Cuando la primavera llega, a todos nos gusta contemplar desde una atalaya los almendros y los cerezos en flor: esa explosión de blanco color que nos anuncia el principio del verano, las tardes apacibles, los días más largos, la calma o, simplemente, la mera satisfacción de una visión agradable a los sentidos.
En El jardín de los cerezos de Anton Chéjov nos abren la puerta de una familia ahora en ruinas, pero que tiene que mantener las apariencias de tiempos mejores. Que no saben vivir ajustándose a una nueva sociedad que se va imponiendo de manera evidente por la decadencia de la aristocracia y el cambio social. La obra se escribe en 1904 y representa la transición de una era a otra. Para huir de un hecho aciago como es la muerte de su hijo, Liubov Andréievna (Carmen Conesa) escapa a París, pero allí la desgracia y la soledad no la abandonan. Cuando vuelve a su jardín, se encuentra falsedades, intereses, olvidos, fachada, fingimiento, pero ella misma adopta una postura de no querer saber, de negar la evidencia, de mantener en pie unos escombros que caen por su propio deterioro social.
Los dos primeros actos de este montaje ofrecido por el Fernán Gómez, Centro Cultural de la Villa y Octubre Producciones, bajo la mirada y dirección de Juan Carlos Pérez de la Fuente, en versión de Ignacio García May, se hacen lentos, ralentizados, espesos. Pero no es un problema de puesta en escena, porque, en realidad, así son los personajes de la obra de Chéjov. Quieren ofrecer lo mejor de sí mismos, pero todo es inmovilismo, decadencia, delicuescencia, postrimería de unas ventajas económicas que ya no tienen. Cuando ya la tragedia está consumada, cuando no hay vuelta atrás y el poder empiezan a ostentarlo las clases trabajadoras, la tensión se hace más atrayente, aunque aún se resisten a perder y abandonar aquello que poseían, pero irremediablemente deberán abandonar su estatus, bajarse de su pedestal, volver a poner tierra de por medio, esta vez sin regreso esperanzador. Esos dos últimos actos los sentimos más vivos, más humanos, más vulnerables y, por tanto, más reales, más accesibles.
Un jardín en sombras
Impecable la escenografía, abierta a esos cerezos que no vemos más que en sombras, a ese jardín inmenso que nos imaginamos idílico, así como la casa con sus grandes salones, estancias, espacios de recreo y la puesta en escena en general evocadora de un ambiente trasnochado. Chéjov en estado puro. Chéjov realista y psicológico, casi inexpresivo, un Chéjov que no juzga, solo muestra, un Chéjov pesimista y retraído.
La compañía interpreta con gran solvencia sus personajes enrevesados y, en cierta medida, contradictorios. Carmen Conesa, en su melancolía y desorientación, reafirma su protagonismo. Markos Marín consigue darle a su personaje de hermano un comportamiento desorientado, pero fundamental. Chema León imprime al suyo la fuerza del que lo ha conseguido todo con su propio esfuerzo y, aún así, duda de su condición, en estos momentos, privilegiada. El resto del reparto está a la altura de esta buena producción, destacando a Marta Poveda, en su gesto austero y de intentar mantener un orden que se cuela por la tierra seca, así como de mantener la compostura ante una declaración de amor que no llegará nunca.
Aunque a algunos espectadores les resulte un poco difícil de digerir por su larga duración o por su ritmo o porque la alta sociedad rusa retratada y decimonónica les pille hoy un poco lejos, entenderán bien la resistencia a los cambios y el intento de refugiarse en un pasado que les era beneficioso. En cuanto al vender El jardín de los cerezos para construir casas y espacios turísticos, aunque hayan pasado 125 años, sí nos suena como algo cercano y, por desgracia, excesivamente cotidiano.
'El jardín de los cerezos', en versión de Ignacio García May, dirigida por Juan Carlos Pérez de la Fuente, hasta el 12 de abril en el Teatro Fernán Gómez de Madrid
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