“Mi nombre es Bono, y soy una estrella del rock. No lo digo por presumir, sino como confesión. Creo que solo hay algo peor que ser una estrella del rock. Ser una estrella del rock con conciencia, una celebridad con una causa.” Así, apoyado sobre el atril de madera, tratando de ser todavía más humilde, hablaba Bono el seis de junio de 2001 en su discurso a los graduados de Harvard.

El pasado fin de semana, en el metro de Kiev, mientras sonaban las sirenas de alarma antiaérea, un par de músicos callejeros que están en la lista de los artistas más ricos del mundo, no pedían que les cayeran unas monedas, sino que dejaran de caer bombas allí. Uno de ellos cumple hoy 62 años, y es un ser realmente especial, se mire desde la óptica que se mire.

No todos los seres humanos son artistas, pero es que de ellos muchos menos pueden decir que son cantantes, compositores, actores, inversores y activistas humanitarios. Y ninguno, aparte de él, puede decir que ha sido nominado para el Óscar, el Globo de Oro, los Grammy —de los que su banda, U2, ha ganado 22— y el Premio Nobel de la Paz. Tampoco hay muchos artistas a los que el Papa Juan Pablo II les diera un rosario. Dicen que el cantante todavía lo usa.

Con la Iglesia hemos topado. La religión marcó la infancia de nuestra estrella consciente al ser hijo de un católico y una protestante. Dos realidades confrontadas en esa Irlanda de los 60 y 70 que le vieron crecer. Aunque dicen que le costó 20 años abrazar completamente la religión, sigue teniendo una visión diferente. “Aprendí de niño que la religión a menudo es enemiga de Dios”, le contó a Larry King. “Creo que lo que le interesa a Dios es el corazón de las personas”, concluyó.

Como estrella de rock, tengo dos instintos. Quiero divertirme y quiero cambiar el mundo. Tengo la oportunidad de hacer ambas cosas”

Pues será por corazón. Le sobra. En 1985, Bono y su esposa, que siempre fue y sigue siendo su novia de juventud, pasaron casi dos meses en Etiopía junto con muchos otros trabajadores humanitarios en un campo de refugiados superpoblado. También pasó algún tiempo en El Salvador, donde fue testigo de un ataque a un pueblo. Esas experiencias hicieron que se convirtiera en alguien que usó la música para sus fines. ¿Cuáles son? En sus propias palabras, “Como estrella de rock, tengo dos instintos. Quiero divertirme y quiero cambiar el mundo. Tengo la oportunidad de hacer ambas cosas”. Por eso se le ponen al teléfono líderes mundiales y políticos, a los que “molesta” sin piedad para que le ayuden a conseguir sus objetivos, que estaría bien que fueran los de todos. Está en la lista de la revista Time como una de las personas más influyentes del mundo, fue nombrado caballero de la Legión de Honor francesa, y es caballero honorario de la Orden del Imperio Británico, aunque no puede hacerse llamar “Sir” porque no nació inglés.

Claro, luego invierte en Facebook unos millones y parece que ha hecho un crimen. Pues para su desgracia está catalogado como uno de los “peores inversores del mundo”. También hay quien le critica por usar gafas de sol hasta por la noche. Los que lo hacen no sufren un glaucoma que les haga ver los flashes todo un día después de sufrirlos. Tampoco el público en general sabe de sus alzas por no sentir que sea suficiente su estatura de 1,68. Puestos a verle defectos, le llegaron a decir, en sus palabras, que «era un guitarrista tan pésimo que mejor me dedicara a cantar». Más tarde llegaría a tomar lecciones de piano con el maestro de sus hijos.

A ver, que lo del barítono Paul David Hewson, que así se llama en realidad (aunque una tienda de música de su barrio llamada “Bono Vox” tuvo la culpa de su rebautizo) no fue el típico caso de músico que destaca a base de actuar. En 1976 respondió a un anuncio puesto por Larry Mullen Jr., su compañero de escuela entonces, en el que buscaba gente para formar una banda de rock. También respondieron David Evans (The Edge), su hermano Dick Evans (quien se salió poco después) y Adam Clayton. Primero, el proyecto se llamó Feedback, luego The Hype, hasta que Steve Averill, el que hacía las portadas de los discos, propuso U2, porque quedaba muy visual. Aceptaron. Pero a Bono nunca le gustó. Ha escrito música para Johnny Cash, Keith Richards, Luciano Pavarotti, con quien ha compartido escenario, y se ha marcado duetos multipista con Frank Sinatra.

Estar, siendo adolescente, en el entierro de tu abuelo y que prácticamente en ese mismo momento se muera tu madre de un aneurisma cerebral, te da una visión de lo efímero de la vida. Seguro. Y muy probablemente también te hace ver que los donativos no son más que pólvora que alivia pero no soluciona. Su enfoque de la verdadera ayuda pasa por ser consciente, claro, de que son las economías las que deben fortalecerse.

En mi visita a The Kitchen, el bar del hotel Clarence de Dublín de su propiedad, el camarero que me atendió sentía un enorme orgullo de trabajar para él. Se emocionaba al hablar de su brillante personalidad, su enorme carisma, y sobre todo, de las causas benéficas que lleva décadas apoyando. La última, en el metro de Kiev. El empleado, en un ejercicio de marketing que seguramente no está en ningún manual, me contó casi en voz baja que Bono una vez se perdió el cumpleaños de su esposa, así que le escribió una canción de disculpa. Le regaló todas las ganancias de “Sweetest Thing”, y ella lo donó todo a una organización benéfica para ayudar a las víctimas de Chernobyl. Seguramente todo eso está en las revistas, pero que te lo cuenten así forma parte del encanto de quienes le admiran.

Estamos, como él mismo reconoce, ante una vida muy singular y “peor” que la de una estrella del rock. Es alguien que hoy cumple 62 años con fama y un buen propósito para vivir. Felicidades.