Enclavada entre pinares y muy próxima a una playa de agua dulce, la localidad soriana de Molinos de Duero se convierte durante el verano en un oasis para pasar unas vacaciones en una zona privilegiada y rodeada de naturaleza, que cada vez atrae a más visitantes. Por estas fechas, el pueblo cuenta con más de 250 plazas para turistas, mientras que la población censada apenas llega a 180 habitantes.

Frente a los duros inviernos, la buena temperatura de los meses de verano hace que la demanda se dispare en esta época en viviendas de uso turístico, hoteles, hostales y casas rurales. «El mes de agosto puede estar a un 90% de ocupación», dice Guillermo Dorado, propietario y gerente de ‘La Casa del Tío Benito‘, uno de los alojamientos turísticos de la localidad.

La tradición de los ‘veraneantes‘ se remonta a hace ya décadas en la localidad, donde era habitual alquilar casas para la época estival. A mediados de los noventa empezaron a abrir los primeros alojamientos rurales y, ahora mismo, son uno de los principales motores económicos de un pueblo en el que también abundan las segundas residencias.

Además de ancianos jubilados, también varios ganaderos, una familia que regenta una pequeña fábrica, una panadería que permanece abierta todo el año y una pequeña tienda, además de dos restaurantes. El resto de los vecinos se dedican principalmente a las labores propias del pinar que, en tiempos, suponía el principal sustento para una localidad situada a treinta kilómetros escasos de Soria capital.

Ahora, «la gente joven de aquí tiene que emigrar porque hay mucho trabajo, pero muy estacional», explica Altaiz Chuliá, gerente del Hotel Real Posada de la Mesta, que ocupa la casa más grande del pueblo. Sin cajero automático, el pueblo también sigue viendo acuciado por problemas habituales de la España vaciada como la falta de cobertura telefónica y de señal de televisión.

Si la temporada de setas es buena, los alojamientos consiguen alargar su negocio unas semanas más. Y, después, llega el crudo invierno. Por entonces, «la gente mayor tiene muy poco que hacer en el pueblo porque se pierde la movilidad con el frío y con la nieve», añade Guillermo.

«El invierno se hace muy largo. Desde finales de diciembre hasta marzo-abril, no hay un alma», agrega Altaiz. No en vano, el 80% de las plazas que hay en verano se cierran.  

En el entorno del embalse de La Cuerda del Pozo hay restaurantes, un club náutico y varios camping. Se puede practicar hidropedal, kayak o hacer paddle Surf. «Aquí se nos alargan un poco las estaciones si no hace frío porque hay mucha gente que viene a hacer turismo deportivo», añade Altaiz.

En plena Sierra de Urbión, muy cerca de la Laguna Negra, el nacimiento del Duero se encuentra a escasos 25 kilómetros de la localidad y no está lejos tampoco el cañón del río Lobos. Como enclave recomendado para visitar está la Fuentona de Muriel, donde nace el río Abión. Y, a pocos kilómetros de ahí se ubica la pintoresca localidad de Calatañazor, escenario de varios rodajes. En Santa Inés también se puede practicar el esquí y otras actividades con trineos y motos de nieve.