El Corral de Lope, en el espacio Modus Operandi, fue la sede, el pasado miércoles, de la presentación de Bernarda y Poncia, que se representa actualmente en el teatro Lara, en la sala Lola Membrives. Participaron, además de la autora y actriz, Pilar Ávila, la otra intérprete, Pilar Civera junto con Manuel Galiana, director del montaje, e Ian Gibson, autor del prólogo y biógrafo de Lorca. Acompañó con sus canciones Javier Gijón e hizo de maestro de ceremonias, Alberto Morate, poeta y dramaturgo.

Se sucedieron la emoción inevitable de Manuel Galiana, el conocimiento profundo de Ian Gibson hablando sobre Lorca y los personajes de Bernarda y Poncia,el cariño puesto y demostrado por ambas actrices, Pilar Civera y Pilar Ávila. Javier Gijón puso color musical y Alberto Morate incidió sobre estas dos mujeres a las que les une algo más que una relación de criada y señora.

Se clausuró La casa de Bernarda Alba por ocho años de luto. Ocho largos años con la ausencia ya irreparable de Adela. Con la desaparición posterior de Martirio, comida por los remordimientos. Casa tapiada. Casa oscura donde el viento tiene que pedir permiso para entrar. Bernarda no permite pasar a cualquiera. Y ahí está Poncia, bregando con ella. La entiende, la defiende, aunque no comparta sus criterios. El pasado quedó estancado en una ciénaga de lágrimas. Bernarda no. Bernarda no lloró nunca. Por fuera. Aunque los recuerdos la atenazan, aunque sufre como cualquiera. Pero se forjó con la dureza del padre, sabe que los sentimientos son solo una fachada. Solo los muros de aquella casa conocen lo que ocurre dentro.

Y dentro hay dos mujeres. Que se soportan, que se necesitan, que requieren de las palabras y de la vuelta al pasado, porque el futuro solo es la muerte que aguarda. Muchas charlas y muchos silencios. Las hijas ya no están, era imposible mantener la prisión cerrada. Solo queda esperar el canto de Adela en las hojas de los árboles, la luz de la parca cuando venga a buscarlas. Las almas están gastadas. Demasiados recuerdos, toda una vida juntas, como hermanas.

Pilar Ávila escribe un texto impregnado de Lorca. Un texto de crudeza poética, de referencias constantes, de rincones con la voz de los personajes, con sus lamentos, con la presencia en la ausencia, con el luto en la mirada.

Así debió ser, y no de otra manera. Las dos actrices, la propia Pilar Ávila y Pilar Civera, se han imbuido del espíritu de los personajes. Han calado más allá de las palabras que se decían en el primigenio drama. Se han acomodado, pero entre ellas. Son extremos opuestos y, sin embargo, algo las acerca. La sangre, los hechos pasados, la tierra inhóspita en la que se hallan. Callar y decirse las verdades, necesidad de nubes en el cielo, arraigadas como árboles a un suelo que son ellas mismas. Corazón y razón, solo la proximidad del final puede hacer que el pensamiento torne en sentimiento, y dejen de visitarnos los miedos agazapados como fantasmas.

Escuchad a Bernarda y a Poncia, tienen mucho que contar, aunque nadie diga nada, la voz del pájaro siempre trina.

Bernarda y Poncia son poesía. Cuando quedan solas se necesitan. Se comunican. Son de carne y hueso, con su fuerza, aunque ambas se debilitan

Poncia es el jardinero fiel, la presencia invisible, la que tira del carro y la que mantiene la casa en pie, es la que amasa el pan y la que consigue, de vez en cuando, orear abriendo ventanas y puertas el nocivo ambiente enclaustrado de una cárcel sin rejas. 

Bernarda es la mano firme y cerrada que quiso controlar emociones, pero que engendró martirios, angustias, y no pudo contener el mar embravecido de unas mujeres jóvenes ansiosas de fruta fresca.

Poncia es la poeta del silencio, la que desgrana cada palabra en miradas, la que liba como abeja el néctar de los sentimientos de unas hijas que no son suyas.

Bernarda es el eclipse de sol, la gallina clueca que quiere proteger a sus vástagos solamente a base de golpes de bastón, la que cree que su casa es una mina de oro y nadie puede extraer sus pepitas sin su permiso, aunque luego todo escape a su estricto control. 

Poncia es la que hilvana los vestidos rotos, la que pone el énfasis en los sentidos, vista, oído, tacto,… y da luz a la mañana para que las tardes no sean tan sombrías. 

Bernarda es el cristal cubierto por la enredadera, el tronco retorcido del olivo, que es bello, y fuerte, indomable, arraigado a la tierra, que solo pretende proteger de las inclemencias humanas a sus hijas.

Poncia es la voz callada, la paz que pone tregua, el trabajo abnegado, la que tiene manos y ojos y oídos, pero no habla, por si acaso. 

Bernarda se defiende en un mundo de hombres, a ella le tocó estar a su altura, que quiere proteger de indeseables la inocencia de tantas preguntas. Sí, es el amor fuerte que cree que con libertad todo se derrumba.

Bernarda y Poncia son poesía. Cuando quedan solas se necesitan. Se comunican. Son de carne y hueso, con su fuerza, aunque ambas se debilitan. Afrontan los problemas cara a cara, una sin la otra no serán las mismas. 

Bernarda podría parecer no sociable, y Poncia su contrapunto, pero tienen muchas más cosas en común que vivir bajo el mismo techo, que haber compartido casa y comida, que haber sufrido en su corazón las pérdidas infinitas. 

Bernarda y Poncia están más que ligadas por el latido del tiempo o por las funciones de señora y criada, un vínculo mucho más indeleble las mantiene unidas. 

Bernarda y Poncia tienen en su conciencia algo que les hace empujar hacia adelante y una sin la otra será un lugar irrespirable, un camino sin término, un río seco, el silencio perpetuo, la oscuridad definitiva.