– Victoria Eugenia acabó con un importante joyero, aunque muchas de las piezas tuvieron que ser vendidas en el exilio.

Una de las piezas más singulares era el parure de esmeraldas, el impresionante collar largo con pendientes, pulsera, broche y anillo con gigantescas esmeraldas que Victoria Eugenia heredó de su madrina, la emperatriz Eugenia de Montijo. En 1858, la Montijo encargó al joyero parisino Eugène Fontenay una magnífica tiara de diamantes y esmeraldas de estilo medieval con formas de hoja de fresa. El resultado fue una majestuosa creación de esmeraldas de talla rectangular. Cuando el marido de Eugenia, Napoleón III, fue derrocado y la pareja tuvo que partir rápidamente al exilio en 1871 (primero a Bélgica y luego a Inglaterra), Eugenia de Montijo se llevó todas las joyas que pudo, incluidas aquellas enormes esmeraldas. Se sabe que vendió algunas en una subasta de Christie’s, aunque el paradero del resto fue un misterio durante años.

Hasta 1920, cuando llegaron a manos de Victoria Eugenia. Hay dos leyendas para explicar cómo acabaron en Madrid. La primera cuenta que la emperatriz Eugenia regaló a su ahijada Victoria Eugenia un abanico por su boda en 1906 y que ésta última, pensando que era un obsequio de poco valor, lo guardó en un armario hasta que años más tarde, y por casualidad, le dio por mirar en la caja y descubrió las esmeraldas. La otra versión es que, en 1920, tras morir la emperatriz, Victoria Eugenia heredó el abanico y, tras unos meses, le dio por mirar en la caja que lo llevaba.

Sea como fuera, Victoria Eugenia se hizo con aquel botín de valor inmenso y rápidamente hizo que un joyero español, Sanz, le creara un gran collar con ellas y también un bandeau, una joya muy a la moda por entonces. Poco más tarde, toda fue enviado a Cartier, en París, para que se lo volviera a transformar en un satoir que incluyó también un broche y un anillo.

En 1961, ya en el exilio, la reina Victoria Eugenia vendió el parure en una subasta en Stuker, en la ciudad suiza de Berna. Se dice que lo hizo para poder pagar la boda de su nieto, el entonces príncipe Juan Carlos, con Sofía de Grecia. El collar fue comprado por Cartier: siete de las esmeraldas fueron trasladadas a un nuevo collar fastuoso el el sha de Persia, Reza Pahlavia, compró para su esposa Farah. Después de la caída del shá, el collar se quedó técnicamente en una caja fuerte del Banco Central de Teherán. Con los años, sin embargo, se pudo comprobar que ahora era propiedad de la socialite libanesa Rose-Marie Chagoury.

El corsage de Cartier

De parís no solo llegó el parure de esmeraldas. Victoria Eugenia encargó a Cartier un fabuloso corsage de diamantes, una especie de broche gigantesco que se llevaba a la altura del pecho. El de Victoria Eugenia era rectangular, con grandes espirales a los extremos y del cual colgaban unas formas geométricas de grandes dimensiones. A su muerte, en 1969, el corsage pasó a su segundo hijo, el infante Jaime, duque de Segovia, a pesar de que su madre había estipulado que todas sus joyas que no fueran de pasar se quedaran en manos de sus hijas. Pero Jaime reclamó que legalmente le correspondían algunas joyas y el corsage acabó en sus manos. O más bien en las manos de su segunda esposa, Charlotte Tiedemann, la cual se lo puso para un retrato oficial hecho en los setenta. Al enviudar, eso sí, decidió venderlo en una subasta de Christie’s, en Ginebra. El actual paradero de la joya es desconocido.

La tiara Chaumet

También de París vino la famosa tiara Chaumet, otra de las joyas desaparecidas más icónicas. De diamantes y con aguamarinas, también se tuvo que vender en el exilio para costear el exilio, en concreto los gastos de mantenimiento de Ville Fontaine, donde vivía la reina en Lausanne, en Suiza. Fue la última de las grandes piezas a quien perdimos la pista.